Capítulo 13 · ~5 min
Decisión peligrosa
Rafael apretó los vendajes sobre su costado y respiró hondo. El dolor estaba ahí, punzante, pero no lo iba a frenar. Desde la puerta, vio a Isabela cruzar la sala con paso firme. Su mirada lo buscó sin miedo, como si el peligro no le pesara en los hombros.
—Ya están listos los hombres —dijo ella, sin titubear—. Mariana no se ha dejado ver, pero Samuel está acorralado en el ala este. Si vamos ahora, podemos atraparlos a los dos antes de que escapen.
Rafael asintió, pero no se movió de inmediato. Tenía que medir cada decisión. Si fallaba, todo el pacto se iba al carajo. Observó la mano de Isabela, tensa sobre el mango del cuchillo. No era la hija sumisa que muchos esperaban, y eso le daba ventaja.
—¿Confías en Santiago para cubrir la salida? —preguntó Rafael, bajando la voz para que solo ella lo oyera.
—Sí. Él y dos más están en la puerta trasera. Si Mariana intenta huir, caerá directo en la red —respondió Isabela, sin soltar el cuchillo.
Rafael sintió un destello de orgullo y rabia. Orgullo porque ella actuaba como igual, rabia porque no podía ignorar el riesgo. Dio dos pasos hacia la salida, frenando solo para mirarla de frente.
—Vamos juntos —dijo, cortante—. Si esto sale mal, no habrá más tregua. ¿Entiendes?
Isabela sostuvo su mirada, desafiante.
—Lo entiendo mejor que nadie. Yo también arriesgo todo.
Rafael salió primero, el cuerpo dolorido pero la mente despierta. El pasillo olía a madera vieja y a miedo. A lo lejos, escuchó un portazo. Samuel corría. Rafael apretó el paso, con Isabela pegada a su lado.
Giraron en la esquina y lo vieron: Samuel forcejeaba con la puerta que daba al patio, sudoroso, con los ojos desorbitados. Al oír los pasos, se volvió, temblando.
—¡No se acerquen! —gritó Samuel, levantando un arma improvisada—. No saben lo que está en juego.
Rafael levantó una mano, calmado. Isabela se mantuvo un paso atrás, lista para saltar.
—Samuel, baja eso —ordenó Rafael—. Si hablas, tal vez salgas de esta con vida.
Samuel rió, nervioso. El sudor le corría por la frente.
—¿Con vida? Ustedes no entienden nada. Mariana ya no está sola. Hay más esperando afuera. Nadie va a salvarlos.
El eco de las palabras de Samuel hizo que Rafael se tensara aún más. Pero no mostró miedo. Dio un paso adelante.
—No tienes salida. Ríndete —dijo, con voz dura—. Si colaboras, quizás podamos negociar tu castigo.
Samuel dudó. Bajó la mirada al arma, luego a Isabela. Ella no parpadeó.
—No confío en ustedes —susurró Samuel, y dio un paso hacia la puerta. Isabela se lanzó primero. El forcejeo fue breve; Samuel terminó en el suelo, con la muñeca doblada y el arma lejos. Rafael se agachó, sujetándolo por la nuca.
—¿Dónde está Mariana? —exigió Rafael.
Samuel respiraba agitado.
—Ya debe estar fuera… pero no irá lejos. Tiene a los suyos esperándola en el viejo granero.
Isabela y Rafael intercambiaron una mirada rápida. Rafael soltó a Samuel y lo dejó en manos de los guardias que llegaron corriendo. Se volvió hacia Isabela.
—¿Vas a salir tras ella? —preguntó, sin ocultar la preocupación.
—Sí. No pienso dejar que escape. Tú quédate, necesitas recuperarte —contestó Isabela, firme.
Rafael negó con la cabeza. El dolor en su costado ardía, pero no iba a darle el gusto a nadie de verlo débil.
—Voy contigo. No pienso quedarme sentado mientras los traidores destruyen lo que he construido.
Isabela apretó la mandíbula, pero no discutió. Salieron juntos, cruzando el patio bajo la mirada inquieta de varios miembros de la manada. Algunos susurraban, otros evitaban mirarlos. Rafael sintió el peso de cada par de ojos; sabía que su autoridad pendía de un hilo.
Al llegar al borde del terreno, Rafael se detuvo un instante. Escuchó el viento, los pasos de Isabela y el eco lejano de voces en el granero. Señaló con la cabeza y ambos avanzaron en silencio.
El granero estaba oscuro. Rafael distinguió dos siluetas junto a Mariana. Ella gesticulaba, nerviosa. Al verlos entrar, Mariana levantó la voz.
—¡No den un paso más! —gritó, apuntando con una pistola—. No tengo miedo de usarla.
Rafael levantó las manos, mostrando las palmas.
—Mariana, esto no tiene sentido. Si disparas, todo termina para ti y para ellos.
Mariana temblaba. Los dos hombres a su lado intercambiaron miradas. Isabela avanzó un paso, sin miedo.
—Ríndete, Mariana. Tu gente te sigue por miedo, no por lealtad. Nadie va a morir por ti —dijo Isabela, voz firme.
Uno de los hombres bajó la cabeza y retrocedió. Mariana lo miró furiosa, pero no disparó. Rafael aprovechó la duda; avanzó otro paso, despacio.
—El pacto es la única forma de sobrevivir. No te queda nada, Mariana. Entrégate y todo puede ser diferente.
Mariana bajó la pistola, apenas. Isabela se acercó más. El ambiente se tensó. Rafael no apartó la vista de Mariana, esperando cualquier movimiento.
De repente, Mariana soltó un grito y arrojó la pistola al suelo. Se dejó caer de rodillas y comenzó a llorar. Los hombres que la acompañaban no se movieron. Rafael sintió alivio, pero también una presión nueva en el pecho: esa victoria sabía amarga.
—Santiago, entra —llamó Rafael, sin mirar atrás.
Santiago apareció en la puerta, acompañado de dos hombres armados. Tomaron a Mariana y a los otros traidores sin resistencia. Rafael soltó el aire lentamente.
Isabela se volvió hacia él, casi con una sonrisa cansada.
—Lo logramos —susurró.
Rafael asintió, pero su mente ya iba más allá. Sabía que las consecuencias de este desafío serían graves. Las miradas que sintió en el patio no se iban a borrar. Tampoco el recuerdo de la traición ni el riesgo que acababan de correr juntos.
Mientras salían del granero, Rafael miró de reojo a Isabela. Por primera vez, sintió que no luchaba solo. Pero también supo que el precio de ese desafío aún estaba por verse. ¿Qué consecuencias traerá su desafío abierto?