Historia Abierta
Portada de La Gemela Equivocada
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Capítulo 4 · ~5 min

Seis páginas

La rectora del colegio Los Alpes leyó la carta dos veces antes de levantar los ojos. Eran las siete del lunes y en el patio sonaba el timbre de la primera hora. Lorena había salido del piso 14 a las seis, con el pelo suelto y la excusa de visitar a su mamá.

—Treinta días sin sueldo, profe. ¿Está segura?

—Es un asunto de familia. Vuelvo antes de los exámenes finales.

—Su grupo de noveno la va a extrañar. Y yo no tengo quién dé álgebra.

—Lo sé. Por eso vine en persona y no mandé un correo.

—¿Tiene que ver con la boda de su hermana? Salió en el periódico del domingo, con foto y todo.

—Algo así. Les dejé las guías hasta la unidad siete. Me da mucha pena, de verdad.

La rectora firmó y le devolvió la copia. Lorena la guardó en el bolso, al lado del estuche del bolígrafo. No podía irse de esa casa ni de ese nombre. Cecilia la había mirado con demasiada atención, y una nota más sobre una mesa le costaría la fusión a Max.

En el pasillo pasó frente a la cartelera de docentes. Allí estaba su foto del año anterior, con cola de caballo y el bolígrafo rojo detrás de la oreja. Debajo decía: «Lorena Quiceno · Matemáticas · 9B». Se soltó el pelo con un tirón y salió por la puerta de atrás.

Paloma tenía vacaciones en Calzado Ferrer hasta después de la asamblea. Nadie la esperaba en la oficina de mercadeo. Así que Lorena pasó el día en Belén, con su mamá, aprendiendo a caminar como su hermana.

***

La panadería de la calle 10 olía a pan de queso y a café recalentado. Rodolfo la esperaba en la última mesa, de espaldas a la vitrina, con las gafas de leer puestas y un celular boca abajo. Eran las ocho de la noche. Max creía que ella seguía donde su mamá.

—Siéntese, doña Paloma —dijo él, y se rió de su propio chiste—. La llamé para que entienda en qué está metida su familia.

Le dio la vuelta al celular y se lo pasó por encima del azucarero. En la pantalla había una tabla con nombres de proveedores. Algunos estaban tachados en rojo. Suelas Quiceno estaba en la fila nueve, con una línea encima.

—Salcedo trae sus propios proveedores de Bogotá —siguió Rodolfo—. Mi sobrino ya aceptó cortar a los pequeños en enero. Ocho empleos menos en el taller de su papá.

—Max no me ha dicho nada de eso. ¿Y por qué me lo muestra usted?

—Porque a mí sí me importan los proveedores viejos. Su papá me vende suelas desde 2010, y yo no olvido a los que me sirven.

—¿Y qué quiere a cambio?

—Max no le cuenta nada a nadie —dijo Rodolfo—. Necesito la carta de intención, las seis páginas, y la agenda de esta semana. Están en el estudio, en una carpeta azul.

—¿Y si las consigo?

—Entonces Suelas Quiceno sigue en la lista. Y la casa de Belén queda libre el 28, como le prometí.

Lorena miró la tabla un buen rato. No preguntó quién la había hecho ni de qué fecha era. Vio el nombre del taller tachado. Vio también las manos de su papá, con la punta del índice cortada por la troqueladora. Con eso tuvo.

Rodolfo dobló las gafas y se las guardó en el bolsillo. Pagó los dos cafés con un billete grande y no esperó el cambio. Al salir, golpeó el anillo de la R contra la puerta de vidrio, tac, tac, como quien llama a alguien que ya está adentro.

***

El martes, Max llegó a las nueve con una bolsa de arepas de chócolo y quesito. La encontró en la cocina, lavando la única olla del apartamento. Se quitó el saco y se arremangó la camisa blanca, la misma con la que había salido en la mañana.

—En esta casa no había nada de comer —dijo, y dejó la bolsa en el mesón—. Y esto es lo único que sé calentar.

—¿Nada más?

—Nada más. Soy gerente, no cocinero.

Ella se rió sin querer. Comieron de pie, en la cocina, con las arepas en servilletas. Max habló de la planta de Itagüí y de una máquina de coser suelas que se trababa los lunes. Lorena le preguntó cuántos pares sacaba por turno, y él la miró raro antes de contestar.

—Mil doscientos. ¿Desde cuándo te interesan los turnos?

—Desde que me casé con ellos. Si vamos a hablar de suelas todas las noches, prefiero entenderlas.

—Mi mamá decía lo mismo de mi papá. Que él se había casado con la planta.

Max lo dijo mirando la arepa, no a ella. Fue la primera vez que lo oyó nombrar a su mamá.

A las diez, Max entró a bañarse. Lorena oyó correr el agua y contó hasta veinte. Luego cruzó el pasillo hasta el estudio, que nunca tenía llave, y encendió la lámpara del escritorio.

La carpeta azul estaba encima del portátil cerrado. Adentro había seis páginas con el logo de Calzado Salcedo y la palabra «Confidencial» en cada una. Al lado, la agenda de cuero de Max abierta en la semana. Lorena sacó el celular y tomó las fotos con la mano izquierda, una por página. No le tembló el pulso.

A las 10:13 seguía sentada en la silla de Max, con la ducha sonando al fondo. Abrió el chat de Rodolfo, adjuntó las ocho fotos y dejó el pulgar sobre «enviar».

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