Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
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Capítulo 8 · ~5 min

Confianza frágil

Rafael cruzó la puerta del despacho, cerrándola de golpe tras él. No soportaba la sensación de estar vigilado ni un minuto más. Dejó caer los papeles sobre la mesa y se frotó la frente. Había dormido poco en toda la semana. Las traiciones se sentían como un veneno lento, corriendo por las venas de la manada.

Escuchó pasos al otro lado. Isabela empujó la puerta sin pedir permiso. Vestía ropa sencilla, el cabello recogido, las ojeras marcadas. Aun así, se movía con esa seguridad que molestaba y atraía al mismo tiempo.

—¿Ya decidiste qué vamos a hacer con Mariana? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.

Rafael la miró en silencio, midiendo cada palabra antes de hablar. Se sentó tras el escritorio, invitándola a pasar sólo con un gesto. Ella cruzó la habitación y se sentó frente a él, sin apartar la mirada.

—No podemos actuar sin pruebas claras —dijo Rafael, bajando la voz—. Si la acusamos y se escapa el verdadero cerebro, perdemos todo.

Isabela acomodó las manos sobre sus rodillas. Sus dedos temblaban apenas, pero su voz sonó firme.

—Los vigías ya sospechan. Samuel pregunta demasiado. Si no actuamos, terminaremos como ese guardia en la enfermería.

Rafael apretó los puños. Sabía que tenía razón, pero no podía arriesgarse a que todo el trabajo de años se viniera abajo por un movimiento impulsivo. Ella lo observó, con ese brillo duro en los ojos.

—¿Tienes otra idea? —preguntó él.

Isabela se inclinó hacia adelante, bajando la voz todavía más.

—Podemos tenderles una trampa. Hacerles creer que el cargamento de medicinas llegará mañana, pero cambiar la ruta y la hora—sugirió—. Si de verdad están infiltrados, intentarán robarlo otra vez.

—¿Y si Mariana sólo es una peón? —Rafael la retó con la mirada—. ¿Y si el que mueve los hilos está más cerca de lo que pensamos?

Ella sonrió apenas.—Entonces lo obligaremos a salir de la sombra. Pero tienes que confiar en mí, Rafael.

Esa palabra, confiar, le pesó más que cualquier amenaza. Él tragó saliva, buscando algo de paciencia.

—Confiar no es tan fácil como dar una orden, Isabela.

—Nunca dije que fuera fácil —contestó ella, levantando la barbilla—. Pero no viniste hasta aquí para esconderte detrás de tus muros.

Rafael se puso de pie de golpe. Caminó hasta la ventana, cruzando los brazos. Afuera, dos jóvenes discutían por un costal de leña. El mundo seguía girando mientras la traición crecía en su propia casa.

—¿Por qué insistes tanto? —preguntó sin girarse—. ¿Por qué no te largas y dejas que la manada se hunda sola?

Isabela se levantó también, sin miedo. Dio tres pasos y se detuvo a su espalda.

—Porque si yo caigo, tú caes conmigo. —Su voz era dura, casi fría—. No te engañes, Rafael. El pacto depende de los dos.

El silencio se espesó entre ambos. Rafael cerró los ojos un segundo. Recordó el momento en que aceptó ese pacto, el sabor amargo de la derrota mezclado con la necesidad de sobrevivir. Ahora tenía que confiar en ella, aunque todo en su interior gritara que no lo hiciera.

—Está bien —dijo al fin—. Vamos a preparar la trampa. Pero si esto sale mal, no habrá segundas oportunidades.

Isabela lo miró con una intensidad que casi le hizo retroceder.

—No las necesito —respondió, y salió de la habitación sin esperar respuesta.

Rafael se quedó solo, escuchando sus propios latidos. No podía negar que ella lo irritaba y lo intrigaba a la vez. Esa mezcla de odio y atracción se sentía peligrosa, como un filo en la garganta. Se obligó a volver al escritorio y revisar los papeles, pero las palabras se le mezclaban en la cabeza.

Un par de horas después, la casa parecía vacía. Rafael salió al patio, buscando aire. Encontró a Isabela revisando los establos, dando órdenes a un par de muchachos. El sol bajaba rápido y el ambiente olía a humedad y tierra.

Cuando ella lo vio, se acercó sin rodeos.

—Ya hablé con Santiago. Él va a mover las cajas de medicina y esconderá a dos hombres en el callejón —informó, sin rodeos—. Si los traidores aparecen, los tendremos.

Rafael asintió, notando cómo ella organizaba todo sin esperar permiso. Había algo en su actitud que le recordaba a sí mismo, años atrás. Se le escapó una sonrisa amarga.

—¿Siempre fuiste así de terca? —preguntó, más para provocarla que por curiosidad.

—¿Siempre fuiste tan paranoico? —contestó ella, cruzándose de brazos.

Se miraron un instante, sin hablar. Por primera vez, Rafael notó que la tensión entre ellos se sentía distinta. Ya no era solo hostilidad; había otra cosa que no quería nombrar.

Un ruido fuerte rompió ese momento. Uno de los caballos se agitó en el establo, pateando la puerta. Rafael se movió rápido y calmó al animal con una mano firme. Isabela miró la escena y torció la boca en una mueca que casi parecía una sonrisa.

—No eres tan monstruo como dicen —murmuró, apenas audible.

Rafael la miró de reojo. No respondió, pero el comentario le quedó dando vueltas. Se alejó del establo, esperando que ella lo siguiera.

Caminaron juntos hasta la cerca, donde la vista se perdía entre árboles y sombras. La noche se acercaba, pesada y llena de preguntas. Rafael sintió el impulso de decir algo distinto, de romper el muro entre ellos. Pero las palabras no salieron.

—Mañana sabremos si esto funciona —dijo al fin.

Isabela se encogió de hombros.

—O sabremos quién nos quiere muertos. —Lo miró directo a los ojos—. ¿Estás listo para eso?

Rafael sostuvo su mirada. No sabía si estaba listo para la traición, para la guerra o para lo que sentía por ella. Todo era demasiado incierto.

—No tengo opción —admitió, dejando la frase en el aire.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Esta vez, no era incómodo. Era como si, por un momento, confiar fuera posible.

Pero Rafael no podía dejar de preguntarse: ¿Se arriesgarán a confiar el uno en el otro por completo?

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