Capítulo 2 · ~5 min
Un pacto tenso
Rafael bajó las escaleras hasta el comedor, marcando el ritmo con sus botas sobre la madera. Había ordenado que sirvieran el desayuno a la misma hora de siempre, esperando que Isabela entendiera rápido quién mandaba ahí. Se sentó en la cabecera y apoyó los antebrazos en la mesa. Nadie se atrevía a hablar. Solo se escuchaban los cubiertos y el roce de las tazas.
Isabela entró sin pedir permiso. Su cabello caía suelto sobre los hombros y caminaba como si estuviera sola. Se sentó a su derecha, ignorando las miradas de los otros. Rafael notó cómo la tensión se sentía en el aire. Isabela partió un pan con fuerza y se sirvió café. No bajó la mirada ni una sola vez.
—¿Vas a saludar o solo piensas hacerte la víctima? —soltó Rafael, sin mirarla directamente.
—No veo para qué fingir simpatía. Aquí todos preferirían que no existiera —contestó Isabela, cortante.
Santiago, que estaba dos lugares más allá, fingió leer un papel. Nadie intervino. Rafael apretó la mandíbula. No iba a dejar que lo desafiara delante de todos. Se levantó, la silla raspó el suelo.
—Acompáñame. Ahora —ordenó, sin esperar respuesta.
Isabela dejó el pan y lo siguió, sin apresurarse. Cruzaron el pasillo en silencio hasta llegar al despacho de Rafael. Él cerró la puerta con un golpe seco y se quedó de pie, bloqueando la salida.
—Aquí mando yo. Si me faltas al respeto otra vez delante de mi gente, te vas a arrepentir —dijo él, directo.
Isabela se cruzó de brazos. No retrocedió ni medio paso.
—¿Eso es lo que ofreces? ¿Amenazas y castigos? Qué generoso eres.
Rafael se acercó, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Te traje para sellar la paz. No para humillarte. Pero si buscas guerra, la vas a encontrar conmigo.
—No busco guerra, Rafael. Solo quiero que me dejes vivir sin estar pendiente de cada movimiento que hago.
Él la estudió unos segundos. Había algo en la forma en que lo retaba, en cómo sostenía la mirada. No era miedo. Era orgullo puro.
—Esto es simple: cumples tu papel, respetas las reglas y todo sigue igual. Si fallas, tú y los tuyos pagan las consecuencias —advirtió Rafael, su voz sonó baja pero firme.
Isabela bajó la mirada apenas un instante. Luego levantó el mentón.
—¿Y tú? ¿Vas a cumplir lo tuyo? ¿O solo me trajiste para mostrarme como trofeo?
Rafael notó el peso de las palabras. Había escuchado acusaciones antes, pero con Isabela dolía diferente. Dio un paso más, acortando la distancia.
—No eres un trofeo. Pero tampoco eres libre. Aquí todos jugamos un papel. Si entiendes eso, tal vez consigas más que solo sobrevivir.
Isabela no respondió. Siguió mirándolo, como si buscara una grieta. Rafael sintió la incomodidad y giró hacia la ventana. Se apoyó con las manos en el marco, forzándose a calmar la respiración.
Pasaron unos segundos. Isabela habló desde donde estaba.
—¿Qué esperas de mí? No confías en nadie, ni siquiera en tus propios hombres. ¿Para qué este teatro?
Rafael se giró despacio, apoyando la espalda en la pared.
—Espero que no causes problemas. Solo eso. No tienes que gustarme ni yo a ti. Pero si alguien de tu antigua manada se atreve a acercarse, lo sabré antes que tú.
Isabela soltó una risa corta, casi irónica.
—¿Siempre estás tan paranoico o solo conmigo?
—Aprendí a estar alerta. Es lo que me mantiene vivo —replicó Rafael, frío.
Ella lo observó un rato más. Después se sentó en la silla frente al escritorio, cruzando las piernas.
—Entonces dime las reglas. Las reales, no las que les cuentas a tus hombres.
Rafael ocupó su sitio tras el escritorio. Tomó un papel y escribió algo, solo para que sus manos no temblaran. Luego clavó la mirada en ella.
—No sales del territorio sin mi permiso. No recibes visitas de tu antigua manada. Nada de secretos, nada de mentiras. Si tienes dudas, me las dices de frente. Y lo más importante: cumples con el pacto. Si rompes alguna, tú y tu gente pagan.
Isabela asintió, aunque se notaba la tensión en su mandíbula.
—¿Y si decido no acatar una? ¿Me matas aquí mismo?
—No soy tan predecible. Pero tampoco me provoques —dijo Rafael, seco—. No te conviene averiguarlo.
El ambiente se cargó. Isabela se levantó de golpe y apoyó ambas manos en el escritorio, acercándose a él. Rafael notó cómo sus ojos brillaban, no de miedo, sino de furia contenida.
—No me tienes miedo, ¿verdad? —preguntó él, casi en susurro.
—No. Eso sí deberías tenerlo claro —respondió ella, firme.
Rafael sostuvo la mirada. Por primera vez, notó algo diferente en su pecho, como si el enojo se mezclara con otra cosa. Ella se apartó, dándole la espalda mientras caminaba hacia la puerta.
—No me subestimes, Isabela —le advirtió Rafael, sin alzar la voz.
—Tampoco tú me subestimes, Rafael —replicó ella antes de salir.
La puerta se cerró. Rafael se quedó solo. Se pasó la mano por la nuca y soltó un suspiro. No era fácil intimidar a esa mujer. Había enfrentado a muchos enemigos, pero ninguno lo había descolocado así de rápido.
Miró el escritorio, donde el papel seguía en blanco. Recordó la última vez que alguien lo desafió así y cómo terminó todo en sangre. Esta vez no podía fallar. No solo estaba en juego su orgullo, sino la paz de toda la manada.
Se levantó, caminó hasta la ventana y observó el patio. Afuera, algunos miembros de la manada entrenaban, ajenos a lo que pasaba adentro. Rafael pensó en Isabela y en la manera en que había sostenido la mirada. Había peligro en ella, pero también algo que le atraía sin querer admitirlo.
Por primera vez desde el pacto, Rafael sintió que la hostilidad podía no ser el único problema. ¿Qué sucede cuando la tensión se convierte en algo más? La pregunta quedó flotando en el aire, sin respuesta todavía.