Capítulo 11 · ~5 min
Recuerdos y heridas
Isabela entró en la habitación con pasos firmes, aunque por dentro sentía el peso de todo lo que había pasado. Rafael estaba sentado en la cama, la espalda recargada en la pared, con varias vendas cubriendo su torso. Tenía la mirada perdida, pero apenas ella cruzó la puerta, la dirigió hacia ella, seria como siempre.
—¿Vienes a revisar si sigo vivo? —Su voz salió ronca, pero firme.
Ella no respondió de inmediato. Se acercó a la mesa y dejó un tazón con caldo humeante. El aire olía a hierbas y carne, algo reconfortante en medio de tanta tensión.
—No te hagas, Rafael. No eres tan fácil de eliminar —respondió, cruzando los brazos—. Pero sí quiero ver cómo vas. Santiago dice que eres un pésimo paciente.
Rafael soltó una risa corta, casi seca. Se notaba cansado, pero no derrotado. Ella se sentó a su lado, sin tocarlo. El silencio se estiró un momento, cargado de cosas que ninguno se atrevía a decir.
—No confío en casi nadie —murmuró él, de repente, mirando sus manos—. Pero te dejé a cargo. Eso no lo hago con cualquiera.
Isabela sintió un cosquilleo en la nuca. Esa confesión, aunque simple, era más de lo que él había dicho en toda la semana.
—No me des las gracias todavía. —Su tono fue sarcástico, pero bajó la voz—. Si esto sale mal, nos van a querer muertos a los dos.
—¿Y te asusta?
Ella negó con la cabeza y se encogió de hombros.
—Me asusta más no hacer nada. Prefiero pelear, aunque pierda.
Rafael asintió, como si compartiera ese pensamiento desde siempre. Se quedó mirando la cicatriz en su costado, la que apenas asomaba bajo la venda. Isabela siguió su mirada y se atrevió a preguntar.
—¿Duele mucho?
Él la miró de reojo y sonrió apenas.
—He tenido peores. Pero esta... esta duele distinto. Me recuerda que confiar puede costar caro.
El silencio volvió, esta vez menos incómodo. Isabela tomó el tazón y se lo alcanzó.
—Come. Si te caes ahora, todo esto habrá sido en vano.
Rafael aceptó el caldo y bebió despacio. Cada movimiento era cuidadoso, como si midiera cuánta fuerza le quedaba. Isabela observó la manera en que apretaba la mandíbula, cómo no dejaba ver el dolor más que en la tensión de sus dedos.
—¿Siempre has sido así de terco? —preguntó ella, rompiendo la quietud.
—¿Tú qué crees?
Ella sonrió, apenas un gesto.
—Yo creo que sí. Y que no sabes rendirte, aunque el mundo se caiga.
Él dejó el tazón sobre la mesa, mirándola de frente.
—¿Y tú? ¿Por qué no te fuiste cuando tuviste la oportunidad?
Isabela bajó la mirada, jugando con el borde de la sábana. No estaba acostumbrada a hablar de sí misma, menos con alguien como él.
—No tenía a dónde ir. Y, aunque lo tuviera, no pienso huir. No otra vez.
Rafael asintió, como si entendiera más de lo que decía. Entre los dos flotaba una especie de respeto nuevo, algo que no era ni desconfianza ni hostilidad. Solo dos personas heridas, hablando sin máscaras.
—Cuando era niño, mi padre decía que la única forma de sobrevivir era no confiar en nadie. Ni en la sangre —dijo Rafael, sin mirarla—. Pero a veces pienso que eso me dejó más solo que fuerte.
Isabela escuchó en silencio. No sabía qué decirle, pero sus palabras le pesaban en el pecho. Ella también había crecido así, siempre esperando el golpe, la traición, la humillación.
—La soledad no es fuerza. Es solo soledad —dijo, casi en un susurro.
Rafael la miró, sorprendido, como si nadie se lo hubiera dicho antes. Por un momento, sus ojos se suavizaron. Luego, volvió a endurecer la expresión.
—No te acostumbres. Mañana volveré a ser el mismo de siempre.
Isabela soltó una risa corta, irónica.
—No me hago ilusiones, Rafael. Pero tampoco eres el monstruo que todos creen.
Él levantó una ceja, como si no supiera si eso era un insulto o un cumplido. Ella se levantó, lista para salir, pero Rafael la detuvo con una pregunta inesperada:
—¿Qué quieres realmente, Isabela? No para la manada, para ti.
Ella se quedó quieta, la mano en el picaporte. La pregunta era simple, pero nadie se la había hecho antes. Dudó, tragó saliva y se giró despacio.
—Quiero que me vean. Que me respeten. Que nadie decida por mí nunca más.
Rafael asintió. No dijo nada, pero la forma en que la miró, sin juicio, la hizo sentir menos sola.
—Yo quiero paz —respondió él, casi en secreto—. Pero no sé si es posible, no así.
Un silencio pesado se instaló. Afuera, se oían voces y pasos, recordándoles que el peligro seguía latente. Isabela se acercó de nuevo a la cama. Esta vez no hubo sarcasmo ni distancia.
—Vamos a salir de esta. Los dos. Aunque tengamos que pelear con todos.
Rafael la miró largo rato, buscando algo en su rostro.
—No me falles, Isa.
Ella sostuvo su mirada, firme.
—No pienso hacerlo. Pero tampoco me falles tú.
Por primera vez, Rafael asintió sin reservas. Parecía un pacto silencioso, más fuerte que cualquier palabra.
Isabela salió de la habitación, sintiendo un calor extraño en el pecho. No era confianza completa, pero sí una grieta en la armadura. Afuera, el aire olía a tierra y a peligro, y la noche se sentía más cargada que nunca. Sabía que todo podía irse al carajo en cualquier momento, pero por primera vez, no estaba sola.
La puerta quedó entornada. Rafael se quedó mirando la sombra de Isabela hasta que desapareció. Sus pensamientos iban y venían, entre la desconfianza y el deseo de creer en ella.
¿Podrían realmente dejar sus heridas atrás y confiar el uno en el otro? La respuesta, por ahora, seguía siendo un misterio.