Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
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Capítulo 16 · ~5 min

Confesiones y promesas

Isabela acomodó la manta sobre los hombros de Rafael y dejó escapar un suspiro. Afuera, el murmullo de la manada mezclaba miedo y esperanza. El silencio entre los dos se sentía distinto, más ligero, como si la última traición hubiera barrido con viejas dudas.

Rafael, sentado en el piso junto al catre, giró la cabeza para mirarla. Tenía la cicatriz de la mejilla más marcada bajo la luz tenue. Ella se sentó a su lado, sin pedir permiso ni disculparse.

—¿Qué vamos a hacer si todo se va de nuevo al carajo? —preguntó Isabela, cruzando los brazos, como si el gesto pudiera protegerla de una verdad incómoda.

Rafael sonrió apenas, solo con una comisura.—Sobrevivir. No tenemos otro plan, Isa. Pero esta vez no pienso dejarte sola.

El tono seco de él no ocultaba la promesa. Isabela lo miró de reojo, buscando ironía, pero solo encontró cansancio y algo parecido a la ternura.

—No soy tan fácil de abandonar, Rafael. —Le lanzó una sonrisa torcida—. Ya deberías saberlo.

—Créeme, lo sé. —Su voz era baja, apenas un murmullo—. Por eso te elegí.

Isabela se quedó callada, procesando la confesión. No era habitual que Rafael mostrara ese lado. Él siempre había sido el líder frío, implacable. Pero ahora, en la quietud de la habitación, era solo un hombre herido reconociendo su necesidad de ella.

Se inclinó hacia él, bajando la voz—. ¿Y si no basta? ¿Y si la manada nunca nos acepta?

Rafael levantó la cabeza, sus ojos oscuros fijos en los de ella.

—No me importa. No ahora. Lo que quiero es que sigamos juntos. Lo demás, lo enfrentamos después.

Isabela apretó los labios, conteniendo algo que no quería soltar. Se sentía vulnerable, pero también valiente por primera vez en mucho tiempo.

—Nunca pensé que dirías algo así —susurró—. Todos estos años, lo único que escuché fue que debía callar y obedecer.

Él extendió la mano y la apoyó sobre la suya. Sus dedos eran ásperos, firmes.

—Nadie va a obligarte a nada. No mientras yo esté vivo.

Una risa breve escapó de Isabela, como si la tensión se rompiera por un segundo.

—Eso suena a promesa de cuento.

—No soy bueno para los cuentos. Solo te ofrezco lo que tengo. —Hizo una pausa—. A ti. A nosotros.

El silencio se alargó, pero ninguno quiso llenarlo rápido. Afuera, los pasos de Santiago se alejaban. Sabían que al menos por esa noche tendrían privacidad.

Isabela se recostó contra la pared. Miró el techo, como buscando palabras en las grietas.

—Yo tampoco soy buena para esto. Confiar nunca fue fácil. Toda mi vida me enseñaron a desconfiar. De mi padre, de mi manada, de cualquiera que prometiera algo.

Rafael no respondió de inmediato. Sólo la escuchó, con esa paciencia que reservaba para momentos importantes.

—Pero quiero intentarlo. —La voz de Isabela tembló, pero no se rompió—. No por la manada, ni por el pacto. Por nosotros. Porque contigo siento algo que no sentí nunca, ni siquiera cuando soñaba con escapar de todo esto.

Él asintió despacio. No dijo nada, pero sus ojos hablaban. Isabela sintió el peso de la confesión y, por primera vez, no quiso huir.

Se incorporó y se acercó a él. La distancia entre sus rostros era corta, pero suficiente para que el deseo y la duda se mezclaran en el aire.

—¿Me vas a dejar caer si esto sale mal? —preguntó ella, con un tono medio en broma, medio en serio.

Rafael negó con la cabeza.—No pienso soltarte, Isa. Ni aunque el mundo se venga abajo.

Ella lo miró, buscando una grieta, algo que desmintiera la promesa. No encontró nada. Sonrió, rendida y desafiante a la vez.

—Entonces más te vale cumplir, Alfa.

—Siempre cumplo lo que prometo. —La frase salió como un juramento, grave y simple.

El ambiente cambió de golpe cuando se escuchó un ruido sordo afuera. Isabela se puso de pie de inmediato, alerta. Rafael se levantó, aunque todavía le dolía el costado. Cruzaron miradas; ya sabían que el peligro podía regresar en cualquier momento.

—No podemos bajar la guardia —dijo Isabela, mirando la puerta—. Pero tampoco quiero vivir con miedo todo el tiempo.

Rafael se acercó y puso una mano en su hombro.—No tenemos que hacerlo solos. Ahora somos un equipo.

La frase resonó en la habitación como una verdad nueva. Isabela se permitió bajar la guardia solo un poco. Sabía que confiar era arriesgado, pero también que no podía seguir peleando sola.

Se sentó de nuevo, esta vez más cerca de él. Rafael le pasó el brazo por la espalda, torpe pero sincero. Isabela apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo por primera vez que ese era su lugar.

—¿Crees que esto sea suficiente para mantenernos vivos? —preguntó ella en voz baja.

—No lo sé. Pero quiero intentarlo. Y si el mundo se pone en contra, peleamos juntos.

Isabela cerró los ojos un instante. La quietud era engañosa, pero por ahora le servía. Afuera, los murmullos de la manada seguían, mezclados con el crujido de la madera y algún ladrido lejano.

—¿Me prometes que no vas a cambiar de idea cuando pase la tormenta? —insistió, medio en serio, medio temiendo la respuesta.

Rafael la miró a los ojos.—Te lo prometo. Pase lo que pase, Isa.

El silencio volvió, pero era un silencio que abrigaba. Ninguno habló más. Solo se quedaron ahí, respirando juntos, sabiendo que la verdadera prueba empezaría al salir de esa habitación.

La pregunta flotaba en el aire, como una advertencia y una esperanza: ¿podrían mantener esa promesa en un mundo lleno de peligros?

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