Capítulo 7 · ~5 min
El complot se revela
Isabela abrió la puerta del despacho sin avisar. No tenía tiempo para formalidades. Al otro lado de la mesa, Rafael la miró con cara seca. Santiago estaba de pie, revisando unas hojas.
—¿Ya tienes algo? —preguntó Rafael, cruzando los brazos.
Isabela dejó caer una carpeta sobre la mesa. Sus dedos temblaban, pero su voz salió firme.
—No son solo rumores. Encontré nombres, horarios y hasta los mensajes que se mandaban para coordinarse.
Santiago levantó la ceja, sorprendido. Tomó la carpeta y hojeó los papeles rápido. Rafael no se movió, solo observó a Isabela con esa calma inquietante de siempre.
—¿Quiénes? —soltó Rafael, directo.
Isabela se inclinó sobre la mesa.
—Hay cuatro. Dos vigías, uno de los cocineros... y Mariana. Pero hay alguien más detrás. Las órdenes no salían de ellos. Solo ejecutaban.
Santiago dejó la carpeta y la miró con seriedad.
—¿Estás segura?
—Vi los mensajes. Usaban la bodega vieja para reunirse. Anoche escuché que hablaban de un “golpe fuerte”, algo que pondría a la manada en mi contra.
Rafael apretó la mandíbula.
—¿Cuándo planean moverse?
—Pronto. No dieron fecha, pero están esperando una señal. Mariana es la que recibe los mensajes. El asunto es que no sé quién se los manda.
Isabela cruzó los brazos. Sentía la sangre caliente en la cara. Rafael y Santiago intercambiaron una mirada rápida. La tensión flotaba en el aire.
Rafael se levantó despacio. Caminó hacia la ventana. No habló hasta varios segundos después.
—¿Por qué no viniste antes con esto?
Isabela contuvo las ganas de contestar con sarcasmo. Bajó la voz, pero no el tono desafiante.
—No sabía en quién confiar. Aquí todos me ven como una intrusa.
Santiago se acercó.
—Pero confiaste en nosotros ahora.
—No me quedó de otra —dijo Isabela, con una sonrisa torcida.
El silencio pesó. Rafael se giró y la miró directo.
—Si esto es cierto, la traición viene de alguien importante. Alguien que conoce muy bien la casa y a la manada.
Isabela asintió. Santiago tomó asiento y empezó a armar un plan en voz baja. Hablaba rápido, como si necesitara soltar la presión.
—Debemos vigilar la bodega. Seguir a Mariana sin que lo note. Si descubrimos quién le pasa los mensajes, vamos a la raíz.
Rafael lo interrumpió.
—No podemos actuar sin pruebas sólidas. Si nos equivocamos, la manada se nos va encima. Ya hay suficiente gente esperando vernos fracasar.
Isabela sintió que la miraban, esperando algo más. Se acercó a la mesa y bajó la voz.
—Podría intentar ganarme la confianza de Mariana. Si la presiono, tal vez suelte el nombre. O me deje seguirla.
Santiago negó con la cabeza.
—Es peligroso. Si sospechan que descubriste algo, pueden adelantarse.
—No voy a quedarme sentada —dijo Isabela, firme—. Si no hago nada, igual me culparán si esto explota.
Rafael la midió con la mirada. Había algo distinto en sus ojos, como si dudara por primera vez.
—Está bien. Pero no te metas sola. Santiago, vas a cubrirla. Yo hablaré con los vigías. Quiero saber todo lo que ven y oyen, aunque sea una tontería.
Santiago asintió. Isabela salió del despacho sin voltear atrás. Caminó por el pasillo, evitando las miradas de los demás. Sentía los ojos clavados en la espalda, como agujas.
Bajó a la cocina. Mariana estaba en la mesa, cortando pan y murmurando con otra chica. Cuando Isabela entró, la conversación se apagó de golpe. Mariana la saludó con la cabeza, sin sonreír.
Isabela se sirvió agua y se acercó, fingiendo normalidad. Apoyó el vaso sobre la mesa y miró a Mariana.
—¿Dormiste algo? —preguntó, como si nada.
Mariana frunció el ceño.
—Un poco. ¿Tú?
—Casi nada. Con todo lo que pasa, cualquiera duerme mal.
Mariana guardó silencio. La otra chica se fue con excusa tonta. Isabela se inclinó, bajando la voz.
—Dicen que alguien quiere joder el pacto. ¿Tú sabes algo?
Mariana tragó saliva. Evitó la mirada de Isabela y siguió cortando pan.
—Yo no me meto en eso, Isa. Solo quiero que esto termine pronto.
Isabela notó el temblor en sus dedos. Se le acercó un poco más.
—Si escuchas algo raro, dímelo. Así nos cuidamos entre todas.
Mariana asintió, apretando la boca. Isabela se alejó despacio, sintiendo que había sembrado la duda. Por la ventana vio a Santiago de guardia, fingiendo que revisaba leña.
Pasó la tarde vigilando la bodega. Mariana entró y salió dos veces, siempre con algo en las manos. Nadie más se acercó. Cuando ya anochecía, Isabela se escondió entre los barriles y esperó. Vio a Mariana sacar un papel del bolsillo y dejarlo debajo de una caja. Minutos después, uno de los vigías pasó, recogió el papel y se lo guardó en la chaqueta.
Isabela apretó los dientes. Ahora tenía claro que los vigías también estaban en el juego. Anotó mentalmente la hora y el nombre del vigía: Samuel, el de la cicatriz en la ceja.
Cuando regresó a la casa, Rafael la esperaba en la sala, de pie, con los brazos cruzados.
—¿Viste algo?
—Mariana deja mensajes en la bodega. Samuel, el vigía, los recoge. No la siguen solo porque la quieren, hay algo más grande. No sé para quién trabaja Samuel.
Rafael se llevó la mano a la barbilla. Santiago apareció detrás, con el ceño fruncido.
—Esto va más allá de Mariana —dijo Santiago—. Si Samuel está metido, es porque alguien con poder lo protege.
Rafael suspiró, cansado.
—Hay que llegar al fondo. Pero no vamos a movernos hasta saber quién mueve los hilos.
Isabela lo miró directo.
—¿Y si ya están planeando el ataque? ¿Si esperan que dudemos para golpearnos por la espalda?
Rafael la sostuvo la mirada, serio.
—Por eso no vamos a dormir. Desde hoy, nadie baja la guardia.
Santiago asintió. Isabela sintió el peso de la noche encima, pero también una chispa de rabia. Si la manada caía, no sería porque ella se quedó callada.
Se preguntó, mientras subía a su cuarto, quién era el verdadero enemigo. ¿Estaba más cerca de lo que pensaban?