Capítulo 3 · ~5 min
Visita a Aranjuez
El taxi dejó a Ulises en la esquina de la casa de su mamá a las doce y diez del miércoles 21. Nadie lo había visto salir. Se había ido por el garaje mientras Ingrid revisaba las cámaras de la cocina.
Aranjuez olía a fritanga y a gasolina de moto. Dos muchachos lo reconocieron desde la tienda y le gritaron el coro de una canción. Ulises les levantó la mano y entró rápido.
Dora Ochoa tenía el delantal puesto y las gafas de leer colgando de una cadenita de chaquiras. Le dio un beso, le pegó suave en el brazo con la cuchara y le sirvió frijoles sin preguntarle si tenía hambre.
—Usted está flaco y ojeroso —dijo Dora—. ¿Qué le pasa?
—Nada, ma. Trabajo.
—A mí no me diga nada. Usted gira ese anillo cuando miente, desde chiquito.
Ulises soltó el anillo y cogió la cuchara. No le había contado lo de las flores. No le iba a contar. Su mamá ya había enterrado a un marido por un choque de taxi, y no pensaba darle otro susto.
***
Ingrid tardó cuarenta minutos en notar que el cuarto de Ulises estaba vacío. Tardó cinco más en saber dónde estaba.
No necesitó el celular de nadie. En 2026, en el expediente de la queja, había una hoja con los datos de contacto de él. Contacto de emergencia: Dora Ochoa, Aranjuez, calle 92. Ingrid la había leído una sola vez, una noche de rabia, y no se le olvidó.
Pidió un taxi y se bajó media cuadra antes. La puerta de la casa estaba abierta. Desde la acera se oía la risa de Ulises.
—Salga —dijo Ingrid desde la reja—. Ya.
Ulises se asomó con un pedazo de arepa en la mano. Detrás apareció Dora, con la cuchara todavía en la mano. Miró el traje negro, el audífono y la cara de Ingrid. La reconoció en dos segundos.
—Usted es la del video —dijo Dora—. La que le puso las esposas a mi hijo.
—Sí, señora. Y hoy soy la que le está salvando la vida. —Ingrid miró a Ulises—. ¿Usted sabe cuánta gente lo vio entrar?
—Son vecinos. Me conocen desde que nací.
—Dos pelados en la tienda le grabaron video. Uno ya lo subió. En una hora media ciudad va a saber dónde vive su mamá.
—Tranquila, que yo respondo.
—No. Usted no responde. Usted se escapa y después responde otro.
Ulises bajó a la acera. Ya no tenía la arepa. Cerró la reja detrás de él para que su mamá no saliera.
—No puedo vivir encerrado sospechando de todo el mundo —dijo él, más bajo—. Esa gente es mi familia. Germán me sacó de los bares. Wilmar me cuida hace ocho años.
Ingrid miró la cuadra por encima del hombro de él. Una moto pasó despacio, con el parrillero mirando la casa, y siguió de largo hacia la avenida. Ella anotó la placa en la cabeza, por costumbre.
En el andén de enfrente, una señora barría y no les quitaba los ojos de encima. Dos niños se habían parado en la esquina a mirar al cantante. La visita secreta de Ulises ya era el chisme del barrio.
—Alguien con la clave maestra apagó su cámara. Uno de los cuatro. Eso no lo digo yo, lo dice el computador.
—Mi hermana también está en esa lista. ¿También sospecha de Sara?
—Sospecho de todo el que estaba cerca de esa cama.
Dora abrió la reja. No le habló a su hijo. Le habló a Ingrid, despacio, con las gafas en la mano.
—Mi hijo le hizo daño a usted, eso lo sé. Pero si viene aquí a vengarse, se va por donde llegó.
—Doña Dora, si quisiera vengarme, me habría quedado en el parqueadero viendo las noticias.
Dora la miró un rato largo. Después entró y cerró la puerta sin despedirse.
***
En el taxi de vuelta nadie habló durante quince minutos. Ulises miraba por la ventana. Ingrid revisaba en el celular el video de los muchachos de la tienda. Ya tenía tres mil vistas y un comentario con la dirección exacta de la casa.
—Lo bajé —dijo Ingrid—. Le escribí a la mamá del muchacho. Le dije que era de la Policía.
—Usted ya no es de la Policía.
—Ella no lo sabe. Y ya lo borró.
Ulises se rio corto por la nariz, la primera vez en todo el día. Después se puso serio y giró el anillo.
—Mi papá se murió en un taxi como este. Yo tenía diecisiete. Mi mamá todavía se asusta cuando oigo una sirena y no le contesto.
Ingrid no dijo nada. Se quedó con la liga entre los dedos. De pronto, el hombre del video tenía otra cara, y eso la incomodaba más que los gritos.
—Mañana me avisa si quiere salir —dijo al fin—. Le busco la forma. Pero me avisa.
—Anotado —dijo Ulises, imitándole la voz.
Ingrid no se rio. Pero tampoco lo corrigió.
***
En Las Palmas, el cuarto de Ingrid estaba en el primer piso, junto a la cocina. Lo había dejado cerrado con llave a las once de la mañana. La llave seguía en su bolsillo.
La puerta estaba cerrada. Ingrid la abrió con cuidado, de lado, con la mano libre cerca del cinturón. El cuarto estaba igual: el morral en la silla, el traje de repuesto colgado, la ventana con seguro.
Solo había una cosa nueva. Sobre la almohada, en el centro exacto de la cama, había un clavel seco, negro en las puntas. Debajo había una tarjeta blanca con letras de computador.
«A la próxima no la suspenden».