Historia Abierta
Portada de Muerte en Los Almendros
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Capítulo 18 · ~5 min

Copia y original

El portón verde se abrió con un chirrido y la luz de la tarde le pegó a Diana en los ojos. Gerardo Ocampo estaba parado afuera, con las llaves en una mano y el vaso de plástico en la otra.

—Me llamaron de la Fiscalía —dijo—. Tengo que ir. Quédese quieta.

Diana no se quedó quieta. Cuando él se agachó a buscar algo en el carro, ella corrió hacia la calle. Gerardo la agarró del hombro, ella se soltó y el vaso le pegó en la mejilla, seco, con aguardiente y todo.

Cayó sobre una rodilla. Le ardía la cara y le zumbaba el oído izquierdo. Gerardo se quedó mirándola con la mano abierta, como si no entendiera lo que había hecho.

—Perdone, mija. Perdone —dijo, y se subió al carro.

El motor arrancó. Diana se levantó, se tocó el pómulo y vio sangre en dos dedos. No tenía bolso, ni celular, ni plata. Tenía los zapatos y una cobija que había dejado caer junto al portón.

Caminó hasta una tienda de la esquina. Una señora con delantal la miró de arriba abajo.

—¿Le robaron?

—Algo así. ¿Me presta el teléfono? Es una llamada corta, a un diario.

La señora le pasó un celular con la pantalla rota. Diana marcó de memoria el número de la redacción. Contestó una voz que no conocía y colgó rápido. Marcó el de Rosario.

—¿Aló? —dijo Rosario, a gritos, como siempre.

—Soy Diana.

—¿Dónde estás? Camilo mandó un audio y un mensaje, y ya te daba por muerta. ¡Dos fuentes o nada, Diana, y yo tengo cero fuentes vivas!

—Estoy en Puente Aranda. Gerardo me encerró. Ya salí.

—Cógete un taxi. Yo pago en la puerta.

El taxista la miró por el espejo todo el camino, sobre todo la mejilla. Diana se la tapó con la mano y vio pasar las calles, y el reloj de un banco que marcaba la hora. Faltaba poco para las cinco.

Rosario la esperaba en la puerta de El Capitalino, con la billetera abierta y el lápiz detrás de la oreja. Pagó al taxista sin contar y agarró a Diana de la barbilla para mirarle el golpe.

—Hay que ir a urgencias.

—Hay que abrir la caja fuerte.

—Primero hielo.

—Rosario.

Subieron juntas por la escalera, porque el ascensor tenía un letrero de dañado. En la redacción había tres periodistas con los ojos pegados a las pantallas. Nadie preguntó nada. Rosario cerró la puerta de su oficina con el pie.

—Antes de abrir nada, escucho la grabación del capó —dijo, y se sentó—. Entera.

—Ya la tienes. Camilo te la mandó.

—La escuché a medias, con tu amigo gritando por teléfono. Ahora la oigo bien.

Sacó el celular, lo puso sobre el escritorio y apretó el botón. Primero se oyó el motor de un bus, luego pasos, luego la voz baja de Pineda: catorce puestos, once millones doscientos mil, la mitad para él. Repetía el apellido de Camilo sin subir el tono ni una vez.

Diana se mordió el labio. Rosario escuchaba con el lápiz en la mano, sin comer chocolatina, que era lo más raro de todo.

Cuando terminó el audio, Rosario lo reinició y lo oyó otra vez desde el minuto en que Pineda decía "las órdenes no dejan huella". Después apagó el celular.

—La voz es de él —dijo—. Y habla de plata y de Jairo.

—Y de Camilo. Pero Camilo sabía que lo estaba grabando.

—Esa parte la dejo clara en la nota. ¿Y tú qué tienes además de eso?

—Tengo a Gerardo confesando el empujón y la orden de las cuatro de la tarde. Pero me quitó la grabadora.

—O sea, tu palabra.

—Mi palabra y la de Camilo, que ahora mismo está poniendo su placa en la mesa del fiscal.

Rosario soltó una risa corta, sin gracia.

—Dos fuentes. Por fin. —Se levantó, se quitó el lápiz de la oreja y lo puso sobre el teclado—. Ven.

La caja fuerte estaba en un rincón, detrás de un archivador con carpetas del año pasado. Rosario movió el archivador sola, con un gruñido. Se arrodilló frente al metal gris y tapó el teclado con el cuerpo.

—No mires —dijo.

—Es mi libreta, Rosario.

—Es del diario hasta que yo diga. Mira la pared.

Diana miró un calendario de la pared, con el viernes 14 marcado con un círculo rojo que ella misma había hecho. Oyó seis pitidos y un clic.

Rosario sacó la bolsa de papel, la puso sobre la mesa de reuniones y la abrió despacio. La libreta negra estaba igual que la noche del viernes: tapas gastadas, la esquina doblada, olor a cuarto cerrado.

—Dime que no la abriste —dijo Diana.

—La abrí una vez, para ver la contraportada. Y la cerré rápido. Me dio miedo.

—¿Miedo de qué?

—De que el dueño tenga razón y esto nos cierre el diario.

Diana tomó la libreta con las dos manos. Pasó las hojas hasta la contraportada, metió la uña en la orilla despegada y la abrió. Ahí estaba la última página, doblada en cuatro.

La desplegó sobre la mesa. Arriba, con letra de contador, decía OCTUBRE DE 2021. Abajo, la cifra de cinco millones, la letra V y una firma torcida: Álvaro Pineda.

Rosario se puso el lápiz otra vez detrás de la oreja, sin decir nada. Con ese gesto, Diana supo que ya había decidido.

—Esto sale hoy —dijo Rosario—. Pero con foto de la página, con el audio y con la declaración de Camilo.

—Todavía no tengo la declaración.

—Entonces la esperas.

El teléfono de la oficina sonó. Rosario lo miró, y miró a Diana. Contestó con la mano sobre el auricular.

—Dirección general. Dicen que el coronel Pineda acaba de llamar al dueño.

Diana cerró la libreta y se la puso bajo el brazo. La caja fuerte quedó abierta junto a la mesa, y Rosario escuchó con el lápiz detrás de la oreja.

—Dice que quiere la libreta —repitió Rosario, despacio—. Antes de las cinco.

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