Capítulo 4 · ~5 min
Silleta negra
A las 5:40 de la mañana del jueves 22 había una silleta amarrada a la reja de la casa. Era una de esas tablas de madera que los silleteros cargan a la espalda en el desfile de la Feria, cubierta de flores. Pero estas flores estaban muertas.
Ingrid la vio desde la ventana de la cocina, con el primer café en la mano. Dejó la taza en el mesón y salió sin hacer ruido. El celador de la portería dormía con la cabeza contra el vidrio.
Los claveles estaban negros y arrugados. Las margaritas se deshacían con el viento. Alguien había pintado el borde de la madera con aerosol negro y había clavado un sobre en el centro, con una tachuela dorada.
Ingrid se puso un guante de látex antes de tocarlo. Dentro había una sola línea: «Si cancela, Sara paga».
Volvió a mirar hacia el segundo piso. La noche anterior, a las doce, Ulises había bajado a la cocina con el celular en la mano. Había dicho que iba a cancelar el concierto, que no quería a nadie herido por su culpa, que llamaría a Germán al amanecer.
Solo cuatro personas se habían enterado de esa decisión antes de dormir. Ingrid, que estaba en la cocina. Ulises. Y las dos personas a las que él les escribió para avisar: Germán y Sara.
***
Sara Ledezma llegó a las siete en una moto eléctrica rosada, con el casco en una mano y el celular en la otra. Tenía veinticuatro años y hablaba tan rápido que las frases se le pegaban unas con otras. Detrás de la oreja derecha tenía una estrella tatuada, igual a la de su hermano.
Ulises la esperaba en la sala, en pantaloneta y con la nota dentro de una bolsa plástica. No había dormido. Tenía la cara gris.
—Te vas para Bogotá hoy mismo —le dijo Ulises—. Donde la tía Libia, hasta que pase el concierto.
—¿Por una silleta? Uli, eso es un loco. Te mandan cosas raras todo el tiempo.
—Esto no es una cosa rara. Tiene tu nombre.
—Yo manejo tus redes, tus videos y la campaña de la Feria. Si me voy, ¿quién sube el lanzamiento del sábado?
—Cualquiera puede subir un video, Sara.
—No, cualquiera no. —Sara se volvió hacia Ingrid—. ¿Y usted qué? ¿También me va a esposar para meterme al avión?
Ingrid había estado callada junto a la ventana. Miró el teléfono que Sara no soltaba, la pantalla llena de notificaciones. Sara tenía la clave maestra de las cámaras. También subía a internet todo lo que pasaba en esa casa.
—No la voy a esposar —dijo Ingrid—. Le voy a preguntar algo. Anoche, a las doce, su hermano le escribió que iba a cancelar. ¿A quién se lo contó?
Sara abrió la boca y la volvió a cerrar. Después se cruzó el casco contra el pecho, como un escudo.
—A nadie. Me dormí con el celular en la mano, como siempre.
***
Ulises salió a la terraza a llamar a Germán. Ingrid lo siguió hasta la puerta de vidrio y se quedó afuera del alcance de la conversación, pero no del de su cara. La vio cambiar en un minuto: primero rabia, después cansancio, después nada.
Volvió a entrar con el celular apagado en la mano.
—Germán dice que si cancelo, la empresa paga una multa que no tenemos. —Ulises se sentó en el brazo del sofá—. Y que la nota no habla de mí, habla de Sara. Que esto es para asustarme y que no hay que darle gusto a nadie.
—¿Le habló de la nota antes de que usted se la leyera?
—No me acuerdo. Creo que no.
—Piénselo bien.
Ulises se quedó mirando el piso.
—Creo que no —repitió—. Pero no estoy seguro.
Sara se había quedado en la cocina, grabándose un audio para alguien. Se oía su risa nerviosa a través de la pared. Ingrid fue hasta allá y le pidió el celular de buena manera. Sara se lo entregó con los ojos aguados.
La conversación más reciente era con un grupo llamado «Equipo Uli Feria». Tenía dieciocho personas: productores, maquilladores, el conductor, los escoltas de Wilmar. A las 12:06 a. m., Sara había escrito: «Uli quiere cancelar todo, ayúdenme a convencerlo mañana porfa».
Dieciocho personas más. La lista de cuatro se había vuelto una lista de veintidós.
—Ya no podemos cancelar —dijo Ulises desde la puerta—. Y tampoco puedo decir en público que me están amenazando. Si lo digo, quien sea sabe que funcionó.
—Entonces Sara no sale sola a ningún lado —dijo Ingrid—. Ni a la esquina.
—No soy una niña —dijo Sara.
—No. Es la que tiene su nombre en una silleta —dijo Ingrid, y le devolvió el celular—. Desde hoy, nada de lo que pase en esta casa sale a ese grupo de dieciocho.
***
A las once de la noche, Ingrid se encerró en su cuarto. Puso la silla contra la puerta, aunque eso no detenía a nadie. Sacó del morral la bolsa con la nota de la silleta y la tarjeta del clavel de su almohada. Las puso al lado de la foto de Ulises dormido y de la nota del lunes.
Cuatro papeles, la misma letra de computador, el mismo papel grueso. Alguien lo estaba haciendo con calma y con plata.
Buscó en el celular el número de Jhonny Agudelo. Fueron compañeros de patrulla cuatro años. Él era ahora subintendente en la SIJIN, la policía que investiga delitos. Fue el único que la llamó cuando la suspendieron.
Marcó. Sonó una vez. Sonó dos.
—¿Ingrid? —dijo Jhonny, con voz de recién despertado—. Hace meses no sé de ti. ¿Qué pasó?
Ingrid miró los tres papeles en la cama. Pensó en el expediente, en la queja, en la placa que ya no tenía.
—Nada —dijo—. Marqué por error.
Colgó antes de que él contestara. El celular vibró enseguida con la llamada de vuelta, y ella lo dejó sonar boca abajo sobre la nota de Sara.