Capítulo 17 · ~5 min
Placa sobre la mesa
Si firmaba, Diana seguía encerrada. Si no firmaba, también. Camilo repitió esa cuenta en el taxi, con las manos vacías sobre las rodillas y la hoja del cierre doblada en la chaqueta.
Gerardo le había abierto la puerta del carro en Puente Aranda y le había puesto algo en la mano. Era la placa. Estaba tibia del bolsillo de su pantalón.
—Úsela —había dicho Gerardo—. Sin eso no le abren la oficina del fiscal. Firma y me avisa, mijo.
—¿Y ella?
—Ella espera. Cuando el fiscal firme, el portón se abre.
Camilo no preguntó más. Miró por última vez el candado nuevo, con la etiqueta colgando, y se subió al taxi sin mirar atrás. Gerardo le había dicho que se quedara quieto en una esquina cerca de la Fiscalía hasta que él llamara. Eso hizo durante veinte minutos, con el motor apagado y el conductor mirándolo por el espejo.
A la una de la tarde, bajó frente a la Fiscalía. Faltaban cuatro horas para las cinco. Pagó con un billete arrugado y caminó hacia la rampa de entrada, la que bajaba al sótano de visitantes.
Ahí vio el chaleco verde.
Jairo estaba junto a la baranda, con el papel de la citación en la mano y el pulgar en la boca. Mordía la uña. Dos hombres de chaqueta oscura lo flanqueaban, uno a cada lado, y un tercero esperaba más atrás, junto a una camioneta gris.
La misma camioneta del portal de Diana.
—Jairo —dijo Camilo, sin gritar.
Su hermano levantó la cara. Tenía los ojos hundidos, la barba de dos días.
—Camilo, perdón. Me dijeron que firmara otra declaración. Perdón, yo vine solo, como decía el papel.
—Suelten a mi hermano —dijo Camilo, y enseñó la placa.
El escolta más alto ni la miró. Tenía el audífono en la oreja y la mano en el brazo de Jairo.
—Investigador Vargas, el coronel Pineda dio la orden. El señor se viene con nosotros, a revisar unas cosas de su declaración.
—Eso no está en la citación.
—Está en la orden. Y usted no tiene caso aquí.
Camilo dio un paso. El otro escolta se llevó la mano al costado, sin sacar nada. Jairo miró a uno, miró a otro, y miró a su hermano.
—Camilo, no me dejes ir con ellos. Esa vez en la celda, no me dejes.
Era la primera vez en años que Jairo mencionaba el año preso. Camilo sintió que la garganta se le cerraba, pero habló firme.
—Nadie se lo lleva. Suéltenlo.
—Vargas —dijo una voz detrás de la camioneta.
El coronel Pineda bajó del asiento de atrás. Se arregló el cuello del uniforme y miró su reloj de servicio antes de seguir. No levantó la voz.
—Vargas, usted llega tarde. Le dije al señor Ocampo que lo mantuviera ocupado hasta la una y diez.
Camilo sintió el frío de la rampa subirle por las piernas. Gerardo no lo había retenido por miedo. Lo había retenido por orden.
—Usted lo mandó esperar —dijo.
—Yo no mando a nadie, Vargas. Sugiero. Su hermano viene a conversar conmigo unas horas. Después le devolvemos el chaleco.
—No va a hablar con usted.
—Vargas. —Pineda sonrió apenas—. Usted me entregó una copia incompleta. Su amiga tiene la última página. Su hermano es la única garantía que me queda.
Jairo se soltó de un tirón. Fue tan rápido que los escoltas quedaron con las manos en el aire. Corrió rampa abajo, con la citación volando, cojeando un poco de la pierna que siempre le dolía cuando bajaba escaleras.
—¡Jairo, quieto! —gritó Camilo.
Su hermano no se detuvo. Llegó a la mitad de la rampa, al pie del pilar de concreto.
Sonó un disparo seco que rebotó en el sótano.
Jairo cayó de lado, agarrándose el muslo con las dos manos. El chaleco verde se manchó de oscuro en segundos. Gritó el nombre de Camilo, y luego pidió perdón, como siempre, entre dientes.
Camilo corrió. Se arrodilló en el piso húmedo y apretó la herida con la palma. La sangre le salía caliente entre los dedos.
—Aguante, Jairo. Míreme. Aguante.
—Perdón, perdón, me duele mucho…
—No hable.
Arriba, el escolta bajito guardaba un arma pequeña bajo la chaqueta. Pineda no se había movido. Miró su reloj otra vez.
—Fue un accidente, Vargas —dijo desde lo alto—. Los accidentes pasan. Usted sabe firmar eso mejor que nadie.
Camilo levantó la cabeza. Se quitó la chaqueta con una mano y la apretó contra la pierna de su hermano. Gritó pidiendo ayuda hacia la puerta del sótano. Dos guardias de la Fiscalía asomaron, vieron la sangre y salieron corriendo a buscar una camilla.
Los escoltas de Pineda subieron a la camioneta. El coronel se quedó un segundo más, mirando el chaleco verde con el apellido bordado. Después entró y la camioneta salió por la puerta lateral, sin prisa.
Cuando llegó la camilla, Camilo no soltó la mano de Jairo hasta que lo subieron. Se levantó con la camisa empapada y subió la rampa a pie. Nadie lo detuvo en la recepción. Preguntó por el fiscal con la voz rota.
Lo hicieron esperar en una oficina de vidrio. Cuando el fiscal entró, con la carpeta del cierre bajo el brazo, Camilo ya tenía la placa en la mano y la sangre de su hermano seca hasta los codos.
La puso sobre la mesa. El metal sonó contra la madera.
—Quiero declarar —dijo—. Ahora.