Capítulo 7 · ~5 min
Pantalla encendida
Lorena no fue a Jardín. Esa noche subió la maleta, la abrió en el cuarto de huéspedes y le escribió a Paloma un solo mensaje: «Ya sé dónde estás. No voy a ir». El chulo se quedó gris hasta la mañana.
Le había prometido a su mamá no buscarla, y lo cumplió. El domingo se puso sus propios jeans, una blusa azul de Paloma encima y los tenis viejos. Max la vio salir del cuarto, miró los tenis y bajó a sacar el carro.
En Llanogrande hubo sancocho y nadie habló de la fusión hasta el postre. Cecilia contó una historia de su marido en los años setenta y se rió sola. Lorena comió con la derecha, despacio, y dejó media yuca en el plato para no mancharse. Rodolfo le sirvió ají sin que lo pidiera.
Después de almorzar, Cecilia pidió café en el jardín, y Rodolfo aprovechó para llevarse a Lorena a ver los cerdos.
***
Los corrales quedaban detrás de la casa, entre el guayacán y la huerta. Olía a pasto mojado. Rodolfo se quitó los lentes de leer, los limpió con la camisa y sonrió antes de hablar.
—Las fotos del martes estaban muy bien —dijo—. Pero me falta la valoración final.
—Ya le mandé lo que pidió. Usted dijo que con eso bastaba.
—Dije que era un buen comienzo. La valoración está en el portátil de Max, en una carpeta que se llama Salcedo.
—No tengo la clave.
—Pruebe con la del apartamento. Mi sobrino es muy sentimental con esa fecha.
—¿Y si no funciona?
—Funciona. —Rodolfo le dio vuelta al anillo de la R en el meñique—. Esta noche, Lorena. Si el lunes no tengo esa tabla, el lunes llamo al banco.
Volvieron a la mesa por el camino de piedra. Cecilia los miró llegar con la taza en la mano y no preguntó nada. Max estaba a su lado, con los brazos cruzados.
En el carro de vuelta, Max puso un partido en la radio y no lo oyó. Lorena contó carros rojos hasta el peaje y perdió la cuenta dos veces.
En el apartamento, cada uno se fue a su cuarto sin cenar. Lorena se sentó en la cama con el celular en las piernas. Tenía dos chats abiertos. En uno, Paloma seguía sin contestar. En el otro, Rodolfo había escrito a las siete: «Esta noche».
***
A las once de la noche, la casa estaba en silencio. Max se había encerrado en su cuarto a las diez y media. Lorena esperó a que se apagara la rayita de luz debajo de la puerta y salió descalza al estudio.
El portátil estaba sobre el escritorio, cerrado. Lo abrió. Escribió los ocho números que le había visto teclear a Max en la planta, el jueves. Eran los de la puerta, la fecha de la fusión. La pantalla se encendió con una foto de la planta de Itagüí.
Encontró la carpeta Salcedo en el escritorio del computador. Adentro había una tabla de Excel con cuatro pestañas. La abrió y, sin querer, empezó a leerla como leía los exámenes de sus alumnos: primero las fórmulas, después los resultados.
La valoración final daba ochenta y dos mil millones. Pero en la pestaña tres había un error. La fórmula de la deuda sumaba dos veces el crédito de la maquinaria. Sin ese error, Calzado Ferrer valía cuatro mil millones más.
Se acordó de su papá firmando la hipoteca en la mesa del comedor, con la mano mala. Tomó el celular para hacer la foto. En ese momento se encendió la luz del pasillo.
Max estaba en la puerta del estudio, con una camiseta gris y el reloj de su papá en la muñeca izquierda. No gritó. Se acercó al escritorio despacio y miró la pantalla por encima de su hombro.
—¿Qué buscas en la carpeta de Salcedo? —preguntó.
—Nada. No podía dormir.
—Yo tampoco. Por eso oí la silla.
—Iba a revisar lo de las sandalias. Lo que le dije a Salcedo.
—Lo de las sandalias está en la carpeta azul, y esa la tienes tú en tu cuarto. —Max miró el reloj—. Son las once y cinco, y tienes mi clave.
—No mandé nada. Mira. —Lorena le mostró la pantalla del celular, con la cámara abierta y la galería vacía—. No alcancé.
—Y hay un error en la pestaña tres —siguió ella—. La deuda de la maquinaria está sumada dos veces.
Max se inclinó sobre el teclado. Bajó hasta la celda que ella señalaba con el dedo índice de la mano izquierda. Leyó la fórmula dos veces, moviendo los labios. Después sacó una calculadora del cajón e hizo la cuenta a mano.
Después corrigió la celda, guardó el archivo y entró a la configuración. Cambió la clave delante de ella, tapando el teclado con la otra mano. Eran las 11:18 cuando cerró el portátil. Lorena seguía de pie junto a la silla, con el celular apagado contra el pecho. No se le ocurrió ninguna mentira que sirviera.
—¿Quién te pidió esto? —preguntó Max.
—No te lo puedo decir —dijo Lorena—. Lo siento.
—Entonces dime otra cosa. ¿Cuándo aprendiste a leer fórmulas?
—En la universidad. Ya te dije que hice un curso de estadística.
—Paloma estudió Comunicación. —Max se tocó el reloj—. En seis meses me pidió tres veces que le abriera un archivo porque no le salía el cuadrito.
—La gente aprende.
—Paloma no sabe leer una tabla de Excel. Tú sí.