Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
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Capítulo 12 · ~6 min

La trampa

Santiago caminó por el pasillo principal, con el oído atento a cualquier ruido fuera de lugar. Su respiración era corta y medía cada paso. Desde la herida de Rafael, la casa parecía un campo minado. Podía sentir la tensión en cada rincón, como si el aire estuviera a punto de romperse.

Al pasar junto a la puerta de la sala, escuchó un murmullo. Se detuvo, apoyó la mano en la pared y afinó el oído. Era la voz de Samuel, el vigía, hablando con alguien más. No alcanzaba a distinguir todo, pero una frase se coló clara:

—Esta noche, cuando cambie la guardia, Mariana da la señal. Nadie debe sospechar.

Santiago apretó los dientes. Dio dos pasos atrás y subió las escaleras, directo al cuarto donde Rafael descansaba. Entró sin golpear. Rafael estaba sentado en la cama, el rostro pálido pero los ojos alertas.

—Tenemos un problema —dijo Santiago, sin rodeos.

Rafael lo miró con esa seriedad que no dejaba lugar para juegos.

—¿Qué escuchaste?

—Planean moverse esta noche. Mariana va a dar la señal durante el cambio de guardia. Samuel está involucrado. No tenemos tiempo, Rafa.

Rafael se pasó la mano por la frente, frustrado. La herida lo obligaba a quedarse quieto, pero su mirada era puro fuego.

—Llama a Isabela. Hay que actuar ya. Si esperan el cambio de guardia, pueden tomar el almacén y las armas. No podemos dejar que eso pase.

Santiago asintió y salió de la habitación. Bajó de nuevo, buscó a Isabela en la cocina. La encontró revisando una caja de medicinas, la cara tensa.

—Isa, tenemos que hablar. Ahora. —Su tono era tan seco que Isabela dejó todo y lo siguió sin preguntar.

Subieron rápido. Rafael los esperaba sentado, la mandíbula apretada.

—¿Qué pasa? —Isabela miró primero a Rafael, luego a Santiago.

—Esta noche. Mariana y Samuel planean atacar durante el cambio de guardia. Si logran entrar al almacén, estamos perdidos —explicó Santiago, cruzando los brazos.

Isabela soltó un suspiro corto, pero sus ojos brillaron con rabia.—Entonces no vamos a esperar. Los enfrentamos antes de que den la señal. Dividimos fuerzas, bloqueamos accesos. Yo me encargo de Mariana.

Rafael negó con la cabeza.

—No quiero que vayas sola. Es peligroso, Isa.

—No me subestimes, Rafael. Si no actuamos ahora, no habrá nada que proteger. Tú quédate aquí, necesitas recuperarte. Santiago y yo cubrimos la entrada trasera. —Lo miró con una firmeza que no admitía réplica.

Santiago intervino antes de que la discusión subiera de tono.

—Hay que movernos antes de la medianoche. Si los sorprendemos antes de la señal, los podemos atrapar sin que el resto de los traidores reaccione. Pero necesitamos un plan para separar a Mariana de Samuel. Si caen juntos, pueden armar escándalo y alertar a los otros.

Rafael miró a Santiago, luego a Isabela. Durante un segundo, la habitación se llenó de esa tensión que solo se rompe con una decisión real.

—¿Ideas? —preguntó Rafael.

Isabela se apoyó en la pared, pensando rápido.

—Samuel siempre va a la despensa antes del cambio de guardia. Si lo espero ahí, puedo retenerlo. Santiago, tú interceptas a Mariana cuando salga al patio. Rafael, tú ordena a dos leales que cierren el pasillo de los cuartos. Así no escapan.

Santiago asintió. La estrategia tenía sentido. Pero sabía que cualquier error podía costarles caro.

—¿Y si alguno de ellos logra avisar a los demás?

Isabela lo miró directo.

—No lo harán si actuamos rápido. Solo tenemos una oportunidad.

Rafael se inclinó hacia el borde de la cama, con los nudillos blancos de tanto apretar el puño.

—Confío en ustedes. Pero si algo sale mal, retroceden. No quiero héroes muertos.

Santiago sintió el peso de esa orden. Pero también supo que no había vuelta atrás.

El resto del día transcurrió entre susurros y movimientos calculados. Santiago revisó el almacén dos veces. Contó las armas, memorizó la posición de cada caja. Luego se aseguró de que solo los leales tuvieran acceso a las llaves. Mientras tanto, Rafael daba instrucciones cortas desde la cama, usando a los más confiables para sellar puertas y cambiar rutas.

Isabela se preparó en silencio, afilando un cuchillo pequeño y escondiéndolo en la bota. Su cara era una máscara de concentración. Santiago la observó de reojo, admirando esa determinación dura que la hacía tan distinta al resto.

Al caer la noche, la casa se llenó de un silencio extraño, como si todos esperaran el disparo de salida. Santiago se colocó cerca de la despensa, el oído atento. Podía escuchar pasos en el pasillo. Samuel apareció, con la mirada baja, sin saber que lo vigilaban.

—¿Buscas algo? —preguntó Santiago, saliendo de las sombras.

Samuel se sobresaltó, pero intentó disimular.

—Solo vine por agua.

—No mientas. Sé lo que planean tú y Mariana.

Samuel se tensó. Por un momento, pareció dudar entre atacar o huir. Santiago levantó una mano, mostrando que no llevaba armas a la vista.

—No tienes que terminar mal, Samuel. Dime quién más está involucrado y puedo ayudarte.

Samuel lo miró, los ojos llenos de miedo y rabia.

—Nunca confiarías en uno como yo. Ya no hay vuelta atrás.

Antes de que pudiera moverse, Isabela entró en la despensa, cerrando la puerta con fuerza.

—No vas a ninguna parte, Samuel. Si cooperas, tal vez sobrevivas a esta noche.

Samuel la miró con odio, pero sabía que lo tenían arrinconado. Santiago sintió el pulso acelerado, esperando que Mariana no los sorprendiera por la espalda.

Un grito se escuchó en el patio. Santiago intercambió una mirada rápida con Isabela.

—Eso fue Mariana —dijo Isa, sacando el cuchillo de la bota.

Santiago se acercó a la ventana. Vio a Mariana forcejeando con uno de los leales de Rafael. Ella gritaba órdenes y parecía desesperada por escapar.

—No podemos distraernos. Si Mariana logra soltarse, avisará a los otros —advirtió Santiago.

Isabela asintió, se giró hacia Samuel.

—Última oportunidad. ¿Quién es el verdadero jefe? ¿Quién mueve los hilos?

Samuel calló. Solo apretó los labios y apartó la mirada. Fuera, los gritos crecían. Santiago sintió que todo podía salirse de control en cualquier momento.

—Tenemos que decidir ya —dijo, mirando a Isabela—. ¿Lo dejamos aquí y salimos tras Mariana? ¿O apostamos todo a que los otros no actuarán sin la señal?

Isabela apretó el cuchillo en la mano, la mirada fija en la puerta.

La tensión era insoportable. Afuera, el sonido de pasos y gritos aumentaba.

¿Lograrán desbaratar la trampa a tiempo?

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