Historia Abierta
Portada de El Pacto de Sangre y Plata
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El Tributo

Capítulo 1 · ~5 min

El Tributo

Isabela caminó con la espalda recta, aunque sentía el temblor en las piernas. El salón estaba lleno, pero solo importaba el hombre al fondo, sentado en el trono improvisado. Rafael, el Alfa, la esperaba con los brazos cruzados y ese gesto frío en la boca que algunos tomaban por sonrisa. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el roce de las botas y el murmullo de las respiraciones contenidas. Nadie quería mirar a Isabela demasiado tiempo.

Cuando estuvo a unos metros de él, un guardia anunció:

—La hija del derrotado. El tributo que exige la paz.

Isabela no bajó la cabeza. Miró de frente a Rafael, buscando su mirada rota por una cicatriz cerca del ojo izquierdo. Él la sostuvo sin pestañear.

—¿Tienes algo que decir antes de cumplir tu parte del trato? —preguntó Rafael, la voz tan dura como sus ojos.

—Solo que no esperes sumisión —respondió Isabela sin dudar—. No soy un trofeo ni un animal domesticado.

Un murmullo corrió entre los presentes. Rafael apenas arqueó una ceja y se levantó despacio. Era más alto de lo que recordaba. La cicatriz en la mejilla parecía más marcada de cerca.

—Perfecto. No me interesan las presas fáciles —dijo él—. Pero tampoco tolero desafíos innecesarios.

Isabela apretó los puños, pero no retrocedió. Rafael bajó del estrado y se puso frente a ella. Nadie más se movía. De pronto, el silencio se sintió denso, como si todos esperaran el primer golpe.

—Aquí está tu nueva casa —Rafael extendió la mano, pero no para tomarla, solo señalando la puerta del fondo—. Empieza a conocer los límites si no quieres perderte… o perder algo más.

Isabela pasó a su lado, notando el peso de su mirada en la espalda. Al salir del salón, el aire supo amargo. Los pasillos eran fríos, llenos de puertas cerradas. Un hombre delgado, con barba de dos días, la esperaba en la esquina.

—Me llamo Santiago. Te llevaré a los aposentos del Alfa —dijo, sin mirarla directo—. No hables con nadie hasta que él lo permita.

Isabela lo siguió sin decir nada. Al doblar una esquina, Santiago bajó la voz:

—No confíes en nadie aquí. Ni siquiera en mí. Haz lo que te piden y observa. Todo lo que hagas será juzgado.

Isabela lo miró de reojo, buscando alguna señal de burla, pero solo encontró cansancio en sus ojos. Llegaron a una puerta doble. Santiago abrió y dejó pasar a Isabela primero.

—Aquí dormirás —dijo—. Si necesitas algo, pide a través de la puerta. No salgas sola, todavía no eres bienvenida.

Isabela esperó a que se fuera. La habitación tenía una cama grande, una ventana con barrotes y un armario. Todo olía a madera y a control. Dejó caer la mochila sobre la cama e inspeccionó el lugar. Ningún lujo, pero sí el mensaje claro de que ahí estaba atrapada.

Afuera, los pasos se alejaron. Isabela abrió la ventana, tocó los barrotes y apretó los dientes. No tenía escapatoria, por ahora. Se sentó en la cama y repasó lo vivido: la mirada de Rafael, el desprecio velado de los otros, la amenaza de Santiago disfrazada de consejo.

Un golpe seco en la puerta la sobresaltó.

—Entra —dijo con fuerza, sin moverse de la cama.

Rafael cruzó el umbral, sin pedir permiso. Cerró la puerta tras de sí, llenando el cuarto con su presencia.

—A partir de ahora, las reglas cambian —dijo él, sin rodeos—. Ya no eres hija de nadie. Eres mi esposa. Eso significa que representas a mi manada. Si rompes el pacto, ambos pagamos.

Isabela se levantó, quedando a menos de un metro de él.

—¿Y si eres tú quien lo rompe? —preguntó, sin apartar la vista.

Rafael sonrió, pero fue una mueca seca.

—No me interesa perder lo que gané. Ni el respeto ni la paz. Pero no estoy aquí para cuidarte. Defiéndete sola si puedes. Solo recuerda: aquí, la debilidad se paga caro.

—Entonces estamos de acuerdo en algo —replicó Isabela—. No pienso ser tu sombra ni tu adorno. Si quieres una aliada, tendrás que ganártela.

El silencio volvió a tensarse entre ambos. Rafael la midió un instante, buscando algo en su rostro. Luego se giró hacia la puerta.

—La cena es en una hora. Vendré por ti. No tardes —dijo, y salió sin esperar respuesta.

Isabela se dejó caer en la cama. El corazón le latía con fuerza, pero no de miedo. Recordó la advertencia de Santiago y las palabras de Rafael. Sabía que cada paso sería vigilado, cada error, un arma contra ella.

Miró por la ventana, donde la luz se colaba apenas entre los barrotes. ¿Cuánto tiempo podría soportar esa prisión disfrazada de alianza? ¿Y qué tanto estaría dispuesto Rafael a arriesgar para mantener el poder?

La puerta seguía cerrada. Afuera, la manada murmuraba, y nadie apostaba por ella. El pacto estaba sellado. Ya no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar la próxima batalla, aunque fuera con palabras y miradas.

Isabela no sabía si podría sobrevivir a esa alianza forzada sin destruirse mutuamente. Pero la pregunta seguía en el aire, tan afilada como la cicatriz de Rafael.

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