Capítulo 9 · ~5 min
Bus a Jardín
A las siete de la mañana del jueves, Max parqueó frente al Colegio Los Alpes, en Belén. Le dijo al portero que venía a dejar una donación de zapatos para la tienda escolar. Mientras el hombre llamaba a la coordinadora, él se acercó a la cartelera del corredor.
La foto estaba en la tercera fila. «Lorena Quiceno · Matemáticas · 9B». Pelo recogido, camisa de cuadros, el bolígrafo rojo detrás de la oreja. Y el lunar a la derecha del labio, igual que el de la mujer que dormía en su sofá.
Max le tomó una foto a la cartelera con el celular. Dejó dos cajas de tenis en la portería, firmó una planilla con su nombre completo y se fue antes de que bajara la coordinadora. Después llamó a la planta y dijo que llegaba tarde.
***
A esa hora, Lorena iba en un bus de la Terminal del Sur, en el puesto de la ventana. La noche anterior, a las once, Paloma por fin había contestado. Eran cuatro palabras: «Ven sola. Jueves. Fanny».
El viaje duró tres horas. El bus olía a gasolina y a naranja. Lorena se aprendió de memoria el letrero de cada pueblo para no pensar en lo que iba a decir.
Rodolfo no había llamado al banco. El lunes ella le escribió que Max había cambiado la clave delante de ella. Él contestó con una sola línea: «Entonces me debe una. Ya le diré cuál».
Lorena llevaba sus jeans, una chaqueta de jean y el pelo suelto, y no se puso ningún arete. En la mochila llevaba agua, un paquete de galletas y el bolígrafo rojo. Le había dicho a Max que almorzaba donde su mamá.
La casa de la madrina Fanny quedaba a dos cuadras del parque, con balcones verdes y un patio lleno de helechos. Fanny abrió la puerta, le dio un beso y se fue a la cocina sin preguntar. Olía a arepa asada y a cera de piso.
Paloma estaba en el patio, sentada en una mecedora, con una ruana gris y los tres aretes en la oreja izquierda.
—Viniste —dijo Paloma—. Pensé que no ibas a venir.
—Tú me dijiste que viniera.
—Ya sé. Pero tú nunca haces lo que yo digo.
—Hace doce días hice exactamente lo que tú dejaste dicho en una nota. —Lorena se sentó en el muro del patio—. Cuéntame todo, Paloma. Desde el principio.
—Desde junio. Rodolfo me llamó a su oficina y me ofreció borrar la hipoteca.
—¿A cambio de qué?
—De casarme con Max y pasarle a Rodolfo todo lo de la fusión, hasta la asamblea. Después, divorcio y cada uno a su casa.
—¿Y tú dijiste que sí?
Paloma no contestó enseguida. Se acomodó la ruana sobre los hombros y miró los helechos. Fanny pasó con una bandeja de tinto, la dejó en el muro y volvió a entrar.
Lorena tomó una taza para tener algo en las manos. Estaba caliente y tenía mucha azúcar, como lo hacía Fanny desde que eran niñas. No se lo tomó.
***
—Dije que sí —dijo Paloma—. Por mi papá, por la casa. Y porque pensé que Max no me iba a importar.
—¿Y te importó?
—Un poco. Él es bueno, Lore. Se aprende los nombres de todos los operarios, hasta el de los hijos.
—Ya lo vi. ¿Y entonces por qué te fuiste?
—Porque la víspera no pude. Me miré en el espejo de la casa con el vestido puesto y no pude.
—¿Eso es todo? ¿Un espejo?
—Eso es todo lo que te puedo decir hoy. No me preguntes más, Lore.
—Pues yo sí te voy a decir algo a ti. —Lorena dejó la taza en el muro—. Yo me quedé con el vestido, con la abuela de los domingos y con Salcedo. Tú te quedaste con los helechos.
Paloma lloró sin hacer ruido, con la ruana en la cara. Lorena no la abrazó. Toda la vida la había abrazado primero, después de cada pelea. Esta vez se quedó en el muro. Cuando Fanny salió a recoger las tazas, las dos hermanas tenían la cara mojada y no se miraban.
A las cuatro y media se despidió de Fanny, le dio las gracias por el tinto y caminó al parque a coger el último bus.
***
En el bus de vuelta no durmió ni se comió las galletas. Llegó a la Terminal del Sur a las nueve y cuarto.
Tomó un taxi a El Poblado y subió al piso 14 en el ascensor de servicio. En el camino había ensayado tres mentiras sobre el almuerzo en Belén. Tecleó los ocho números de la puerta con la mano izquierda, porque tenía la mochila en la derecha.
La sala tenía todas las luces encendidas. Max estaba sentado en el sofá, todavía con la camisa del trabajo y el reloj sobre la rodilla. Sobre la mesa de centro había una hoja impresa: la foto de la cartelera del colegio.
Lorena se quedó en la entrada, con la mochila colgada. No se quitó los tenis. Miró la hoja y reconoció la camisa de cuadros, la que tenía manchada de tiza en el puño. Después lo miró a él. Max no parecía enojado. Parecía muy cansado.
—¿Cómo estaba tu mamá? —preguntó Max.
—Bien. Le mandó saludos.
—¿Qué almorzaron?
—Frijoles. Lo de siempre los jueves.
—Qué raro. La llamé a las dos de la tarde para saludarla, y me dijo que no te veía desde el sábado.
—Max, yo puedo explicar…
—Buenas noches, profesora Quiceno.
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