Capítulo 14 · ~6 min
El momento oscuro
Isabela corrió por el pasillo, la respiración agitada y la sangre latiéndole en las sienes. El eco de un grito la detuvo en seco. Giró y vio a Rafael apoyado contra la pared, la mano apretando su costado, la camisa manchada de rojo oscuro. Santiago estaba a su lado, con la cara tensa, intentando mantenerlo en pie.
—No te detengas, Isa —dijo Rafael, la voz ronca—. Busca a los demás. No pueden entrar aquí.
No respondió. Sus piernas la llevaron hasta ellos. Miró la herida, el vendaje improvisado apenas contenía la sangre. El olor metálico llenaba el aire. Santiago le lanzó una mirada rápida.
—Van directo al salón principal. Mariana tenía más gente —susurró—. Debemos cerrar la entrada trasera.
Isabela asintió, tragando saliva. Rafael se enderezó, empujando a Santiago a un lado. Su mirada se clavó en la de ella, dura y desafiante a pesar del dolor.
—Tú mandas ahora —dijo Rafael—. No dejes que nadie dude. Si caemos, que sepan por qué pelearon.
Isabela sintió cómo una rabia fría le recorría el cuerpo. Tomó a Rafael por el brazo y lo guió hacia una silla. Santiago salió corriendo por el pasillo, gritando órdenes. Los gritos y los golpes de botas resonaron en la casa. Isabela escuchó el estrépito de una puerta rota y el choque de metal contra metal.
En ese instante, la manada ya no era una familia. Era un campo de batalla. Isabela buscó algo para defenderse y agarró una barra de hierro. Se agachó junto a Rafael, que respiraba con dificultad.
—¿Puedes moverte si te lo pido? —preguntó ella, sin mirarlo a los ojos.
—No soy inútil, Isabela. Solo... dame un segundo.
Una explosión de vidrio estalló en el salón contiguo. Isabela se levantó de un salto. La puerta tembló con un golpe seco. Por debajo, se coló el olor a humo. Isabela apretó la barra, el corazón golpeándole el pecho.
—¿Y si no vienen solo por nosotros? —murmuró Rafael, la voz temblorosa.
Isabela no respondió. Se asomó por la rendija de la puerta. Dos figuras forcejeaban en el pasillo, una de ellas cayó al suelo, la otra avanzó. Era Mariana, el rostro cubierto de sudor y rabia.
—¡Isabela! ¡Sal de ahí! —gritó Mariana, empuñando un cuchillo—. Esto no tiene que terminar así. Entrégame a Rafael y nadie más saldrá herido.
Isabela sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Rafael intentó ponerse de pie, pero Isabela lo empujó de nuevo a la silla.
—Vete al infierno, Mariana —soltó Isabela, con una risa amarga—. No te tengo miedo.
Mariana apretó el cuchillo, los ojos llenos de furia. Santiago apareció tras ella, jadeando, la chaqueta rota y un corte en la mejilla.
—No vas a pasar, Mariana. Ya perdiste —dijo Santiago, firme—. La manada no te sigue. Solo te queda rendirte.
Mariana lo miró con desprecio y retrocedió, buscando una salida. El ruido afuera aumentó: gritos, golpes, el crujido de madera partida. Isabela se giró hacia Rafael, que sudaba frío.
—¿Aguantas? —le susurró.
—Santiago la controla. Pero los demás… —Rafael cerró los ojos un instante—. Si entran, no hay vuelta atrás.
Isabela apretó la barra de hierro. El sudor le corría por la frente. Dio dos pasos hacia la puerta mientras escuchaba cómo Mariana se alejaba, arrastrando los pies.
—No confíes en nadie —dijo Rafael, apenas audible—. Ni siquiera en los que parecen leales.
Isabela asintió, los puños apretados. Afuera, Santiago gritó una orden y el sonido de un disparo rompió el silencio. Isabela no supo de dónde provenía el arma, pero el estruendo la paralizó. Un segundo después, notó que Rafael la miraba, los ojos encendidos de preocupación.
—Isa, vete. Si te atrapan aquí, todo se acaba.
Ella negó con la cabeza.
—No pienso dejarte morir solo —dijo, tajante—. Si caemos, caemos juntos.
Rafael soltó una carcajada amarga. Se incorporó con esfuerzo, apoyándose en la pared. Santiago entró de golpe, la respiración agitada.
—La puerta trasera cayó. Quedan dos opciones: salir por el techo o atrincherarnos aquí. Pero no aguantaremos mucho —dijo, mirando a ambos.
Isabela evaluó la habitación. No había muchas salidas. La ventana era angosta y daba a un callejón. Los gritos ya estaban al otro lado de la pared. Rafael miró a Isabela como pidiendo una respuesta.
—Atrincherarnos es esperar la muerte —dijo ella, tomando una decisión—. Salimos por el techo. Santiago, ayúdame con Rafael.
Santiago asintió. Entre los dos, levantaron a Rafael, que apretó los dientes para no gritar. Cruzaron la habitación a toda prisa. Isabela rompió el pestillo de la ventana con la barra. Santiago subió primero, luego ayudó a Isabela a pasar a Rafael. El aire frío les dio en la cara al salir al tejado.
Desde arriba, el caos era aún más evidente. Algunos hombres peleaban en el patio, otros corrían de un lado a otro. Isabela notó que Mariana y dos más discutían acaloradamente cerca del portón.
Santiago bajó al callejón, arrastrando a Rafael. Isabela los siguió, el corazón desbocado. Se pegaron a la pared, avanzando entre sombras y basura. Cada ruido le recordaba que estaban a segundos de ser descubiertos.
—¿A dónde vamos? —susurró Santiago.
—A la bodega vieja —respondió Isabela—. Si logramos llegar, podemos resistir hasta que amanezca.
Rafael apenas podía caminar. Santiago lo sostenía casi por completo. Isabela iba adelante, pendiente de cada movimiento. Un perro ladró a lo lejos, seguido de un disparo. El eco los hizo detenerse en seco.
Isabela buscó en la oscuridad cualquier señal de peligro. Vio una sombra moverse y se agachó, levantando la barra.
—¿Isa? —susurró Rafael, la voz ronca—. Si no salimos de esta…
—No termines la frase —lo cortó ella, mirando atrás—. Vamos a salir. No pienso rendirme ahora.
Llegaron a la bodega justo cuando los pasos se acercaban al callejón. Isabela empujó la puerta, entraron a oscuras y la cerraron tras ellos. El silencio era tan denso que dolía.
Santiago se dejó caer junto a Rafael. Isabela se apoyó en la puerta, respirando hondo. Afuera, los gritos continuaban, mezclados con órdenes y amenazas. La noche parecía infinita.
—¿Esto es el final? —preguntó Santiago, la voz baja.
Isabela miró a Rafael. Él la sostuvo con la mirada, desafiante, aunque temblaba de dolor.
—No —dijo Isabela, firme—. Pero será la prueba más dura. Si sobrevivimos esta noche, nada nos va a separar.
La pregunta quedó flotando en el aire, más pesada que el silencio: ¿Podrán sobrevivir a esta prueba final?