Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
  • 20 capítulos
  • 680 lecturas
  • Completada

+18

21

~5 min de lectura

Capítulo 3 · ~5 min

Sombras en la manada

Isabela caminó por el pasillo largo, con las botas sonando fuerte sobre la madera. No había dormido casi nada. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba las palabras de Rafael repitiendo las reglas y la amenaza latente si rompía el pacto. Pero ese día algo era distinto. Había sentido miradas, murmullos; incluso los guardias parecían más tensos de lo normal.

Pasó frente a dos miembros de la manada que bajaron la voz al verla. Fingió no notar el gesto, pero aceleró el paso. No quería mostrarse débil ni insegura. Sabía que cualquier señal de duda podía volverse en su contra.

Al llegar al comedor, solo encontró a Santiago sentado con una taza de café. Él le dedicó una mirada tranquila, casi amable. Siempre parecía observarlo todo, como si nada se le escapara.

—¿No desayunas, Isa? —preguntó, dejando la taza sobre la mesa.

—No tengo hambre —respondió, cruzándose de brazos—. ¿Dónde está Rafael?

Santiago se encogió de hombros, pero no apartó los ojos de ella.

—En el entrenamiento. No suele perder tiempo en las mañanas.

Isabela se sentó al otro extremo de la mesa, sin relajarse. Miró alrededor, buscando alguna señal de peligro. Había algo raro en el ambiente, como si todos esperaran que algo explotara.

—¿Siempre hay este silencio después de un tributo? —preguntó, sin mirarlo directamente.

Santiago sonrió apenas.

—Nunca hubo un tributo como tú. —Dejó la taza y se inclinó hacia adelante—. ¿Qué viste?

Isabela dudó un segundo. Podía mentir, pero necesitaba respuestas.

—Murmullos. Gente que me evita. Guardias que se ponen nerviosos si paso cerca. —Bajó la voz—. Siento que alguien está esperando que falle.

—No eres la única —admitió Santiago—. Rafael tampoco duerme bien desde que llegaste. Hay quienes piensan que tu presencia es una amenaza, no un símbolo de paz.

Isabela apretó los puños.

—¿Y tú qué piensas? ¿Crees que vine a destruirlos?

Santiago la miró fijo. Sus ojos no tenían juicio, solo una especie de cansancio.

—Creo que sería un error subestimarte. Y que hay quienes quieren que fracases, para romper el pacto y volver a la guerra.

Isabela respiró profundo, intentando calmar la rabia. Sabía que había enemigos, pero no imaginó que fueran tantos.

—¿Sabes quiénes son?

Santiago negó con la cabeza.

—Tengo sospechas. Pero aquí cualquiera puede traicionar si cree que el beneficio es mayor. —Tomó otra vez la taza—. Lo importante es que tú y Rafael se mantengan alertas. Si uno cae, caemos todos.

Un fuerte golpe en la puerta interrumpió la conversación. Un guardia entró sin esperar permiso.

—Santiago, el Alfa te llama. Dice que hay problemas en la zona este.

Santiago se puso de pie, serio.

—Isa, quédate aquí. No hables con nadie hasta que vuelva.

Isabela lo miró desafiante.

—No soy una prisionera.

—No, pero tampoco eres invisible —dijo Santiago, bajando la voz—. Cuidado con lo que escuchas y con quién hablas. Aquí las palabras pueden ser cuchillos.

Santiago salió con el guardia y la puerta se cerró. Isabela se quedó sola, observando la mesa vacía y los restos de pan frío. El silencio era tenso, lleno de cosas no dichas. Miró la ventana y vio a varias personas reunidas afuera, hablando en voz baja. Cuando se dieron cuenta de que los miraba, se dispersaron rápido.

No podía quedarse quieta. Decidió salir al patio trasero, donde había visto a unos niños entrenando el día anterior. Caminó despacio, fingiendo desinterés, pero atenta a cada rincón. Al pasar cerca de las caballerizas, escuchó voces bajitas detrás de la puerta.

Se acercó sin hacer ruido. Reconoció el tono de Hugo, uno de los guerreros más antiguos, que siempre la miraba con desprecio.

—Si esa bastarda sigue aquí, pronto habrá sangre —murmuró Hugo.

—Rafael no dejará que toquen el pacto —dijo otro, con voz tensa—. Pero si las cosas se ponen feas, hay quienes prefieren la guerra a vivir bajo sus reglas.

Isabela retrocedió antes de que la vieran. Sintió una mezcla de rabia y miedo, pero también una chispa de orgullo. No iba a dejar que la intimidaran.

Volvió a la casa y buscó a Santiago. No lo encontró. Decidió ir a su cuarto, pero en el pasillo se cruzó con Mariana, una joven de la manada que apenas la saludó con un gesto.

—Deberías tener cuidado —susurró Mariana, mirando hacia atrás—. No todos quieren que sobrevivas aquí.

Isabela la detuvo tomándola del brazo.

—¿Quién te lo dijo? ¿Hay un plan?

Mariana se soltó rápido, nerviosa.

—Solo escucha. No confíes en nadie, ni siquiera en los que parecen aliados. —Se fue antes de que pudiera preguntarle más.

Isabela se quedó en el pasillo, con la cabeza llena de preguntas. Volvió a su cuarto y cerró la puerta con seguro. Se sentó en la cama, repasando en su mente cada palabra y cada mirada.

A la media hora, una piedra golpeó la ventana. Se asomó y vio a Santiago abajo, haciéndole señas para que bajara. Salió por la puerta trasera y lo encontró cerca del corral.

—¿Qué pasó? —preguntó ella, cruzando los brazos.

Santiago miró alrededor antes de hablar.

—Vimos marcas extrañas en la zona este. Alguien dejó señales, como avisos para un ataque o una reunión secreta. No es casualidad que ocurra justo después de tu llegada.

—¿Crees que está relacionado conmigo? —preguntó Isabela, tensa.

—No lo sé. Pero el momento es sospechoso. —Santiago bajó la voz—. Necesitamos saber quién mueve los hilos antes de que sea tarde. Mantente cerca de mí y de Rafael. No actúes sola, Isa.

—No me gusta deber protección a nadie —respondió, pero la angustia en su voz era imposible de ocultar.

Santiago asintió serio.

—Prefiero incomodarte a tener que enterrarte. Aquí nadie es intocable.

Isabela lo miró de frente. Por primera vez, sintió que Santiago no era solo un vigilante, sino un posible aliado. Pero la pregunta se quedó flotando entre ambos, como un veneno en el aire: ¿quién estaba detrás del complot que amenazaba a todos?

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 7:04

Siguiente lectura