Capítulo 5 · ~5 min
Recorrido por la planta
Las fotos habían salido a las 10:14 del martes, con dos chulos azules un minuto después. El miércoles en la mañana, Lorena las borró del celular, una por una, y vació también la papelera. Rodolfo no contestó nada.
El jueves a las nueve, Max la llevó a Itagüí. La planta de Calzado Ferrer ocupaba una manzana entera, con máquinas de coser, prensas y una radio con vallenatos. A Lorena le dieron un chaleco amarillo, gafas de seguridad y un casco blanco que le quedaba grande.
—Me alegra que quieras ver la planta —dijo él—. En seis meses nunca me la pediste.
—Ya es hora de saber dónde vivo.
—Vives en el piso 14.
—Vivo de lo que pasa aquí. Que es distinto.
Max soltó el aire por la nariz, algo parecido a una risa, y se acomodó el reloj de su papá. En la línea de corte saludaba a cada operario por el nombre. A cada uno le preguntaba algo concreto: una hija, una rodilla operada, un equipo de fútbol. Un muchacho de overol gris se quitó los audífonos para contestarle.
—La niña pasó a la universidad, don Max. Pública, como usted dijo.
—Se lo dije en abril, en la fila del casino. ¿Qué va a estudiar al fin?
—Ingeniería de alimentos. Y le manda saludos a la señora.
Lorena sonrió y dijo gracias. El muchacho la miró con curiosidad, porque la señora de don Max nunca había venido a la planta. Siguieron hacia la oficina de turnos y ella apuntó en la cabeza el número de la máquina que se trababa los lunes.
***
La oficina de turnos tenía una ventana de vidrio sobre la línea de montaje y un tablero blanco lleno de números. Olía a café frío y a pegante de suela.
Max abrió el portátil sobre el escritorio y marcó la clave sin taparla. Ocho números. Lorena los vio por encima del hombro de él y los guardó sin querer, como guardaba todo.
—Primero —dijo Max, y giró la pantalla hacia ella—. Esto es lo que firmamos con Salcedo si pasa la fusión. Nadie sale de esta planta.
—¿Nadie?
—Seiscientos cuarenta empleados en marzo, seiscientos cuarenta en diciembre. Lo puse como condición en la página cuatro.
Lorena recordó la página cuatro. La había fotografiado con la mano izquierda, junto a la ducha que sonaba. No se había detenido a leerla.
—¿Y los proveedores? —preguntó—. ¿Los pequeños?
—Los pequeños también. Siguen todos. Salcedo quería traer los suyos de Bogotá y le dije que no.
Max bajó por una tabla de colores hasta la mitad de la pantalla.
—Mira, Suelas Quiceno, fila nueve —dijo—. Tu papá nos vende suelas desde 2010.
La fila nueve estaba en verde. No había ninguna línea encima. Lorena se quedó mirando el nombre del taller y sintió el estómago vacío. Rodolfo le había mostrado una tabla falsa en una panadería, y ella le había creído sin preguntar de dónde salía.
—¿Pasa algo?
—Nada. Que no sabía que habías peleado por ellos. Nadie me lo contó.
Las fotos ya estaban en el celular de Rodolfo. No había forma de borrarlas de ahí.
Max cerró el portátil y se quedó un momento con la mano encima, como si cuidara algo vivo. Lorena miró por la ventana de vidrio. Abajo, seiscientas personas cortaban cuero sin saber que una profesora de álgebra había puesto sus empleos en una panadería.
Se prometió que Rodolfo no iba a recibir ni una foto más. Lo pensó con los mismos números con que pensaba todo: veintidós días hasta la asamblea, una casa y ninguna mentira nueva.
***
A las doce entró la jefa del turno de la mañana. Era una mujer bajita, con casco azul y un radio en la cintura. Traía las cifras de la semana. Max se las pidió y ella empezó a escribir en el tablero con un marcador negro.
—Mil doscientos pares por turno, jefe. Ayer sacamos mil ciento cuatro. Eso da un noventa y seis por ciento.
—Qué pena con usted —dijo Lorena antes de pensarlo—, pero eso da noventa y dos.
La jefa de turno se volteó con el marcador en el aire. Max levantó la vista del portátil. Lorena se acercó al tablero y le pidió el marcador con la mano abierta.
—Mire. Si mil doscientos es el cien, cada doce pares es un uno. Le faltaron noventa y seis, que son ocho veces doce.
—Entonces es noventa y dos —dijo la jefa, despacio, y soltó una carcajada—. Llevo tres semanas reportando mal. El gerente de Bogotá me va a regañar.
—Se le cruzó un número, nada más. A mí me pasa con los exámenes.
—¿Con los exámenes? —preguntó Max—. ¿Cuáles exámenes?
—Con los de la universidad. Hace años, en un curso de estadística.
Max se rió. Fue una risa corta y sorprendida, la primera que ella le oía desde el altar. Se le arrugaron los ojos y pareció de su edad, treinta y tres años y no cincuenta. Lorena descubrió que quería oírla otra vez.
La jefa de turno corrigió el número y salió a buscar café para los tres. Por el vidrio se veía la línea de montaje, que no se detenía nunca. Lorena se quedó frente al tablero, todavía con la tapa del marcador entre los dientes.
Cuando se volvió, Max ya no se reía. Miraba el marcador. Lorena lo tenía en la mano izquierda, y en la iglesia había firmado con la derecha.