Historia Abierta
Portada de Muerte en Los Almendros
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Capítulo 19 · ~5 min

Cinco en punto

—No voy a ir a ningún parqueadero, Gerardo. Usted me dejó con un golpe y sin celular.

—Ya lo sé, mija. Por eso le pido perdón otra vez —dijo la voz, gastada, desde el teléfono de Rosario—. Estoy en Los Almendros. Vine solo. Quiero hablar delante de él.

Diana tenía la libreta bajo el brazo y el zumbido en el oído izquierdo. Miró a Rosario, que movía los labios sin sonido: dos fuentes. Diana apretó el teléfono con la mano buena.

—¿Delante de quién?

—Del coronel. Me mandó a decir que va para allá. Con gente.

La llamada se cortó. Rosario se quitó el lápiz de la oreja y lo volvió a poner, tres veces seguidas.

—Es una trampa —dijo—. Te quiere en la rampa con Pineda.

—Es lo único que me falta. Pineda con la cara descubierta.

—Diana, la nota sale con la foto de la página. No necesitas ir.

—Sin que él sepa que existe, no sale nada. Y yo tengo que oírlo decir una cosa. Una.

Rosario la miró un rato largo. Luego abrió un cajón y le pasó un celular viejo, con la pantalla rayada.

—Ya está grabando. Llámame cada diez minutos o mando a la Policía de verdad.

Diana se guardó el celular en el bolsillo de la chaqueta. Bajó por la escalera con la libreta pegada al pecho y paró un taxi en la avenida. Durante el camino contó las ventanas de los edificios para no pensar en el reloj. Faltaban pocos minutos para las cinco.

Los Almendros tenía la barrera arriba. En la caseta no había nadie. Una camioneta gris estaba cruzada en la entrada, con dos hombres de chaqueta oscura recostados en el capó, y no la miraron. Diana subió caminando por la rampa, despacio, con el aire frío del sótano en la cara.

En el segundo piso, junto al pilar, estaba Gerardo sentado en el bordillo. Tenía el vaso de plástico entre las manos, sin aguardiente. Alzó la cabeza.

—Vino —dijo.

—Me invitó usted.

—Sí. —Se pasó la mano callosa por la cara—. Mija, mire esa mancha. Ahí se quedó Hernando. Yo la lavé con jabón y cloro y no sale.

Diana miró el piso. Era una mancha oscura al pie del pilar, del tamaño de un plato. Se le secó la boca.

Abajo sonaron pasos y el motor de otro carro. Gerardo se levantó con trabajo, apoyado en el pilar. Le temblaban las rodillas.

—No me defienda —dijo—. Si me defiende, él gana.

—No pensaba defenderlo.

—Bien.

Pineda subió por la rampa con su uniforme limpio y tres escoltas detrás. Caminaba sin prisa. Antes de mirar a nadie, miró el reloj de servicio, y solo después los miró a ellos.

—Ocampo —dijo con voz baja—. Niño. Qué bueno encontrarlos juntos.

—Mi coronel —dijo Diana—. Qué bueno verlo sin carpeta.

—La libreta, señorita Niño. Es una prueba de la Policía y usted la tiene en su poder.

—Es de un muerto. Y ahora es mía.

Pineda hizo un gesto leve con la mano. Uno de los escoltas dio un paso al frente. Gerardo se interpuso, con el vaso vacío aún en la mano.

—Quieto, mijo —dijo, y la voz le salió rota—. Coronel, yo ya no aguanto. Yo lo empujé. Usted me dijo que la libreta no podía llegar al viernes. A las cuatro de la tarde. Yo se lo dije a ella.

—Ocampo —repitió Pineda, sin cambiar el tono—. Usted está borracho. Otra vez.

—Ni una gota hoy. Pregúntele a Diana. Y le pido perdón a ella, porque la encerré y le pegué. Y a Hernando, que no me oye.

Se sentó otra vez en el bordillo, como si las piernas se le hubieran apagado. El escolta miró a Pineda esperando una orden. Pineda no se la dio. Miró el reloj otra vez.

—Faltan unos minutos para las cinco, señorita Niño. En unos minutos el fiscal firma un papel. Su nota no existe sin esa libreta, y esa libreta no tiene mi firma en ninguna parte.

—Eso dice la copia.

—La copia es mía.

—La copia, coronel, no trae la última página.

Pineda se quedó callado. Uno de los escoltas bajó la vista al piso. Diana sintió que el celular de Rosario le pesaba en el bolsillo, tibio, grabando.

—Un contador viejo, un borracho y una periodista despedida —dijo Pineda, despacio—. Eso tiene usted. Y un cuidador con una pierna herida, que no va a declarar contra su hermano.

—Contra el suyo, usted quiere decir.

—Niño, cuidado.

—Gerardo ya confesó. Camilo ya puso la placa sobre la mesa del fiscal. Y yo tengo la libreta.

Pineda dio un paso. Los escoltas lo siguieron. Gerardo levantó la cabeza, con los ojos rojos, y no dijo nada. Diana abrió la libreta, metió la uña en la contraportada y sacó la hoja doblada en cuatro. Los dedos casi no le obedecían.

—Usted no tiene con qué probarme nada, periodista —dijo Pineda.

Diana levantó la última página.

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