Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
  • 20 capítulos
  • 680 lecturas
  • Completada

+18

21

~6 min de lectura

Capítulo 9 · ~6 min

Secretos al descubierto

Isabela caminó por el pasillo, con el eco de sus botas marcando el ritmo de sus pensamientos. Llevaba la chaqueta a medio abrochar y el cabello suelto, rebelde como siempre. Había dormido mal, pero no estaba dispuesta a mostrar debilidad. Al fondo del corredor, Santiago la esperaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados y la expresión tranquila que nunca perdía.

—¿Tienes un minuto? —preguntó él, sin moverse.

Isabela asintió y se detuvo a su lado. Miró alrededor, como si esperara que alguien los estuviera espiando.

—Si vas a decirme que confíe en Rafael, mejor ahórratelo —soltó, un poco más brusca de lo que quería.

Santiago soltó una sonrisa leve y bajó la voz.

—No vengo a eso. Solo quiero que entiendas por qué es como es. Nadie sobrevive en su lugar sin cicatrices, Isa.

Ella apretó los labios. No quería compasión para Rafael, pero tampoco podía negar que el tipo arrastraba más heridas que cualquiera en esa casa.

—¿Me vas a contar sus secretos? —dijo, con un tono entre irónico y retador.

—Solo los que pueden salvarnos —contestó Santiago, mirándola de frente.

Isabela se apoyó contra la pared, imitando su postura. No iba a admitirlo, pero le interesaba escuchar. Santiago se tomó unos segundos antes de empezar.

—Rafael tenía un hermano. Se llamaba Tomás. Él era el favorito de su padre… y también el primero en traicionarlo.

La noticia la sorprendió, pero no lo dejó ver. Santiago siguió, medido.

—Tomás vendió información de la manada a cambio de poder. Rafael lo descubrió y tuvo que elegir: entregar a su hermano o perderlo todo. Eligió la manada.

Un silencio tenso se instaló entre ellos. Isabela sentía la presión en el pecho, como si las piezas del rompecabezas comenzaran a encajar.

—¿Y qué pasó con Tomás? —preguntó, bajando la voz.

—Está muerto. Rafael mismo lo entregó. Desde entonces, no confía en nadie completamente, ni siquiera en mí.

Isabela bajó la mirada. Por primera vez, vio a Rafael como algo más que un enemigo. Pero la realidad seguía ahí: el complot, la traición, la desconfianza. Nada de eso se resolvía con una historia triste.

—Eso no justifica que trate a todos como si fueran a clavarle un cuchillo —dijo, pero la fuerza de sus palabras era menor.

Santiago asintió, con una calma que rayaba en resignación.

—No, pero explica por qué necesita tener el control de todo. Y por qué te observa como si esperaras el momento para atacarlo.

Un ruido en el pasillo los obligó a callar. Era solo una puerta cerrándose al fondo. Isabela soltó el aire y se separó de la pared.

—Entonces, si todos aquí tienen secretos, ¿cuál es el tuyo, Santiago? —preguntó, con una media sonrisa.

Él dudó un instante.

—Yo fui quien le dio a Tomás la oportunidad de escapar. Creí que podía salvarlo… y fallé. Rafael nunca me lo ha dicho, pero creo que lo sabe.

La confesión cayó entre ellos como una losa. Isabela lo miró con otra perspectiva. En esa casa nadie era inocente. Nadie estaba libre de culpa.

—¿Por eso haces todo para protegerlo ahora? —preguntó, sincera.

—Por eso, y porque sé que no sobrevivirá solo. Nadie lo haría. Ni siquiera tú, Isa.

Ella sonrió, desafiante.

—No subestimes mi instinto de supervivencia, Santiago. Llevo toda la vida sobreviviendo a gente como Rafael… y como tú.

Él rió, relajando el ambiente por un momento.

—Eso lo sé. Pero si queremos salir de esta, vas a tener que confiar en alguien. Aunque sea un poco.

Isabela no respondió de inmediato. Miró hacia la puerta principal, donde sabía que Rafael estaría revisando los turnos de guardia. La amenaza seguía presente, y el peligro parecía crecer cada día. Pero algo en la confesión de Santiago la había dejado pensando. Tal vez, por primera vez, no estaba sola en ese juego de poder y traición.

Se separó y caminó hacia la cocina. El aire olía a café recalentado y pan viejo. Tomó una taza, sirvió un poco y se apoyó en la barra, observando a los demás moverse en silencio. Los ojos de Mariana, nerviosos, evitaban los suyos. Samuel entró y salió rápido, esquivando cualquier contacto visual.

Isabela bebió un sorbo y se obligó a pensar en lo que Santiago le había contado. Recordó la mirada fría de Rafael, la forma en que le daba órdenes sin confiar realmente en ella. Ahora entendía algo más de ese fuego detrás de sus ojos, esa necesidad de controlarlo todo. Pero también sentía que él no era el único que tenía miedo de perderlo todo.

Alguien dejó caer un plato en la mesa y el sonido la sacó de sus pensamientos. Rafael apareció en la puerta, con el ceño fruncido, pero no dijo nada. Solo la miró durante un largo segundo. Isabela sostuvo la mirada, sin bajar la guardia.

Santiago entró tras él, se acercó a la barra y se sirvió café. Nadie habló en ese instante, pero en el aire flotaba la sensación de que todos sabían que algo estaba por explotar.

Rafael se volvió a Santiago.

—¿Alguna novedad? —preguntó, directo.

—Nada extraño. Todo bajo control —respondió Santiago, sin mostrar emoción.

Rafael asintió, pero sus ojos volvieron a buscar a Isabela.

—¿Y tú? ¿Algo que contar? —preguntó, retador.

Ella sostuvo la taza con firmeza.

—Solo que ya cansa tanto silencio en esta casa. Si seguimos así, los traidores nos van a matar de aburrimiento antes que de otra cosa.

Santiago soltó una carcajada breve. Rafael sonrió, apenas, pero la tensión no se fue. Hubo un pequeño destello de complicidad, tan fugaz que casi parecía un error.

Isabela dejó la taza y salió de la cocina, rumbo al patio. El aire frío le aclaró las ideas. Pensó en las palabras de Santiago, en el pasado de Rafael, en sus propios secretos. Si todos ocultaban algo, tal vez podían usar esos secretos para salvar a la manada. Pero eso era solo una posibilidad, y la pregunta seguía abierta: ¿podrían realmente confiar el uno en el otro antes de que fuera demasiado tarde?

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 7:00

Siguiente lectura