Capítulo 10 · ~5 min
Punto por punto
Lorena no lo negó. Dejó la mochila en el piso, se quitó los tenis con los pies y se sentó en la silla del comedor, frente a él. Eran las 10:10. Tenía la boca seca y los pies helados por el piso de mármol. Puso el bolígrafo rojo sobre la mesa, sin clic.
—Me llamo Lorena —dijo—. Soy la hermana de Paloma. Soy profesora de noveno.
—Eso ya lo sé. Quiero lo demás.
—Paloma se fue a las cinco y cuarenta de la mañana de la boda. Me dejó una nota en el tocador de la sala de la novia, al lado del ramo.
—¿Qué decía la nota?
—«Perdóname, Lore. No puedo». Todavía la tengo en el estuche del bolígrafo.
—¿Y tu papá y tu mamá sabían?
—Desde esa tarde. Mi mamá fue la que me pidió que me pusiera el vestido. Tu tío lo sabía desde las cinco y cuarenta, pero yo me enteré en el libro, cuando me llamó Lorena.
—¿Rodolfo? —Max se echó para atrás en el sofá—. ¿Rodolfo sabe que tú no eres Paloma?
Ella asintió. Le contó la hipoteca de la casa de Belén y los trescientos veinte millones. Le contó el embargo del lunes y el paz y salvo después de la asamblea. Le contó el trato de junio, el que Paloma había aceptado y que ahora era de ella.
Le habló de la panadería de la calle 10 y de la carpeta azul. No le habló del martes. Las fotos de la carta de intención se le quedaron en la garganta, detrás de los dientes, y no salieron. Max la escuchaba con los codos en las rodillas y no la interrumpió una sola vez.
Afuera empezó a llover. Desde el piso 14 se oía el agua contra el vidrio del balcón y, muy abajo, el pito de un taxi. Lorena habló casi veinte minutos y en ningún momento miró la pared. Lo miró a él.
***
Cuando ella terminó, él se levantó y fue a la cocina. Lorena lo oyó abrir la nevera y cerrarla sin sacar nada, y después abrir la llave del agua. Volvió con dos vasos de agua y le dio uno. Se sentó otra vez, pero ahora en la silla de enfrente, a la misma altura.
—Mi tío me espía —dijo Max—. Con mi esposa, en mi casa.
—Con la esposa que él escogió. Él les presentó, en el lanzamiento.
—Sí, fue idea suya invitarla. —Max le dio vuelta al vaso entre las manos—. Mi mamá se fue cuando yo tenía doce años. ¿Mi abuela te contó?
—Me mostró el guayacán. Me dijo lo de la nota.
—«No me busques». Tres palabras en un papel de cuaderno, encima de la nevera. Yo la busqué igual, dos años, por correo.
—¿Te contestó?
—Una vez. Una postal de Madrid, sin remitente. Desde ese día no me gustan las notas.
Lorena miró el estuche del bolígrafo, encima de la mesa. Adentro estaba doblada la nota de Paloma, con la letra inclinada de su hermana. No lo abrió. Max y ella tenían algo en común que nadie más en esa familia tenía. Los dos se habían quedado con la nota de otra persona en la mano.
Max no dijo nada durante casi un minuto. Después se quitó el reloj de la muñeca, lo puso sobre la mesa entre los dos y le dio cuerda despacio. Era lo que hacía antes de una junta. Ella ya lo sabía.
***
—Te propongo un trato —dijo él—. Por puntos, como en las juntas.
—Ya tengo un trato. Me salió carísimo.
—Este es distinto. Punto uno: sigues siendo Paloma hasta el 28. Para mi abuela, para Salcedo, para todo el mundo.
—¿Y punto dos?
—Me cuentas todo lo que te pida Rodolfo, apenas te lo pida, y le mandamos lo que yo te diga. Punto tres: mi abogado defiende la casa de tus papás si mi tío llama al banco.
—¿Por qué harías eso por mi familia? —preguntó Lorena.
Max se puso el reloj otra vez. Se demoró en cerrar la hebilla, porque le temblaba un poco la mano. Eran casi las doce. La lluvia había parado y el balcón goteaba sobre las matas de la vecina.
—Porque tú corregiste la pestaña tres sin que nadie te lo pidiera. —Se encogió de hombros—. Y porque yo tampoco quiero que mi tío se quede con todo.
Lorena le dio la mano por encima de la mesa. Él se la apretó con la derecha, y ella se la apretó con la izquierda. Los dos se rieron un segundo por lo torcido del saludo. Era la primera vez que se tocaban desde el vals, y ninguno de los dos soltó primero.
Al final fue el reloj. Max lo miró, dijo que era tardísimo y recogió los vasos. Ella guardó el bolígrafo en el estuche, con la nota de Paloma adentro.
Pasada la medianoche, se fue cada uno a su cuarto. Lorena se quedó en el pasillo, descalza, con la mano en la manija. Debajo de la puerta de Max se veía todavía una raya de luz.
Abrió la boca para llamarlo y contarle lo del martes, las ocho fotos y el pulgar sobre «enviar». En ese momento, la raya de luz se apagó.
Cerró la boca y entró a su cuarto. Lo del martes iba a esperar hasta el 28.