Capítulo 17 · ~5 min
La última batalla
Rafael despertó antes que el sol. Sentía el cuerpo tenso, como si la noche hubiera dejado todos sus músculos en alerta. Se incorporó en el catre improvisado de la bodega y miró a Isabela, que dormía con la cara apretada en las manos. Santiago revisaba su cuchillo, sentado junto a la puerta.
—Hoy es el día. No hay vuelta atrás —dijo Santiago sin mirar a Rafael.
Rafael asintió. Se puso de pie y estiró el cuello. Sintió el ardor de la vieja herida en el hombro, pero no le dio importancia. Caminó hacia Isabela y la tocó suavemente en el brazo.
—Ya es hora, Isa.
Ella abrió los ojos de golpe, lista para pelear. Cuando lo reconoció, solo resopló y se sentó sin decir nada. Rafael se permitió una media sonrisa. Sabía que la furia de Isabela era lo que necesitaban ese día.
Santiago sacó un papel arrugado del bolsillo.
—Estos son los puntos donde Mariana dejó a sus hombres. Ya se movieron dos veces en la madrugada. Si no atacamos ahora, nos ganan por desgaste.
Isabela tomó el papel y lo estudió. Rafael se acercó a mirar sobre su hombro.
—Entramos por la parte norte —dijo ella—. Si cortamos la salida, los aislamos. Pero necesitamos alguien que cubra el flanco oeste. No podemos dejar que escapen.
Rafael miró a Santiago.
—Tú vas con los nuestros por el oeste. Isa y yo entramos juntos por el frente. Si ves que intentan huir, los detienes. No quiero ninguno escapando para buscar refuerzos.
Santiago asintió. Rafael le dio una palmada en el hombro.
El grupo salió de la bodega sin hacer ruido. Afuera, el aire estaba frío y todo olía a tierra mojada. Rafael sentía la tensión en el pecho, pero no la dejaba crecer. Caminó junto a Isabela, cruzando el terreno hasta llegar al borde del campamento enemigo. Allí se detuvieron un momento.
—¿Estás lista? —preguntó Rafael, sin mirarla.
Isabela apretó los puños.
—¿Tú lo estás?
Él soltó un bufido.
—No importa. Vamos a hacerlo igual.
Isabela esbozó una sonrisa torcida. Rafael sintió una chispa de orgullo y, por un segundo, casi quiso tomarle la mano. En vez de eso, sacó su machete y se adelantó.
La primera guardia apenas tuvo tiempo de reaccionar. Rafael lo tumbó con un golpe seco. Isabela avanzó detrás, ágil como un animal acorralado. Se movían entre las sombras, atacando rápido y sin hacer ruido. En menos de cinco minutos, habían cruzado la mitad del campamento.
De pronto, un grito rompió el silencio. Alguien los había visto. Rafael no dudó: corrió hacia la choza principal, donde sabía que Mariana y los suyos se escondían. Isabela iba a su lado, con la respiración agitada.
Una puerta se abrió de golpe. Mariana salió armada con un hacha. Gritó una orden y cuatro hombres salieron tras ella. Rafael se detuvo en seco. Sabía que ese era el momento clave.
Isabela se adelantó y gritó:
—Esto se acaba hoy, Mariana. Nadie más tiene que morir. Ríndete.
Mariana escupió al suelo.
—¿Rendirnos ante una bastarda y un traidor? Antes muerta.
Rafael levantó el machete y miró a los hombres de Mariana. Vio la duda en sus ojos. Dio un paso al frente.
—Si siguen peleando, no habrá piedad. Si se rinden, pueden quedarse. Pero bajo mis reglas. —Su voz era firme, sin temblores.
Uno de los hombres bajó el arma. Mariana lo miró con odio.
—Cobarde. Si bajas el arma, yo misma te mato.
Isabela se puso frente a Mariana.
—No tienes poder aquí. La manada ya eligió. Tú solo eres una sombra del pasado.
Mariana gritó y se lanzó sobre Isabela. Rafael reaccionó tarde; vio cómo Isabela esquivaba el hacha y la empujaba con fuerza. Cayeron al suelo entre gritos y golpes. Rafael detuvo a uno de los hombres que intentó intervenir. Santiago apareció por el flanco, con tres de sus leales.
—La salida está bloqueada —dijo, respirando agitado—. Nadie pasa.
La pelea entre Isabela y Mariana era brutal. Las dos rodaban por el suelo, arañándose y lanzando golpes. Rafael dudó en intervenir. Quería ayudar, pero sabía que Isa necesitaba terminar eso sola.
El resto de los hombres no se movía. Miraban el combate con miedo. Finalmente, Mariana logró ponerse encima de Isabela y levantó el hacha. Rafael sintió que el tiempo se detenía.
Isabela levantó la pierna y le dio un rodillazo en el estómago a Mariana, que perdió el aire y soltó el arma. Isa la volteó y la inmovilizó con la rodilla en la espalda.
—Se acabó, Mariana. No tienes nada más.
Mariana solo jadeaba, derrotada. Rafael se acercó y miró a los demás.
—¿Quién más quiere seguir con esto?
Nadie contestó. Los hombres tiraron sus armas, uno tras otro. Santiago se encargó de atarlos con sogas. Isabela seguía sobre Mariana, pero ya no temblaba de rabia. Rafael se acercó y la ayudó a levantarse.
—Lo lograste —le susurró.
Isabela se sacudió el polvo y le lanzó una mirada firme.
—Lo logramos. Pero esto no ha terminado, Rafael. Falta la amenaza grande.
Santiago regresó y miró a Rafael con el rostro serio.
—El único que falta es Samuel. Desapareció anoche. Si no lo encontramos, todo esto fue en vano.
Rafael sintió el peso de esas palabras. Miró a Isabela, que tenía la cara marcada y la ropa rota, pero los ojos más vivos que nunca.
—Vamos a buscarlo. Hoy nadie duerme hasta que esta pesadilla termine.
Por un momento, el silencio volvió al campamento. Pero el peligro seguía ahí, acechando entre las sombras. Rafael apretó el machete y miró a sus aliados.
—¿Listos para la última caza?
Isabela asintió, sin rastro de duda. Santiago también. Rafael supo que el verdadero final aún estaba por escribirse.