Capítulo 5 · ~6 min
Lanzamiento de Feria
—Si me sigue mirando así, le pinto un bigote con el delineador —dijo Yesenia Mosquera, sin dejar de maquillar a Ulises.
Ingrid no dejó de mirar. No lo miraba a él. Miraba la puerta del camerino improvisado, una carpa blanca detrás de la tarima del Parque de los Deseos. Eran las cinco de la tarde del sábado 24 y afuera había tres mil personas esperando el lanzamiento de la Feria de las Flores.
Yesenia tenía labios fucsia, argollas doradas grandes y una pañoleta de colores en el pelo. Llevaba tres años maquillando a Ulises y hablaba con todo el mundo con confianza de prima.
—Usted es la famosa —le dijo a Ingrid—. Yo vi el video como veinte veces. Lo siento, pero esas esposas le quedaban divinas a este muchacho.
—Yese, por favor —dijo Ulises, con los ojos cerrados.
—Tranquilo, que yo respondo —dijo Yesenia, y le guiñó el ojo a Ingrid.
Ingrid casi sonrió. Volvió a la puerta.
***
El plan de Wilmar era sencillo. La camioneta blanca de Ulises esperaría detrás de la tarima. Al terminar las dos canciones, él saldría por el pasillo de vallas y se subiría directo.
Ingrid tenía otro plan, y no se lo había contado a nadie. Esa mañana había alquilado un carro gris común, con vidrios normales, y lo había dejado en la calle 71, al otro lado del Planetario. Le había pagado a un muchacho de logística para que tuviera una gorra y una chaqueta iguales a las de Ulises.
Si alguien esperaba al cantante en la camioneta blanca, iba a encontrar al muchacho. Wilmar no sabía. Ulises tampoco. Desde el jueves, cualquier cosa que supieran veintidós personas era como ponerla en una valla.
A las 6:40, Ulises cantó «Me fui sin decir adiós». Tres mil celulares se levantaron al tiempo. Ingrid no oyó la canción. Contaba caras en la primera fila, buscando a alguien que no estuviera cantando.
Encontró dos. Un hombre de gorra roja que miraba la camioneta blanca, no la tarima. Y una mujer con un ramo de flores envuelto en papel periódico.
***
—Cambio de salida —le dijo Ingrid a Ulises apenas bajó de la tarima—. No pregunte. Camine.
—Wilmar está en la camioneta.
—Por eso.
El muchacho de logística salió con la gorra y la chaqueta por el pasillo de vallas. Ingrid sacó a Ulises por detrás de la carpa, entre cajas y cables, hacia la calle 71.
A los veinte metros oyó el golpe. La mujer del papel periódico había lanzado el ramo contra el parabrisas de la camioneta blanca. Las flores se reventaron en el vidrio, negras y secas. La gente gritó. Wilmar se bajó corriendo.
Ingrid no se detuvo. Faltaban diez metros para el carro gris cuando un grupo de muchachos los vio. Uno gritó el nombre de Ulises y todos corrieron hacia ellos con los celulares en alto.
Un muchacho flaco se le fue encima a Ulises para abrazarlo. Ingrid lo apartó con el antebrazo. El muchacho se tropezó con el andén y cayó sentado en el pasto.
Ella abrió la puerta del carro, empujó a Ulises adentro y arrancó. En el espejo vio a seis celulares grabando al muchacho en el suelo.
—¿Usted alquiló un carro sin decirme? —preguntó Ulises, agachado en el asiento de atrás.
—Y le pagué a un muchacho para que se vistiera de usted. Me salió más barato que otro escolta.
—¿Y si le pasaba algo a él?
—Nadie quería al muchacho. Querían la camioneta en la que usted se iba a subir. Usted vio el ramo.
—Vi el ramo —dijo Ulises—. Y vi a Wilmar bajarse a recoger las flores antes de que llegara la Policía.
Ingrid lo miró por el espejo. Ese detalle ella no lo había visto, porque iba de espaldas.
***
Una hora después, el video ya tenía dos millones de vistas. Sara se lo mostró a Ulises en la sala de la casa de Las Palmas. El título lo había puesto una página de chismes: «La policía que esposó a Ulises vuelve, y ahora empuja a sus fans».
Germán llegó a las nueve con dos periodistas que esperaban en el portón. Entró a la sala sin quitarse las gafas.
—Esto se acabó —dijo Germán—. La quiero fuera de esta casa esta noche. Ella armó un plan a escondidas, metió un carro alquilado y casi mata a un fan.
—El muchacho se cayó sentado en el pasto —dijo Ingrid—. Y la camioneta en la que usted quería meter a Ulises recibió un ramo de flores muertas.
—Eso fue una loca con un ramo. Y usted ni siquiera le avisó a Wilmar.
—No le avisé a nadie. Ese era el plan.
Wilmar estaba en la puerta de la cocina con los brazos pegados al cuerpo. Tenía pétalos negros en el hombro de la camiseta. No dijo nada. Miraba a Ingrid sin parpadear.
Ulises se levantó del sofá. Tomó el celular de Sara y salió al portón, donde esperaban los periodistas con las cámaras prendidas. Ingrid lo siguió hasta la puerta.
—Ella se queda —dijo Ulises ante los micrófonos—. Hace diecisiete meses yo me equivoqué con esa mujer. Hoy me sacó entero de un lugar donde alguien me estaba esperando. Ella se queda.
Un periodista le preguntó si era verdad que lo estaban amenazando. Ulises sonrió con la sonrisa de las portadas y dijo que no, que era la emoción de la Feria. Después cerró el portón.
***
Germán se fue a las diez sin despedirse de nadie. Wilmar se fue detrás de él, silbando bajito. Sara subió a su cuarto con el celular en la mano.
Ingrid se quedó en la sala, frente a Ulises. Ninguno de los dos se sentó.
—No le pedí que me defendiera —dijo ella.
—Usted no pide nada, ya sé —dijo Ulises—. Pero la próxima vez me dice el plan, aunque sea a mí solo.
—Está bien.
Sonó el timbre del portón. El celador habló por el citófono, confundido. Ingrid miró la pantalla de la cámara de entrada.
Era Dora Ochoa, en blusa de flores, con las gafas colgando del cuello. Bajo el brazo traía una carpeta de manila, gruesa y vieja, amarrada con un caucho.