Capítulo 3 · ~5 min
Almuerzo en Llanogrande
—No, no se me olvidó —dijo ella en el carro—. Lo de anoche fue pena, nada más.
Max mantuvo los ojos en la autopista, llena de ciclistas a las doce y cuarto del domingo. Anoche ella había cerrado la puerta del cuarto de huéspedes con un «buenas noches» seco. En la mañana, él encontró el vestido de novia en el clóset del pasillo, con el cierre roto. Hoy ella llevaba un vestido amarillo de Paloma.
—Fuiste tú la que pidió esperar —dijo él—. Hasta conocernos mejor.
—Ya sé. Y tú dijiste que sí muy rápido.
Tenía en la mano un bolígrafo rojo y lo hacía sonar cada tanto. Llevaba el pelo suelto, como Paloma, pero se lo acomodaba detrás de la oreja todo el tiempo.
—Dije que sí porque era lógico. —Max adelantó a un camión de flores—. Mi abuela quiere ver el acta. Con el acta en la mano, la condición queda cumplida.
—¿Y después?
—Después vota el 28, pasa la fusión y cada uno sigue con su vida en su cuarto.
Ella dejó de hacer sonar el bolígrafo. Max la miró un segundo en el semáforo de la entrada a Rionegro. Paloma nunca se callaba en el carro. Hablaba de colores, de fotos, de la campaña de las sandalias. Esta mujer contaba los carros que pasaban, porque movía los labios.
—Treinta y dos rojos desde el peaje —dijo ella cuando lo vio mirándola—. Es un juego de mi papá. Él dice que los rojos traen pedidos.
***
La finca Los Guayacanes tenía un corredor largo con helechos colgados y una mesa para doce debajo de un mango. La abuela los esperaba en la cabecera, con blusa de seda color crema, falda gris y el bastón apoyado en la silla.
A su derecha estaba Rodolfo, con camisa blanca y las gafas de leer en la punta de la nariz. Saludó a su sobrino con un abrazo y a la novia con un beso en la mejilla, el mismo de la fiesta. Le dio dos vueltas al anillo antes de sentarse.
Sirvieron frijoles con chicharrón, arroz y aguacate. Su esposa comía con la derecha, despacio, y se le cayó dos veces el arroz del tenedor. Max esperó a que la empleada saliera. Luego sacó del maletín un sobre de manila y lo puso al lado del plato de su abuela, como quien entrega un informe de cierre.
—Aquí está, abuela. La copia del acta, firmada ayer a las cinco y veinte.
—Yo vi la firma, Maximiliano. Estaba en la primera fila.
—Entonces la condición está cumplida.
Cecilia no tocó el sobre. Se quitó la servilleta de las piernas, la dobló en cuatro y la puso encima del papel. Rodolfo se quitó las gafas y sonrió hacia el mango.
—Un papel no es un matrimonio —dijo ella—. Yo voto el 28 si veo uno de verdad.
—¿Y cómo se ve uno de verdad?
—Aquí, cada domingo, en esta mesa. Usted habla de su esposa como de una cláusula.
A Max se le calentó la cara. Su abuela tenía razón, y lo había dicho delante de su tío. Miró a la mujer que tenía al lado. Ella no había levantado la vista del plato.
***
Después del almuerzo, Cecilia pidió que la acompañaran por el jardín. Max se quedó contestando una llamada de Bogotá. Lorena le ofreció el brazo a la señora, que lo rechazó y se apoyó en el bastón.
El camino de piedra bajaba hasta un estanque con patos. Cecilia caminaba despacio y no dejaba que nadie le cargara nada, ni siquiera el chal. A mitad de la bajada, Cecilia se detuvo frente a un guayacán amarillo sin hojas.
—Lo sembró la mamá de Maximiliano —dijo—. En 2005 se fue a Madrid y le dejó una nota. Tres palabras: «No me busques».
—No sabía, doña Cecilia. Lo siento mucho.
—Él tenía doce años. Desde entonces todo lo pone por escrito, hasta lo que siente.
Lorena metió la mano en el bolso y tocó el estuche del bolígrafo. Adentro, doblada en cuatro, estaba la nota de Paloma. Por primera vez entendió lo que le haría a ese hombre otra nota sobre una mesa.
—Yo no me voy a ir —dijo, y se sorprendió de que sonara a promesa.
—Eso dicen todas el día después. —Cecilia siguió bajando—. Y su hermana, la gemela, tampoco fue a la boda.
—Le dio fiebre. Mi mamá la dejó en la casa con una sopa.
—Qué raro. En las fotos del compromiso tampoco estaba.
Lorena no contestó. Se agachó a recoger una pluma de pato para tener algo en las manos. La señora la miró hacerlo con la cabeza un poco ladeada.
Volvieron al corredor a las cuatro. Max seguía al teléfono, de pie junto al carro, hablando en puntos con alguien de Bogotá.
Al pasar junto a Lorena con la taza de café, Rodolfo se inclinó y le habló al oído. Necesitaba la valoración final de la fusión, la que Max guardaba en el portátil. No había prisa, dijo, pero tampoco mucho tiempo.
A las cuatro y media, Max subió el maletín al carro. Cecilia los despidió en la escalera del corredor. Primero besó a su nieto en la frente. Después tomó la mano de Lorena entre las suyas, flacas y frías, y la apretó con fuerza.
Le dijo al oído que el viernes 28 iba a votar según cómo la mirara su nieto. Que tenía ochenta y cuatro años, pero de cerca veía muy bien.