Capítulo 8 · ~5 min
Lunar al revés
Esa noche, Max no durmió. A las seis se bañó con agua fría, se puso una camisa blanca y se abrochó el reloj. A las siete en punto, desde el carro, llamó a Estefanía.
Ella contestó al primer timbre, con ruido de bus detrás. Max le pidió dos cosas. La primera era la hoja de vida completa de Paloma Quiceno, la que estaba en el archivo de gestión humana. La segunda era cancelar la cita en la notaría del lunes, la del registro del matrimonio.
A las ocho ya estaba en su oficina del piso 9 de la planta. Estefanía llegó a las ocho y diez, con las gafas rojas redondas y la tableta contra el pecho. Traía un café para él y otro para ella.
***
—Lo de la notaría está cancelado, jefe —dijo—. Pero me preguntaron qué hacían con el acta de la parroquia.
—Que la guarden en la caja fuerte. Que no la registren hasta que yo vaya en persona, con la cédula.
—¿Pasó algo con doña Paloma?
—No pasó nada. Y esto queda entre usted y yo.
—Entendido. —Estefanía tecleó algo en la tableta—. La hoja de vida se la mando antes del almuerzo.
—Y otra cosa. Averigüe con quién vive la familia de ella, qué hace cada uno.
—¿Eso también es de gestión humana?
—No. Eso es suyo y mío, y no lo hablamos por correo.
Estefanía lo miró por encima de las gafas, pero no preguntó nada más. Salió y cerró la puerta despacio. Max se quedó frente a la pantalla apagada del computador. Ahí se reflejaba su propia cara sin afeitar.
Trabajó toda la mañana sin entender lo que leía. A las once firmó una orden de compra de cuero sin revisar el precio y tuvo que llamar a pedir que la devolvieran. A Rodolfo lo vio dos veces en el pasillo. Las dos veces su tío le sonrió y le preguntó por la luna de miel.
La hoja de vida llegó a la una y media. Max la leyó dos veces mientras se enfriaba el almuerzo. Comunicación Social, universidad privada, promedio de tres con ocho. Cursos de fotografía, de redes sociales y de inglés. Ninguno de estadística.
***
El martes a las cuatro, Estefanía entró sin tocar. Puso la tableta sobre el escritorio, abierta en una foto. Era una cartelera de colegio, con fotos tamaño carné de profesores y una cinta de colores alrededor.
—Doña Paloma tiene una hermana gemela —dijo—. Lorena Quiceno Henao. Es profesora de matemáticas en el Colegio Los Alpes, en Belén.
—Ya sé que tiene una gemela. No vino a la boda.
—No vino a la boda, no. —Estefanía amplió la foto con dos dedos—. Y está de licencia sin sueldo desde el lunes de la semana pasada. Treinta días.
—¿Desde el lunes después de la boda?
—Sí, jefe. Me lo confirmó la secretaria del colegio por teléfono. Le dije que llamaba de una empresa de seguros.
Max miró la foto. La mujer de la cartelera tenía el pelo recogido en una cola y una camisa de cuadros. Se parecía a su esposa como se parece una persona a sí misma en un documento.
—Gracias, Estefanía. Puede irse temprano hoy.
—Todavía son las cuatro.
—Por eso.
Esa noche llegó al apartamento a las ocho. Lorena estaba en la sala, sentada en el sofá con las piernas recogidas, corrigiendo algo en una libreta. Cuando él entró, cerró la libreta y la guardó debajo de un cojín.
Max dejó el maletín en la silla del comedor. Ella llevaba sus jeans y una camiseta blanca sin marca, y el pelo suelto. Tenía una mancha roja de marcador en el dedo meñique. Calentó dos platos de arroz con pollo que había dejado la señora del aseo y le llevó uno. Se sentó en la otra punta del sofá.
***
—¿Cómo está tu hermana? —preguntó.
—Bien. —Lorena se demoró en tragar—. Ocupada con el colegio.
—¿Con el colegio? Pensé que estaba de vacaciones.
—Las profesoras nunca están de vacaciones. Siempre hay algo que calificar.
—Me gustaría conocerla. No la vi en la boda ni en el compromiso, y ya es mi cuñada.
—Le dio fiebre. Ya se lo dijimos a tu abuela.
—¿Y cuándo la vas a ver?
—El jueves. Voy donde mi mamá a almorzar, y de pronto ella pasa por allá.
Max asintió y siguió comiendo. Ella mentía bien, pero no mentía con los ojos: miraba siempre un punto en la pared, a la izquierda de él. Paloma, en seis meses, nunca había mirado la pared. Miraba el celular.
***
El miércoles en la noche, Max trabajó hasta tarde en el estudio con la clave nueva. A las once salió a buscar agua y la encontró dormida en el sofá. Tenía la libreta abierta sobre el pecho y el marcador rojo todavía en la mano izquierda.
En la mesa de centro estaba el álbum del compromiso, el que le había regalado su abuela. Max lo abrió en la primera página. Paloma sonreía al lado suyo, con la cara de frente a la cámara, en el restaurante del lanzamiento.
Miró la foto. Después miró a la mujer del sofá, de lado, con la boca un poco abierta. Volvió a la foto.
En el álbum, Paloma tenía el lunar a la izquierda del labio. La mujer dormida en su sofá lo tenía a la derecha.
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