Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
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Capítulo 6 · ~6 min

La primera noche

Rafael entró en la habitación y cerró la puerta con fuerza. El silencio era pesado, apenas roto por el sonido de su respiración. Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre una silla. Todavía sentía la sangre corriéndole rápido por las venas, como si la tensión de ese día no quisiera soltarlo.

Isabela estaba de pie junto a la ventana, los brazos cruzados, la mirada fija en la oscuridad del patio. No se inmutó al oírlo llegar. Rafael notó cómo el reflejo de la luna le marcaba el perfil duro de la cara. Pensó que, a pesar de todo, se veía fuerte, como si no hubiera dudas en ella.

—¿No piensas dormir? —le preguntó Rafael, apoyándose contra la puerta, sin acercarse.

Isabela no respondió al principio. Giró apenas el rostro, apenas una sombra de movimiento.

—No me has dado motivos para confiar lo suficiente como para cerrar los ojos —dijo, seca.

Rafael apretó la mandíbula. Las palabras le molestaron más de lo que lo admitiría, pero no iba a mostrar debilidad. Se acercó despacio, manteniendo la distancia. El espacio entre los dos era casi un campo de batalla.

—Tampoco yo confío en ti —contestó, con voz baja—. Pero estamos atados por este matrimonio. Si uno cae, caemos los dos. No soy idiota.

Isabela ladeó la cabeza. Sus ojos, oscuros y atentos, lo desafiaron sin miedo.

—¿Eso crees? Hay gente en tu propia manada que preferiría verte muerto antes que cumplir este pacto.

Rafael rió, seco y sin humor.

—Eso lo sé desde antes que llegaras. No necesito que me lo recuerdes.

Por un momento, el silencio volvió a llenar la habitación. Rafael sintió el peso de la noche sobre los hombros. Miró la cama, grande y perfectamente hecha, como si nadie debiera tocarla nunca. El protocolo exigía que durmieran juntos, al menos como señal para la manada. Pero la idea de compartir ese espacio con Isabela era una prueba más difícil que cualquier combate.

Se desabrochó la camisa, sin apartar la mirada de ella. Isabela no se movió, pero sus hombros se tensaron. Rafael percibió el leve temblor en sus manos, aunque lo ocultara bien.

—Puedes tomar el lado que quieras —dijo él, señalando la cama—. No me importa.

Isabela soltó una risa corta.

—Qué generoso. ¿Así tratas a todas tus esposas?

Rafael la miró con dureza.

—Nunca antes tuve una esposa —gruñó—. Y si por mí fuera, tampoco la tendría ahora.

Isabela se acercó, lenta, como quien mide cada paso en terreno enemigo. Se sentó en el borde de la cama y lo miró de frente. Rafael sintió una punzada de algo que no supo nombrar. No era miedo, tampoco rabia. Era como si, por un instante, ella pudiera verlo por dentro.

—No tienes que fingir delante de mí —dijo Isabela, bajando la voz—. Ambos sabemos que esto es una farsa.

Rafael se sentó al otro lado, dejando espacio entre ellos. Apoyó los codos en las rodillas y se frotó la cara con las manos.

—No me interesa fingir contigo, Isabela. Pero sí me interesa que la manada vea unidad. Si nos ven pelear, el pacto se rompe. Y si el pacto se rompe, todo lo que hemos hecho no sirve para nada.

Isabela se quedó callada un momento. Después se tumbó de espaldas, sin mirarlo.

—Entonces, deja de buscar pelea cada vez que abro la boca —susurró.

Rafael la miró de reojo. El silencio entre ellos era incómodo, pero no era hostil. Era otra cosa, algo más denso, como electricidad a punto de estallar.

Pasaron unos minutos. Rafael se levantó y fue hacia la mesa donde guardaba una botella de licor. Sirvió dos vasos. Volvió y le tendió uno a Isabela. Ella lo aceptó sin decir nada.

—Por la paz —dijo Rafael, alzando su vaso. No sonaba a brindis, más bien a reto.

Isabela tocó el vaso con el suyo, sin apartar la mirada.

—Por sobrevivir una noche más —respondió.

Bebieron en silencio. El licor quemó la garganta de Rafael, pero no tanto como la mirada de Isabela. Por primera vez desde que ella llegó, Rafael sintió que algo cambiaba. No era confianza, ni siquiera respeto. Era la sensación de que, si bajaba la guardia, ella podría destrozarlo… o salvarlo.

La tensión creció en la habitación. Isabela dejó el vaso en la mesa y se acomodó mejor en la cama, dándole la espalda. Rafael se quedó de pie, mirándola. Por un instante, pensó en cruzar la distancia, pero se contuvo. No estaba seguro de qué haría si lo hacía.

Se acostó en su lado de la cama, sin tocarla. La distancia entre ellos parecía un abismo, aunque no más de un metro los separaba. Rafael miró el techo, pero la respiración de Isabela era lo único que oía.

—¿Siempre eres así de terco? —preguntó ella de pronto, sin volverse.

—¿Siempre eres así de desafiante? —respondió él, sin moverse.

Isabela soltó una carcajada suave, casi un suspiro. Rafael sintió cómo la tensión se transformaba en algo distinto, más peligroso y más tentador.

—No tengo otra opción —dijo Isabela—. Si bajo la guardia, me aplastan.

—Aquí nadie te va a aplastar —aseguró Rafael, con voz ronca—. Al menos, no mientras sigas siendo útil para la manada.

Isabela giró apenas el rostro, lo suficiente para mirarlo por encima del hombro.

—¿Y si dejo de ser útil?

Rafael sostuvo su mirada. Sabía que esa pregunta era una trampa y una confesión al mismo tiempo.

—Entonces tendrás que darme una razón para no dejar que te destruyan —dijo, sin apartar la vista.

Por un segundo, el aire se volvió más denso. Isabela no respondió. Rafael sintió cómo la atracción entre ambos crecía, peligrosa y real. Sabía que un movimiento en falso podía encender una chispa que no sabría apagar.

Se giró hacia el otro lado, cerrando los ojos con fuerza. Al día siguiente, todo sería igual o peor. Pero esa noche, en ese cuarto, Rafael entendió que el mayor peligro no era el complot ni la traición. Era la tentación de cruzar esa línea.

¿Podrían manejar la atracción sin perder el control?

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