Capítulo 10 · ~5 min
Giro fatal
Rafael sintió un ardor en el costado justo antes de escuchar el grito de advertencia de Isabela. No tuvo tiempo de girar. Una sombra lo embistió y el filo de un cuchillo le desgarró la piel, profundo, certero. El rugido de la pelea llenó el pasillo. Él se tambaleó, la sangre le empapó la camisa y la visión se le nubló por un instante.
Isabela apareció junto a él, los ojos encendidos de furia. Se agachó, tomó el brazo de Rafael y lo empujó hacia la pared. La sangre goteaba al suelo, rápida.
—No te caigas, Rafael. —Su voz era baja, urgente—. ¡Mírame! Aguanta, ¿sí?
Rafael apoyó la espalda en la pared. El agresor, un hombre joven que reconoció como Samuel, se lanzó de nuevo, pero Isabela bloqueó el ataque con una patada y lo derribó de un golpe seco. Samuel intentó levantarse, pero Isabela no dudó: le torció el brazo, lo inmovilizó y lo dejó jadeando en el piso.
—¡Santiago! —gritó Isabela sin soltar a Samuel—. ¡Aquí!
Los pasos de Santiago retumbaron. Rafael sintió el zumbido de la sangre en los oídos. La herida ardía, caliente y profunda. Vio a Isabela mirar alrededor, atenta a cualquier movimiento.
—¿Cuántos más hay? —preguntó Rafael, apretando los dientes por el dolor.
—No lo sé, pero no estamos solos —respondió Isabela, arrastrando a Samuel para alejarlo de Rafael—. Santiago, cierra la puerta y trae las vendas. ¡Ahora!
Santiago apareció con el rostro tenso. Cerró la puerta y se arrodilló junto a Rafael.
—Te tengo, jefe. Respira hondo. Isa, pásame la chaqueta.
Isabela lanzó la prenda y Santiago la presionó contra la herida de Rafael. El dolor era casi insoportable. Rafael apretó el puño y miró a Samuel, que forcejeaba bajo la rodilla de Isabela.
—¿Quién te dio la orden? —preguntó Rafael, la voz ronca por el esfuerzo.
Samuel no respondió, solo lo miró con odio. Isabela presionó más fuerte su brazo.
—Habla o te rompo el codo aquí mismo.
La amenaza era real. Samuel dudó, tragó saliva, pero se quedó callado. Rafael sabía que no sacarían nada por la fuerza. Miró a Isabela, que entendió el gesto y soltó a Samuel solo lo necesario para que pudiera moverse.
—No es solo él —dijo Isabela en voz baja—. Hay más esperando. Esto fue una distracción.
Rafael intentó levantarse, pero Santiago lo detuvo.
—No puedes moverte. Pierdes mucha sangre. Isa, ayúdame con las vendas.
Isabela sacó un rollo de vendas de un cajón cercano. Sus manos temblaban, pero el rostro seguía firme. Rafael sintió la presión de la tela y el ardor creciente. Miró a Isabela, buscando algo de calma.
—No voy a morir aquí —dijo, medio bromeando, medio convencido.
—No te atrevas, Rafael. —Isabela le sostuvo la mirada, desafiante—. Si mueres, yo misma te mato otra vez.
Santiago soltó una risa corta, nerviosa.
—Siempre tan tierna, Isa.
En ese momento, un golpe seco en la puerta los hizo girar. Rafael alzó la voz, aunque sentía la garganta seca.
—¿Quién es? ¡Identifícate!
Silencio. Otro golpe, más fuerte. Isabela se puso de pie, cuchillo en mano. Santiago se acercó a la puerta, listo para reaccionar. Rafael intentó incorporarse, pero una punzada de dolor casi lo desmaya. Vio cómo Isabela y Santiago cruzaron una mirada de entendimiento.
—Si esto sale mal, toma el control tú —susurró Santiago, solo para Isabela.
Isabela asintió sin dudar. Rafael lo notó y una chispa de orgullo le cruzó el pecho.
—No pienso ceder el control —gruñó—. No todavía.
La puerta se abrió de golpe. Una figura encapuchada entró, pero Isabela se adelantó y lo desarmó en segundos. El intruso, otro traidor, cayó de rodillas. Santiago lo sujetó mientras Isabela cerraba la puerta con fuerza.
—¿Cuántos son? —exigió Isabela al nuevo prisionero.
El hombre bajó la cabeza, temblando.
—Cinco… Tal vez seis. Mariana los dirige. Van por las armas.
Santiago maldijo en voz baja. Rafael sintió la rabia quemándole la garganta, pero no podía levantarse. Miró a Isabela.
—No los dejes escapar. Usa a quien tengas que usar. Haz lo que sea necesario.
Isabela lo miró con dureza. Por primera vez, Rafael vio dudas en sus ojos, pero también una determinación feroz.
—Voy a proteger la manada, Rafael —dijo ella, con la voz ronca—. Pero si no vuelves, esto no servirá de nada.
Rafael tomó la mano de Isabela, manchando sus dedos de sangre.
—No me voy a rendir. No te dejaría ese regalo.
Isabela apretó su mano y luego se soltó, lista para pelear. Miró a Santiago.
—Quédate con él. Yo voy a buscar a Mariana y a los otros. Si no regreso en diez minutos, sabrán qué hacer.
Santiago asintió. Rafael cerró los ojos un instante, luchando contra el mareo. Escuchó la puerta cerrarse detrás de Isabela y el silencio pesado que quedó en la habitación.
—No le digas nada a la manada todavía —murmuró Rafael, apenas audible—. Si huelen miedo, estamos perdidos.
Santiago le acomodó la cabeza y le ofreció agua.
—Aguanta, jefe. Isa sabe lo que hace. Si hay alguien que puede sacarnos de esta, es ella.
Rafael pensó en el precio de esa confianza. En el precio de la paz. Sabía que la herida era grave y que el peligro apenas empezaba. Cerró los ojos, sintiendo el calor de la sangre y el frío de la incertidumbre alrededor.
¿Hasta dónde estarían dispuestos a llegar por proteger lo que amaban? ¿Qué precio valía la paz, la lealtad… o el amor?