Capítulo 14 · ~5 min
Distancia peligrosa
Laura llegó a la oficina antes de lo habitual, con la cabeza revuelta por la discusión con Marcos. El rumor seguía flotando por los pasillos, como una mancha que no desaparecía. Se sentó frente a su computadora y abrió el informe del proyecto, pero las palabras no le entraban. Sus dedos tamborileaban el escritorio, impacientes, como si quisieran escapar de ahí.
Vio pasar a Marcos por el pasillo, con la camisa remangada y el ceño fruncido. Ni la miró. Ella apretó los labios y forzó la vista a la pantalla. El ambiente se sentía tenso, casi irrespirable. Cada quien trabajaba por su lado, como si fueran completos desconocidos.
El reloj avanzó lento. Laura intentó concentrarse en los datos, pero cada tanto su mente regresaba a la noche anterior, a la mirada dolida de Marcos y a sus propias palabras, dichas casi a gritos. El orgullo dolía, pero más dolía la idea de que él hubiera dudado de ella.
A media mañana, el jefe de proyecto, Ramírez, se acercó a su área con un montón de carpetas. Laura se enderezó en la silla y fingió normalidad.
—Laura, ¿tienes listo el avance del reporte financiero? Gerencia lo quiere hoy— dijo Ramírez sin rodeos.
—Sí, pero me falta revisar unas cifras. En una hora te lo entrego— respondió ella, con voz firme.
Ramírez asintió y se fue, dejando un silencio incómodo detrás. Laura miró de reojo a Marcos, que seguía clavado en su computadora, ignorándola por completo.
El día se volvió una sucesión de correos, mensajes cortos y silencios largos. Laura mandó una nota a Marcos sobre una tabla que necesitaba revisar. Él respondió con monosílabos, sin ningún gesto amable ni broma como antes.
Al mediodía, Laura fue a la sala de juntas a buscar unos documentos. Encontró ahí a Marcos, revisando papeles con el ceño apretado. Dudó un segundo antes de entrar, pero necesitaba esos archivos.
—¿Te molesta si busco una carpeta?— preguntó, evitando mirarlo directamente.
—Haz lo que quieras— contestó él, sin levantar la cabeza.
Laura buscó rápido en el archivero. Sus manos temblaban levemente. El silencio era tan denso que podía escucharse el roce de las hojas.
—¿Vas a seguir enojado toda la semana?— soltó de pronto, sin poder contenerse.
Marcos dejó los papeles sobre la mesa y la miró por fin.
—No estoy enojado. Estoy decepcionado, Laura. Pensé que después de todo lo que dijimos, podrías confiar en mí para aclarar las cosas, no gritarme en medio de la oficina.
Ella lo encaró, con el expediente en la mano.
—¿Y tú? Dudaste de mí a la primera. Ni siquiera preguntaste si el rumor era cierto. Solo asumiste lo peor.
—¿Y qué querías que hiciera?— respondió él, alzando la voz—. Todo el mundo hablaba de eso, y tú ni siquiera me diste una explicación.
—Porque estaba harta de justificarme. Harta de que siempre tenga que demostrar que no soy una traidora— dijo Laura, bajando el tono pero con las manos apretadas—. Llevo años luchando contra eso. No solo aquí, en todos lados. Y que tú también lo creyeras…
Marcos se pasó la mano por el cabello y suspiró, bajando la mirada unos segundos.
—No lo creí. Solo… me dolió que no confiaras en mí para hablarlo sin pelear.
Laura sintió que las fuerzas se le acababan. Guardó silencio un instante y salió de la sala sin mirar atrás. Caminó por el pasillo, sintiendo las miradas de sus compañeros. Se encerró en el baño y se apoyó contra la puerta. Respiró hondo varias veces, tratando de calmarse. El resentimiento se mezclaba con una tristeza antigua, esa que no se iba nunca.
Al volver a su escritorio, Sofía le dejó un mensaje en el chat: “¿Todo bien? Te ves mal.” Laura tecleó una respuesta rápida: “Todo bajo control, gracias.” No tenía fuerzas para hablar.
Pasó la tarde revisando cifras y corrigiendo errores mínimos solo para no pensar en Marcos. Pero todo le recordaba a él: las fórmulas del Excel, los colores en las gráficas, hasta el café frío que tenía al lado. Extrañaba sus bromas y su manera de explicarle los datos más difíciles.
A las seis, Ramírez los llamó a ambos a su oficina. Laura sabía que era por el retraso en la entrega del informe. Llegaron juntos, pero ni se miraron. Ramírez los observó serio, cruzando los brazos.
—No quiero saber de problemas personales —dijo, tajante—. El proyecto depende de ustedes dos. Si no mejoran la comunicación, perderemos la oportunidad de presentarlo este mes.
Laura asintió, sintiendo un nudo en el estómago. Marcos solo miró al piso.
—¿Pueden comprometerse a trabajar como equipo o tengo que buscar a alguien más?— preguntó Ramírez, con tono de advertencia.
Laura respiró hondo.
—Puedo hacerlo— dijo, aunque no sonó tan segura como quería.
Marcos levantó la cabeza y tardó un segundo en responder.
—Yo también. Lo haremos— aseguró, pero su voz no tenía la firmeza de antes.
Ramírez les dio una última mirada de advertencia y los dejó salir. Laura salió primero, sin esperar a Marcos. Cuando llegó a su escritorio, se sentó sin fuerzas y se tapó la cara con las manos.
Sabía que la distancia entre los dos se estaba volviendo peligrosa, no solo para el proyecto, sino para todo lo que habían logrado construir. El resentimiento seguía creciendo y ninguno parecía dispuesto a ceder. ¿Podrían sanar a tiempo o ya era demasiado tarde?