Historia Abierta
Portada de Entre Rivales y Deseos
  • 20 capítulos
  • 7.345 lecturas
  • Completada

+18

21

~5 min de lectura

Capítulo 16 · ~5 min

Reflexiones solitarias

Marcos llegó temprano al departamento. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó un momento apoyado contra ella, mirando el espacio vacío. El silencio era incómodo, distinto al que había sentido otras veces. Esta vez, el peso le caía encima.

Dejó las llaves en la mesa y fue directo al sofá. Soltó la mochila y se dejó caer. Sentía el cuerpo cansado, pero no era solo por el trabajo. Pasó las manos por la cara y pensó en Laura. En la pelea. En cómo la había mirado antes de que él se fuera. Esa mirada…

Encendió el televisor sin mirar el canal. El ruido de fondo no ayudó. Se levantó y fue a la cocina, abrió la nevera, pero no tenía hambre. Cerró de golpe. Volvió a sentarse. No podía quedarse quieto, pero tampoco moverse. Tomó el celular, dudó un instante y empezó a escribir un mensaje para Laura. Lo borró antes de terminar la primera frase.

—¿Qué estás haciendo, Marc? —murmuró, solo para sí.

Sabía que había arruinado las cosas. No solo con Laura, también con el proyecto. Recordó la advertencia de Ramírez: si no mejoraban, los iban a reemplazar. ¿Por qué le costaba tanto confiar? Había prometido que hablarían todo, sin suposiciones. Y fue el primero en romper esa promesa.

Se levantó de nuevo y caminó por el departamento. Miró el escritorio, lleno de papeles y notas del proyecto. El informe seguía incompleto. Laura tendría que terminarlo sola. Sintió una punzada de culpa. Ella no merecía cargar con todo el peso.

Apretó los puños. ¿Por qué había dudado de ella? Siempre había sido competitiva, sí, pero nunca desleal. Él lo sabía, pero el miedo se le metía hasta los huesos en los peores momentos. Ese miedo a ser traicionado, a quedarse solo. Se rió sin ganas.

—Qué idiota…

Se sentó frente a la computadora y abrió el correo. Tenía mensajes sin leer, algunos del jefe, otros de compañeros. No quería contestar nada. Cerró la laptop. Apoyó la cabeza en las manos, mirando la pantalla negra.

Pensó en su familia. En su mamá, que siempre le decía que confiara en la gente, aunque no todos lo merecieran. Pensó en su papá, en las veces que no volvió. ¿Era eso lo que le pasaba? ¿Estaba repitiendo la historia, alejando a la gente que le importaba solo por miedo?

Se levantó y fue al baño. Se miró en el espejo. La barba crecía desordenada. Los ojos, rojos. Se mojó la cara con agua fría. Siguió mirándose, como si buscara una respuesta en el reflejo.

Volvió al sofá, pero esta vez no se dejó caer. Se sentó derecho, respiró hondo y sacó el celular otra vez. Dudó, pero no escribió. Esta vez, pensó en lo que realmente quería decirle a Laura. No una excusa, sino algo verdadero.

Recordó el principio de todo. Ese primer día, cuando la conoció. No le cayó bien, pero la respetó de inmediato. Porque era lista, rápida. Porque no se dejaba pisotear. Y ahora, después de todo, la estaba perdiendo por no saber confiar.

Miró una foto en el estante. Era de la fiesta de fin de año de la empresa. Laura y él, riendo por una tontería. Había olvidado lo fácil que podía ser todo cuando no complicaban las cosas.

Apagó el televisor. El silencio volvió, pero ahora lo sentía necesario. Se levantó y fue hasta el escritorio. Abrió la libreta donde anotaba ideas para el proyecto. Revisó los apuntes. Había un esquema que hicieron juntos. Se quedó mirando los dibujos y las flechas, recordando cómo discutían cada punto, cómo se reían después de cada desacuerdo.

Pensó en llamar a Sofía, pedirle consejo. Pero lo descartó. Si quería arreglar esto, tenía que hacerlo solo. No podía seguir huyendo. Tenía que hablar con Laura, pero no sabía si ella lo escucharía. Tampoco estaba seguro de qué decirle. Pero sí sabía una cosa: no podía seguir igual.

Caminó hasta la ventana. Miró la ciudad. Luces, autos, gente que iba y venía. Marcos sintió que era uno más en esa multitud, perdido por sus propios errores. Pero también pensó que, igual que esas personas, podía elegir un camino diferente. Bastaba con dar el primer paso.

Se sentó otra vez en el escritorio y abrió la laptop. Escribió una idea para el informe, algo que Laura había sugerido y que él había descartado antes. Ahora le hacía sentido. Corrigió el esquema, añadió sus comentarios. Mientras trabajaba, sintió que algo cambiaba. No era fácil, pero era un inicio.

El celular vibró. Un mensaje: era solo una notificación de la app del banco. Nada de Laura. Guardó silencio, pero esta vez no se desesperó. Terminó de anotar sus ideas y cerró la libreta. Sabía que tenía que buscarla, pedir disculpas de verdad y, sobre todo, escucharla. Si quería recuperar lo que más le importaba, tenía que arriesgarse.

Miró la hora. Era tarde, pero no importaba. Guardó la libreta en la mochila, se puso la chaqueta y salió del departamento. No sabía si Laura querría hablar con él esa noche, pero ya no podía esperar sentado. Bajó las escaleras con paso firme.

Mientras caminaba por la calle, repasó mentalmente lo que iba a decirle. No tenía un discurso, solo el deseo de enmendar sus errores. El miedo seguía ahí, pero algo era distinto. Esta vez no iba a huir.

¿Lograría enmendar sus errores?

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:51

Siguiente lectura