Capítulo 1 · ~5 min
El vestido de Paloma
—Si su hermana no aparece en veinte minutos, el lunes nos embargan la casa —dijo Olga.
Tenía tres alfileres en la boca y el metro amarillo colgado del cuello. Lorena tenía el celular en una mano y una nota en la otra. La había encontrado doblada sobre el tocador de la sala de la novia, al lado del ramo. Eran cuatro palabras con la letra redonda de Paloma: «Perdóname, Lore. No puedo».
—La llamé once veces —dijo Lorena—. Tiene el teléfono apagado desde anoche. Ni a mi papá le contesta.
—Ustedes tienen la misma talla y la misma cara. Ni su papá las distingue de espaldas. Usted es la única que se puede poner ese vestido.
Olga señaló el vestido colgado detrás de la puerta. Era de encaje marfil, con manga larga y un velo que llegaba al piso, cosido por ella misma en la mesa del comedor.
—Yo soy la única persona en esa iglesia que no quería esta boda.
—Lo que usted quiera no paga la hipoteca. Y lo que quiera su hermana, tampoco.
Olga clavó los alfileres en el cojín, uno por uno. Hacía tres años, su papá había hipotecado la casa de Belén para salvar el taller, y el prestamista era el tío del novio. Entonces alguien tocó la puerta dos veces.
—Paloma, soy yo. Mi abuela pregunta si vas a salir.
—Qué pena con usted, pero eso lo decido yo.
—¿Usted? —dijo él desde el pasillo—. ¿Desde cuándo me tratas de usted? Llevamos seis meses tuteándonos.
Lorena cerró los ojos. Era Maximiliano Ferrer, el novio. Paloma lo tuteaba, y ella nunca le había dirigido la palabra.
Olga le hizo señas desde el tocador con las dos manos abiertas: más suave, más dulce, más Paloma. Lorena respiró por la nariz y apoyó la palma en la madera.
—Son los nervios, Max —dijo, con el tono más dulce que pudo—. ¿Qué quieres?
—Punto uno: mi abuela está sentada en la primera fila. Punto dos: si a las cinco no sales, se levanta, y con ella se cae la fusión. Son seiscientos cuarenta empleos.
—¿Y punto tres? ¿Que la novia está enamorada del novio?
Esta vez el silencio fue más largo. Del otro lado se oyó el clic de un reloj al que alguien le daba cuerda.
—Eso no estaba en lo que hablamos —dijo Max—. Tienes diez minutos. Si no sales, entro yo.
Los pasos se alejaron por el pasillo de la sacristía. Lorena se quedó con la frente contra la puerta. Su hermana iba a casarse con un hombre que contaba los empleos antes que los besos.
—¿Ya ve? —dijo Olga—. Ni se dio cuenta.
—Se dio cuenta de algo, mamá. Yo ni sé cómo lo saluda ella. Ni sé si le da la mano o un beso.
Lorena miró la nota otra vez. Luego abrió su bolso, sacó el estuche del bolígrafo rojo con el que calificaba exámenes y la guardó adentro, doblada en cuatro. Afuera empezó a sonar el órgano.
—Cierre la puerta con llave —dijo—. Y tráigame los zapatos.
Olga le subió el cierre en menos de un minuto. El vestido le quedó perfecto, como le habría quedado a Paloma. Faltaban los aretes: su hermana tenía tres en la oreja izquierda y ella solo uno. Olga le acomodó el velo hasta taparle las orejas.
—No hable mucho y sonría cuando no sepa qué decir —dijo su mamá—. Y firme con la derecha.
Lorena se miró la mano izquierda. Las dos se parecían en todo menos en eso: Paloma era diestra y ella, zurda.
***
Abelardo la llevó al altar sin decir una palabra. Tenía la mano fría y le temblaba un poco el brazo. En las bancas había gente de Calzado Ferrer, primos de Bogotá y vecinos de Belén con ropa de domingo. Nadie sospechaba nada.
En la primera fila, una señora de pelo blanco, collar de perlas y bastón con mango de plata la miró de arriba abajo. Debía de ser la abuela de los Ferrer. Lorena sostuvo el ramo con fuerza y siguió caminando.
Max la esperaba al pie del altar, alto, con esmoquin negro y un reloj viejo en la muñeca izquierda. Cuando le levantó el velo, la miró dos segundos más de lo normal. Durante la misa, Lorena dijo «yo, Paloma» sin que le temblara la voz, y la iglesia entera la oyó mentir.
Al final pasaron a la mesa del libro parroquial. Lorena recibió el bolígrafo y se acordó a tiempo de la mano. Firmó «Paloma Quiceno» con la derecha, despacio, con letras torcidas de niña de primaria.
—Te ves distinta —le dijo Max al oído.
—Me maquillaron distinto.
—No es el maquillaje. Es que me estás mirando.
—¿Y antes no te miraba?
—Antes mirabas el celular. Hoy no lo has sacado ni una vez.
Él firmó rápido y limpio, y se volvió para saludar al padre. Entonces se acercó el padrino. Era un hombre de pelo gris, saco gris de ceremonia y un anillo de oro con una R en el dedo meñique. Firmó con calma y le devolvió el bolígrafo a Lorena.
—Rodolfo Ferrer, el tío del novio, para servirle —dijo, y se inclinó hacia ella—. Bien hecho, Lorena.
Lorena se quedó con el bolígrafo en el aire.
La había llamado por su nombre.