Capítulo 2 · ~5 min
Cuartos separados
El celular de Rodolfo apareció debajo de la nariz de Lorena antes de que ella soltara el bolígrafo. En la pantalla había un mensaje de Paloma, de las 5:40 de esa mañana: «No me caso. No me busque».
Rodolfo guardó el teléfono y sonrió para el fotógrafo. Max estaba a medio metro, saludando al padre, y la abuela los miraba desde la banca. Lorena sonrió también. Cuando el flash se apagó, Rodolfo le dijo al oído que hablarían en la fiesta y que le guardara el vals.
***
El Club Los Balsos tenía cuatrocientos invitados, una orquesta de doce músicos y un pastel de cinco pisos. Lorena no probó nada. Cada vez que podía, se escondía en el baño y llamaba a Paloma. A las ocho le escribió: «Dime dónde estás y voy por ti». El mensaje quedó con un solo chulo gris.
En el espejo del baño se vio con el velo puesto y el labial de su hermana. Se tapó el lunar con el dedo. Paloma lo tenía al otro lado, y nadie se había fijado todavía. Una tía de Max entró a retocarse y le dijo que era la novia más bonita del año.
Max bailó con ella la primera canción y contó los pasos en voz muy baja, uno, dos, tres. No le preguntó nada. A mitad de la segunda, Rodolfo le tocó el hombro a su sobrino y le pidió permiso con cara de tío feliz.
—Vamos a hablar como gente seria —dijo Rodolfo cuando Max se alejó—. Su hermana y yo teníamos un trato.
—¿Qué trato?
—Ella me contaba lo que pasaba con la fusión, y yo le borraba la hipoteca a su papá. Trescientos veinte millones, con la casa de Belén de garantía.
—¿Paloma espiaba a su propio novio?
Rodolfo la hizo girar con suavidad, y el velo le rozó la cara a una prima de Max. Desde la mesa ocho, Abelardo levantó la copa hacia ellos con una sonrisa tímida.
—Paloma ayudaba a su familia. Ahora le toca a usted —dijo Rodolfo—. Después de la asamblea del viernes 28, le firmo a su papá el paz y salvo, el papel que dice que ya no debe nada.
—¿Y si le digo que no? ¿Para qué quiere usted saber lo de su propio sobrino?
—Para cuidarlo de sus errores. Él es joven y cree que todo se arregla con números. Si usted dice que no, el lunes mi abogado pide el embargo, y el martes todo Medellín sabe que la novia era otra.
Lorena perdió el paso y le pisó el zapato. Él ni siquiera hizo un gesto de dolor. Ella hizo la cuenta que hacía con todo: veintisiete días contra una casa entera. Con veintisiete días podía encontrar a Paloma.
—Está bien —dijo—. Hasta el 28.
La canción terminó. Rodolfo le dio un beso en la mejilla, aplaudió a la orquesta y volvió a su mesa. Lorena se quedó en medio de la pista con las manos frías y la cara de novia feliz. Un mesero le ofreció champaña y ella se tomó la copa entera.
Quería salir corriendo hasta la terminal y buscar a Paloma en cada bus. Pero no sabía en cuál. Y su papá seguía en la mesa ocho, con la corbata floja, mirándola sin parpadear.
Volvió a la mesa principal. Una mujer joven, con gafas redondas de marco rojo y vestido verde esmeralda, le estaba mostrando una tableta a Max.
—Jefe, la señora Cecilia se va a las nueve —dijo—. Quiere despedirse de los novios con foto.
—Gracias, Estefanía. Dígale que ya vamos.
—Y dice que usted no ha sonreído en toda la noche. Que parece en una junta.
—Estoy en una junta.
—Con la novia al lado, jefe. —Estefanía miró a Lorena y bajó la voz—. Doña Paloma, sonríale usted. A ver si se le pega.
Lorena sonrió. Max se volvió hacia ella y le estudió la cara despacio. Luego miró las manos de ella sobre el mantel. Lorena las escondió debajo de la mesa.
***
A las once y media llegaron al edificio Mirador de Los Balsos. El ascensor subió hasta el piso 14 sin que ninguno de los dos hablara. Max se había quitado la corbata y la llevaba enrollada en la mano. Ella cargaba la cola del vestido con los dos brazos y el bolso con el bolígrafo rojo colgado del codo.
Frente a la puerta había un teclado de números. Lorena se quedó quieta. No tenía idea del código, porque Paloma había traído sus cajas el miércoles y ella no había venido nunca.
—¿Se te olvidó? —preguntó Max.
—Fue un día largo.
—Es la fecha de la fusión. Te lo dije tres veces.
Él marcó los números sin taparlos y Lorena los memorizó por costumbre. Adentro todo era blanco, con un balcón de vidrio y la ciudad encendida abajo. En el pasillo había cajas con el nombre de Paloma. Lorena caminó hacia la habitación de la cama doble.
—¿Me ayudas con esto? —dijo sin voltear, con la mano en el cierre del vestido—. Mi mamá lo subió con tanta fuerza que no llego.
—Esa es mi habitación.
—Ya sé.
Max no se movió del pasillo. Tenía las manos en los bolsillos y miraba las cajas, no a ella. Señaló con la cabeza la otra puerta, donde se veía una cama sencilla, una lámpara y más cajas.
—Cuartos separados, como quedamos —dijo Max—. ¿O ya se te olvidó?