Historia Abierta
Portada de Cuidando al que Me Hundió
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Capítulo 6 · ~5 min

Lo que guardó Dora

Dora no soltó la carpeta ni para saludar a su hijo. La apretó contra la blusa de flores mientras subía los tres escalones del portón, y miró a Ingrid de arriba abajo.

—Vi el video del muchacho en el pasto —dijo Dora—. Y vi a mi hijo defenderla en las noticias. Quiero saber a quién está defendiendo.

—¿Qué trae ahí, ma? —preguntó Ulises.

—Papeles suyos, y no se los voy a dar esta noche —dijo Dora, y se acomodó las gafas en la cadenita—. Mañana a las doce los espero en la casa. A los dos. Hay sancocho.

—Doña Dora, ir a su casa otra vez es un riesgo —dijo Ingrid.

—Entonces cuídelo. Para eso le pagan, ¿no?

Dora se fue en el mismo taxi que la había traído. Ingrid se quedó mirando la cámara del portón hasta que las luces rojas del carro se perdieron en la curva de Las Palmas.

***

Al otro día, Ingrid organizó la salida con el cuidado de un traslado de presos. Armó la ruta y se la explicó a Ulises en la cocina a las ocho, con un mapa dibujado en una servilleta.

Irían en el carro gris alquilado, no en la camioneta. Saldrían por el garaje a las 11:15. Sara se quedaría en la casa con dos escoltas de Wilmar y la puerta del cuarto cerrada. A nadie del grupo de dieciocho se le diría nada.

—¿Y Wilmar? —preguntó Ulises.

—Wilmar sabe que usted va a descansar todo el día. Eso es lo que sabe.

Ulises dobló la servilleta y se la guardó en el bolsillo de la camisa. Ingrid no le preguntó por qué.

***

La casa de Dora olía a cilantro y a mazorca. La olla del sancocho ocupaba dos fogones. En la pared de la sala había un retrato de un hombre de bigote con gorra de taxista, y debajo una veladora apagada.

Ulises entró a la cocina y destapó la olla sin permiso. Su mamá le pegó en la mano con el cucharón. Él se rio y se sentó en un banco, igual que a los diez años.

Desde ahí vio cómo su mamá le servía a Ingrid primero. Un plato hondo, con yuca, papa, plátano y una presa grande de pollo. A él le sirvió después, con menos pollo.

—Usted es de Popayán —dijo Dora—. Se le nota en lo seria.

—Mi mamá dice lo mismo, pero al revés. Que me volví seria aquí.

—¿Y por qué se volvió policía?

—Porque a mi papá lo robaron en un bus y nadie hizo nada. Yo tenía once años.

Dora asintió despacio, con la cuchara quieta. Ulises nunca le había oído eso a Ingrid. En el informe de la queja solo decía cédula, rango y número de placa.

Después de almorzar, su mamá se puso las gafas y abrió la carpeta sobre la mesa del comedor. Ulises sintió la camisa pegada a la espalda.

—Desde 2011 —dijo Dora, mirando a Ingrid— yo guardo todo lo que este muchacho firma. Contratos, permisos, papeles de bancos. La dirección oficial de todo es esta casa, así que todo llega aquí.

—Ma, ella no tiene que ver eso.

—Su papá decía que lo que uno firma, se guarda. Él firmó un préstamo para el taxi sin leer y casi perdemos esta casa.

Ulises se levantó. Agarró la guitarra vieja que seguía colgada en la pared desde 2009. Se sentó en el patio y empezó a tocar una canción de despecho que le enseñó su papá, de esas que ponían en los buses.

No cantaba para nadie. Cantaba para no tener que oír lo que su mamá iba a decir.

***

Ingrid salió al patio con un tinto en la mano. Ulises seguía tocando, con los ojos cerrados. Su voz sin micrófono era más baja y más ronca que en los discos.

Ella se quedó en la puerta. Era la primera vez que lo veía tranquilo. No tenía la sonrisa de las portadas ni la cara gris del jueves. Tenía la cara de un muchacho de barrio sentado en un banco de plástico.

Le costó acordarse de por qué lo odiaba. Le costó todavía más darse cuenta de que estaba tratando de acordarse.

—Toca bien para ser alguien que no lee —dijo ella.

Ulises abrió los ojos y dejó de tocar. Se rio con la nariz, sin mostrar los dientes.

—Leer sí leo. Lo que me cuesta es que me guste lo que dice.

—¿Y esa canción?

—Era de mi papá. La cantaba en el taxi cuando no le salían carreras, para no aburrirse.

Dora apareció detrás de Ingrid. No le dio la carpeta a su hijo. Se la puso a Ingrid en las manos, todavía amarrada con el caucho.

—Él no la va a abrir —dijo Dora—. Usted sí. Hay una parte que es suya.

—Ma…

—Usted no me diga nada, Ulises. Usted firmó lo que firmó.

Ingrid soltó el caucho en el carro, de vuelta a Las Palmas, mientras él manejaba en silencio. Pasó contratos de 2011, de 2015, de 2022. Al final había una hoja con el logo de un bufete de abogados.

Era la copia de la queja de 2026, la que la sacó de la Policía. Ingrid la conocía de memoria. La había leído cien veces, siempre de una sola página.

Esta tenía dos. La segunda estaba grapada detrás. No tenía firma, pero tenía un título que ella nunca había visto.

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