Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
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Capítulo 5 · ~5 min

Alianzas rotas

Isabela despertó de golpe, con el corazón acelerado. Una voz tensa la llamó desde el pasillo:—Isa, tienes que ver esto. Rápido.

Era Santiago. Se puso los pantalones a toda prisa y salió de la habitación. El corredor estaba casi vacío, pero la mirada de Santiago lo decía todo: algo grave había pasado.

—¿Qué ocurre? —preguntó, sin disimular el enojo.

Santiago bajó la voz.—Rafael está abajo. Encontraron a un guardia herido junto al almacén. Dice que alguien de la manada le atacó por la espalda.

El miedo se mezcló con rabia en el pecho de Isabela. Siguió a Santiago por las escaleras. Al llegar al salón principal, vio a Rafael de pie, con los brazos cruzados, la cicatriz de su mejilla más visible que nunca. Había un grupo pequeño alrededor de un hombre tirado en el suelo, sangrando por la cabeza.

—¿Quién fue? —preguntó Rafael, su tono cortante.

El guardia apenas logró articular.—No vi su cara. Solo sentí el golpe y... después nada.

Rafael se agachó a su lado.—¿Reconociste la voz? ¿Algo?

El guardia negó con la cabeza.

Isabela se acercó a Rafael.—¿Crees que fue uno de los tuyos?

Él la miró con dureza.—Aquí nadie es inocente. Ni siquiera tú.

El ambiente se volvió tenso. Nadie se atrevía a moverse. Santiago rompió el silencio:

—La puerta del almacén fue forzada. Faltan armas y medicinas. Esto no es un simple ajuste de cuentas.

Rafael se incorporó.—Alguien quiere debilitarnos. Pronto volverán a atacar.

La mirada de Isabela se endureció.—¿Y si buscan que nos enfrentemos entre nosotros? Siembra de desconfianza. Funciona con los débiles.

Rafael se le acercó, bajando la voz.—¿Qué propones, Isa? ¿Que ignoremos la amenaza?

—No. Propongo que no te apresures a culpar solo a los míos. Esta traición viene de adentro, pero la desconfianza puede ser peor que el enemigo.

Rafael apretó la mandíbula. Durante un segundo, sus ojos parecieron cansados, pero enseguida recuperó el control.—Santiago, revisa las entradas y salidas de anoche. Nadie sale de la casa hasta que sepamos quién fue.

Santiago asintió y se fue sin decir más. Isabela y Rafael quedaron solos unos segundos, rodeados de silencio y miradas furtivas.

—¿Tienes miedo, Isabela? —preguntó Rafael, en voz baja.

—¿Miedo? No. Pero sí tengo claro que alguien quiere vernos pelear. Y no pienso darles ese gusto.

Él sonrió apenas.—Eres más lista de lo que pensaba.

—Tú solo ves lo que quieres ver —respondió ella, cruzándose de brazos.

Un golpe seco en la puerta los interrumpió. Santiago regresó, con el ceño fruncido.—Encontré esto en la cocina.

Le mostró a Rafael una pequeña bolsa de cuero con un sello roto. Rafael la tomó y la abrió. Dentro había un trozo de tela manchada de sangre.

Isabela lo reconoció enseguida.—Eso es de Mariana. Vi que llevaba esa tela ayer.

Rafael apretó la bolsa.—¿Mariana? No tiene motivos para traicionar a la manada.

—Todos tienen motivos, Rafael. Aunque no los conozcas —dijo Isabela, mirando a Santiago.

Santiago intervino.—¿Y si la están usando como chivo expiatorio? Es fácil dejar pruebas falsas.

Rafael se giró hacia Isabela.—¿Confías en ella?

Isabela dudó un instante.—No confío en nadie aquí. Pero tampoco la veo capaz de atacar a un guardia. Hay alguien moviendo los hilos.

Rafael suspiró.—Entonces la pregunta es: ¿quién gana si el pacto se rompe ahora?

Isabela lo miró de frente.—El que espera en las sombras. El que nunca muestra la cara.

Durante un rato, ninguno habló. Se escuchaba el murmullo nervioso de la manada en el fondo, los pasos apurados, el miedo flotando en el aire.

Rafael fue el primero en romper la tensión.—Vamos a hablar con Mariana. Pero si miente…

Isabela le cortó.—No la acuses sin pruebas. Si presionas demasiado, el verdadero traidor se esconderá mejor.

Él la miró, sorprendido por la firmeza de su voz.—Esto no es un juego, Isa.

—Para mí tampoco —replicó, dando un paso hacia él.—Si caemos en su trampa, estamos perdidos.

Santiago puso una mano en el hombro de Rafael.—Dejemos que Isa hable primero con Mariana. Si hay algo raro, lo notará.

Rafael dudó.—Está bien. Pero no la pierdas de vista, Santiago.

Santiago asintió. Isabela fue hacia la cocina, con el pulso acelerado. Mariana estaba sentada en una esquina, con las manos temblando. Al verla, levantó la cabeza, los ojos rojos de tanto llorar.

—¿Qué pasó anoche? —preguntó Isabela, sentándose frente a ella.

Mariana tardó en responder.—Salí al patio por agua. Oí ruidos en el almacén, pero me dio miedo y volví rápido. No vi a nadie.

—¿Esta tela es tuya? —le mostró el trozo ensangrentado.

Mariana la tomó y asintió.—Me corté limpiando el cuchillo. No hice nada malo. Lo juro, Isabela.

Isabela la observó en silencio. No parecía estar mintiendo, pero algo en su nerviosismo la hizo dudar.

—¿Alguien más te vio en la cocina?

Mariana negó.—Estaba sola. Nadie me vio.

Isabela se levantó.—Quédate aquí. Y no hables con nadie.

Volvió al salón, donde Rafael la esperaba con los brazos cruzados y la cara tensa.

—¿Entonces? —preguntó él.

—No es ella. Está asustada, pero no miente. Alguien quiere que la culpemos —respondió Isabela.

Rafael miró a Santiago.—¿Alguna noticia?

Santiago negó.—Nada aún. Pero la manada empieza a inquietarse. Si no actuamos rápido, esto se va a salir de control.

Rafael se acercó a Isabela, bajando la voz.—Tenemos que mostrar unidad. Si nos ven pelear, todo se derrumba.

Isabela asintió.—Entonces deja de mirarme como si yo fuera tu enemiga.

Por primera vez, Rafael sonrió, aunque solo por un segundo.—Eso lo decidirá el tiempo. O el traidor, si se equivoca.

Ambos se quedaron mirando, desafiantes y aliados al mismo tiempo. Sabían que la traición estaba cerca, y que cualquier paso en falso podía costarles más que la paz. ¿Será suficiente su alianza para superar la traición?

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