Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
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Capítulo 4 · ~6 min

Entre desconfianzas

Rafael cruzó el pasillo, apretando los puños. Había escuchado los rumores antes, pero ahora todo sonaba más real. Al fondo, la puerta del cuarto de Isabela estaba entreabierta. No dudó. Empujó la puerta sin anunciarse.

Isabela se giró de inmediato, con la mandíbula tensa. Tenía una camisa de la manada sobre los hombros y los ojos alertas.

—¿Vas a entrar así nomás? —soltó, sin moverse un centímetro.

—No estamos para formalidades —respondió Rafael—. Hay algo que quiero saber ya.

Ella levantó la barbilla, desafiante. Rafael sintió la rabia mezclarse con una incomodidad que no sabía nombrar. Cerró la puerta detrás de él.

—¿Desde cuándo sabes que hay gente en mi manada que quiere romper el pacto?

Isabela lo miró como si considerara mentirle, pero solo suspiró.

—Desde que crucé esa puerta. Tus hombres no son muy sutiles. Me lo han hecho saber con cada mirada.

Rafael se acercó. No la intimidó, aunque él era mucho más alto y fuerte. Eso le molestaba más de lo que admitía.

—¿Y por qué no viniste directo conmigo? —preguntó, bajando la voz—. ¿Qué ganas callando?

Isabela apretó los labios. De cerca, Rafael notó que tenía los nudillos marcados, como si hubiera golpeado algo.

—¿Para qué? Si tú y yo apenas nos soportamos. ¿Crees que iba a confiar en ti solo porque sí?

Rafael se quedó mirándola. No podía culparla. Él tampoco confiaba en nadie, menos en la hija del alfa enemigo. Pero algo en la forma en que ella lo retaba le hizo cambiar el tono.

—Esto no es un juego, Isabela. Si ese complot toma fuerza, nos jodemos los dos. A ti te matan, y a mí me derrocan. —Se cruzó de brazos—. ¿Qué viste? Dímelo sin rodeos.

Isabela dudó un segundo. Miró por la ventana, luego volvió a él.

—Uno de tus hombres, el tal Ezequiel, dejó caer esto cerca de la cocina —dijo, sacando una pequeña bolsa de tela. Adentro había una cadena de plata y algo de tierra oscura—. Es tierra mezclada con raíz de sangre. La usan para marcar el territorio antes de atacar. No es casualidad.

Rafael tomó la bolsa y la olió. Era cierto. La raíz de sangre se usaba en ritos de guerra. Solo los más viejos la conocían.

—¿Desde cuándo sabes esto? —preguntó, apretando la bolsa.

—Desde anoche. Quise verlo yo misma antes de hablar contigo. No quiero quedar como la traidora que viene a inventar cosas para manipularte.

Rafael soltó una risa amarga.

—Eso ya lo piensan igual. —La miró de arriba abajo—. Pero no eres tonta. Si esto es real, el enemigo está más cerca de lo que creía.

Isabela se sentó en el borde de la cama, sin perder el contacto visual.

—¿Piensas hacer algo o solo vas a esperar a que te claven un cuchillo en la espalda?

Rafael odiaba sentirse presionado, pero tenía que actuar. Guardó la bolsa en su pantalón.

—Voy a investigar a Ezequiel primero. Si está metido en esto, habrá consecuencias. Pero necesito saber si puedo confiar en ti. —Se acercó un paso más—. Si me estás mintiendo, lo pagarás caro, Isa.

Ella no se apartó.

—No tengo motivos para mentirte. Si caes tú, caigo yo. ¿O todavía no te queda claro?

Rafael sintió el pulso acelerado. Había algo en esa mujer que lo sacaba de control, para bien o para mal.

—Bien —dijo al fin—. Pero de ahora en adelante, no ocultes nada. Todo lo que sepas, me lo dices. Y si tienes sospechas, las traes directo a mí. ¿Entendiste?

Isabela asintió, pero sus ojos seguían llenos de desconfianza.

—No soy tu mascota. Pero tampoco quiero morir por culpa de tus hombres.

Rafael la estudió unos segundos. No era sumisa, ni lo sería jamás. Pero tal vez eso la hacía más útil que cualquier otro aliado.

—Nos necesitamos —admitió, por primera vez en voz alta—. Aunque nos cueste aceptarlo.

Isabela lo miró con una media sonrisa irónica.

—Eso sí es nuevo. El gran Rafael reconociendo que necesita a la hija bastarda. Lo voy a disfrutar.

Rafael iba a responder, pero un golpe en la puerta interrumpió el momento. Era Santiago, su mano derecha.

—Rafael, te buscan abajo. Hay problemas en el patio trasero —anunció sin entrar.

Rafael giró sobre los talones.

—Voy en un minuto.

Cuando Santiago se alejó, Rafael miró a Isabela una última vez antes de salir.

—No te alejes de aquí hasta que regrese. Si alguien viene a buscarte, no abras la puerta. Si ocurre algo raro, grita. No me compliques más el día.

Isabela rodó los ojos, pero no discutió. Cuando Rafael salió, respiró hondo. El olor a tierra y raíz de sangre seguía impregnado en sus manos.

Bajó la escalera y cruzó el comedor con pasos firmes. En el patio trasero, dos hombres discutían. Reconoció a Ezequiel: fornido, cejas gruesas, siempre con la cara de pocos amigos. El otro era Lucas, uno de los más jóvenes.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Rafael, deteniendo la pelea antes de que subiera de tono.

Ezequiel lo miró con rabia contenida.

—Lucas dice que lo estoy siguiendo, pero yo solo patrullaba como siempre.

Lucas, con la voz temblorosa, lo acusó.

—Él me estuvo vigilando todo el día. Además, escuché que mencionaba tu nombre y el de Isa cuando pensaba que nadie oía.

Rafael evaluó la escena. No podía fiarse de ninguno, pero tampoco podía mostrar debilidad.

—Basta de peleas —ordenó—. Ezequiel, ven conmigo. Lucas, vuelve a la cocina y no te metas en lo que no entiendes.

Ezequiel obedeció a regañadientes. Rafael lo llevó al cobertizo, donde podían hablar sin testigos. Cerró la puerta.

—¿Por qué tu nombre aparece cada vez que hay problemas? —preguntó, directo.

Ezequiel se encogió de hombros.

—La gente habla mucho, jefe. Yo solo hago mi trabajo.

Rafael sacó la bolsa de tela y la puso frente a él.

—¿Esto es tuyo?

Ezequiel miró la bolsa y frunció el ceño.

—No sé de dónde salió eso.

Rafael no tragó la excusa. Se acercó hasta quedar cara a cara. Ezequiel no retrocedió, pero sus ojos lo delataron: nervios, miedo o algo más.

—Si descubro que me estás mintiendo, no habrá segunda oportunidad. Piensa bien tu respuesta.

El silencio se volvió denso. Ezequiel no respondió, solo bajó la mirada.

Rafael salió del cobertizo con el estómago revuelto. Sabía que algo se estaba moviendo en la sombra y que, por primera vez, necesitaba a Isabela más de lo que admitía.

¿Podrían dejar de lado sus diferencias por el bien común? Por ahora, no tenía respuesta. Solo quedaba actuar y esperar que la desconfianza no los destruyera antes de tiempo.

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