Historia Abierta
Portada de La Gemela Equivocada
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Capítulo 6 · ~5 min

Brindis con Salcedo

Lorena se pasó el marcador a la mano derecha y le puso la tapa. Max no preguntó nada. Cerró el portátil, le dio las gracias a la jefa de turno por el café y salió de la oficina delante de ella. En el carro, de vuelta a El Poblado, habló solo de la cena del sábado.

Hugo Salcedo venía de Bogotá a conocer a la esposa del socio. Max lo dijo así, socio, aunque la fusión no estaba firmada. Quería una cena sencilla en el apartamento, con comida de un restaurante y sin meseros.

Esa noche Lorena leyó la carpeta azul del estudio hasta la una, con el marcador rojo en la mano izquierda y la puerta cerrada.

***

El sábado a las siete, Lorena se puso un vestido negro de Paloma, de manga corta. En la oreja izquierda se puso los tres aretes de su hermana. Le dolió el tercero, porque ella solo tenía un hueco. Se lo puso de presión, con un poco de pegante de pestañas.

Salcedo llegó puntual. Era un hombre alto y pesado, de barba blanca. Traía traje gris de tres piezas, corbata vino tinto y un pañuelo blanco doblado en el bolsillo. Le besó la mano a Lorena y le entregó una caja de chocolates.

—Señora Ferrer, por fin —dijo—. Maximiliano habla de usted como de un balance trimestral.

—Entonces habla bien, si los números dan.

—Dan, señora. —Salcedo se rió y miró el balcón—. Desde aquí uno entiende por qué nadie se quiere ir de Medellín.

—Tome asiento, don Hugo —dijo Max—. La comida llega en diez minutos.

—No hay prisa. Yo vine a mirarlos a los dos, no a comer.

—Pues mírenos bien —dijo Lorena—. Somos los mismos de las fotos.

—Las fotos mienten, señora. Por eso viajo.

Comieron lomo en salsa de café y puré de papa criolla. Salcedo hablaba despacio y con todos usaba el usted. Contó que tenía cuatro hijas y que ninguna quería zapatos, todas querían computadores. Lorena se rió en los momentos justos y no se le cayó nada del tenedor derecho.

Al servir el vino, Salcedo se limpió los labios con la servilleta y la dejó doblada al lado del plato. Max se enderezó en la silla. Lorena ya conocía ese gesto en los hombres: así empezaban las preguntas de verdad.

***

—Señora, usted está en mercadeo —dijo Salcedo—. ¿Cuánto cayeron este año las ventas de sandalias?

—Once por ciento en el primer semestre —contestó Lorena—. En el segundo vamos en cuatro, por la campaña de colegios. Si se sostiene, cerramos el año en siete y medio.

Max dejó la copa en la mesa. Salcedo la miró por encima de los lentes, con las cejas blancas muy altas.

—Siete y medio. ¿Y por qué no en ocho?

—Porque diciembre siempre vende un cuarenta por ciento más que noviembre. Eso compensa medio punto.

—Maximiliano, su esposa sabe más que mi gerente de ventas.

—Mi esposa es una caja de sorpresas —dijo Max, y no sonrió.

A Lorena se le subió el calor por el cuello. Paloma llevaba casi dos años en mercadeo y nunca había sabido un porcentaje, y Max lo sabía mejor que nadie. Las cifras eran de la carpeta azul del estudio. Salcedo levantó la copa y los dos lo imitaron.

—Por la fusión —dijo Salcedo—. Y una advertencia, que yo no sé brindar sin advertencias. El lunes 24 me entrega el informe mi auditoría. Si encuentra algo raro en estas cuentas, me levanto de la mesa.

—No va a encontrar nada —dijo Max.

Lorena bebió un sorbo de vino para no tener que hablar. Salcedo la observó beber, y después miró a Max, y otra vez a ella, como quien compara dos firmas.

Se fue a las diez y media, con la caja de chocolates sin abrir en el mesón. Max lo acompañó al ascensor. Cuando volvió, recogió los platos sin hablar y los dejó en el lavaplatos uno por uno, con mucho cuidado. No rompió ninguno.

***

A las 11:15 sonó el citófono. El portero dijo que abajo estaba la señora Olga Henao con una maleta. Lorena se la había pedido el jueves por teléfono: su ropa, sus libros de álgebra y sus tenis viejos. Ya no aguantaba los vestidos de Paloma.

Bajó en pantuflas. Max se quedó en la sala, con el saco puesto y las manos en los bolsillos. Olga la esperaba en el lobby al lado de una maleta de rueditas, con el metro amarillo todavía colgado del cuello.

—Ahí le traje todo, hasta el bolígrafo de repuesto —dijo Olga—. Su papá está abajo en la camioneta.

—Mamá, son las once. Le dije que mañana.

—Mañana no podía venir. —Olga miró hacia el ascensor y bajó la cara hacia ella—. Me llamó la madrina Fanny, a las ocho.

—¿Fanny? ¿Qué le dijo?

—Que no le contara a nadie. Que le prometió a la niña.

—¿Y por qué me lo cuenta a mí?

—Porque usted es la que está pagando la cuenta, Lorena —dijo Olga, casi en un susurro.

Olga se quitó el metro del cuello y lo enrolló en la mano, como hacía siempre que iba a decir algo difícil. El portero miraba la telenovela en su pantalla pequeña. Afuera, Abelardo esperaba con las luces de la camioneta encendidas.

Le contó que Paloma estaba en Jardín, en la casa de la madrina, desde el sábado de la boda. Que estaba bien, que comía poco y lloraba mucho. Y que había hecho prometer a todos que nadie iría a buscarla.

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