Capítulo 20 · ~5 min
Caso cerrado
—Firme aquí, investigador. Y aquí. Y en la esquina de esta otra hoja —dijo el fiscal, y empujó el papel sobre la mesa de vidrio.
Camilo Vargas firmó tres veces. Era la declaración completa, la de las tres horas anteriores. Había contado el caso Pardo desde el principio, con fecha, calle y nombre, y la grabadora del capó sonaba todavía en el computador del fiscal.
—Falta la firma de 2021 —dijo el fiscal—. El informe del accidente de moto.
Camilo sacó de la chaqueta una carpeta azul. Dentro estaba el original, con su letra y su sello. Lo puso sobre la mesa y no lo soltó enseguida.
—Ese informe es falso —dijo—. Wilmer Pardo murió de un tiro. Yo lo escribí como moto porque el coronel me lo ordenó.
—Y usted obedeció.
—Sí. Obedecí.
El fiscal tomó la carpeta y la cerró. No dijo nada más. Camilo se quitó la gorra, la miró y la dejó sobre sus rodillas. No se la puso otra vez.
—Queda suspendido desde hoy —dijo el fiscal—. Habrá una investigación disciplinaria y otra penal. Con la grabación, su abogado tendrá algo que defender. No le prometo más.
—No pedí que me prometiera nada.
—Lo sé. Por eso le creí.
Camilo se levantó. Tenía las manos vacías y le pareció raro, porque la placa seguía en el cajón del fiscal desde el viernes. Salió al pasillo y bajó por la escalera, sin esperar el ascensor.
Abajo, en la sala de espera, Diana Niño estaba sentada con un periódico doblado en el regazo. Se mordía el labio. Cuando lo vio, se puso de pie.
—¿Cómo salió? —preguntó ella.
—Suspendido. Sin placa. Con una declaración de cuarenta páginas.
—Eso suena a cuarenta y una menos de lo que merece.
—No empiece, Diana.
—Es que me falta práctica, Camilo. Llevo tres días sin pelear con usted.
Él casi sonrió. Ella le extendió el periódico. En la primera página de El Capitalino estaba la foto de la última página de la libreta, con la firma de Pineda, la letra V y la cifra de cinco millones. Arriba, el titular decía en letras grandes: «Cupo de sangre».
—Salió hoy a las seis de la mañana —dijo Diana—. Con nombres, fechas y el audio completo. Rosario no esperó más: ya tenía la última página y la grabación de Los Almendros.
—¿Y mi nombre?
—No está. Nunca va a estar.
—Pero yo dije que...
—Usted declaró ante el fiscal. Eso lo cuenta el fiscal. Yo cuento lo que tengo en papel, y ya tengo bastante.
Camilo dobló el periódico en cuatro y lo guardó bajo el brazo. Afuera, en la acera, un taxi esperaba con el motor prendido. Diana lo señaló con la barbilla.
—Jairo sale hoy del hospital. Rosario pagó el taxi.
—No tenía que...
—Ya lo pagó. Suba.
En el hospital, el cuarto de Jairo olía a alcohol y a café viejo. Jairo estaba sentado en la cama, con la pierna vendada desde el muslo hasta la rodilla y el chaleco verde doblado en una silla. Se mordía la uña del pulgar. Al ver a su hermano, la dejó quieta.
—Camilo. Perdón. Perdón por la dirección de la señora Diana. Perdón por todo.
—Ya me lo dijo ayer.
—Es que ayer no se lo dije bien.
Diana se quedó junto a la puerta con los brazos cruzados. Camilo se acercó a la cama. Sacó de la chaqueta una hoja con el sello del fiscal y la puso sobre las sábanas.
—Léala.
Jairo la tomó con las dos manos. Movió los labios mientras leía. En el encabezado decía «Lista de testigos» y debajo había una línea tachada con tinta azul, la de su nombre.
—¿Ya no estoy?
—No está. El fiscal la tachó esta mañana. Usted declaró contra Gerardo y contra Pineda, y eso vale más que un nombre en una lista.
—¿Y usted?
—Yo no salgo de ninguna lista, Jairo. Pero ahora la escribo yo.
Jairo se frotó los ojos con el dorso de la mano. Camilo le sostuvo el hombro, un momento, sin decir nada. Luego tomó la hoja, la rompió por la mitad y después otra vez, hasta dejar cuatro pedazos.
—¿Qué hace? —preguntó Diana.
—La lista ya no sirve. Nadie la va a necesitar.
Se guardó los pedazos en el bolsillo. Ayudó a su hermano a bajar de la cama, le pasó la muleta y cargó el chaleco verde, el del apellido bordado. Jairo caminó despacio hasta la puerta.
Diana les abrió y miró su celular nuevo, el que Rosario le había comprado.
—Pineda amaneció en la cárcel La Picota —dijo—. Gerardo también, en otro patio. Lo detuvieron el viernes, después de lo de Los Almendros, con la confesión grabada.
Camilo asintió. En el pasillo había una cartelera con avisos. Él la miró sin leerla, con la gorra en la mano.
—¿Y ahora qué va a hacer, Camilo? —preguntó Diana—. Sin placa.
—Esperar la audiencia. Dormir en casa de mi hermano. Y escribirle a un señor que lleva cuatro años mandándome una carta cada 2 de octubre.
—¿Al padre de Wilmer?
—Sí. Le voy a contestar.
Diana se mordió el labio y no dijo nada. Sacó del bolsillo un papel doblado y se lo puso en la mano.
—Es la dirección —dijo—. Me la dio Rosario. El señor vive en Kennedy y quiere conocerlo.
Camilo leyó la dirección dos veces. Se puso la gorra, por primera vez en tres días, y esta vez no se la quitó.
—Entonces vamos para allá —dijo.