Historia Abierta
Portada de Muerte en Los Almendros
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Capítulo 16 · ~5 min

Candado por fuera

El candado nuevo todavía tenía la etiqueta de la ferretería colgando. Camilo la vio apenas bajó del taxi, y también vio el portón verde y el carro de Gerardo Ocampo con las puertas abiertas.

Eran las once de la mañana del viernes. Faltaban seis horas para que el fiscal firmara, y él llevaba el celular apretado en la mano desde que Gerardo llamó.

Antes de cruzar la calle, se detuvo junto al carro de Gerardo y se sentó en el asiento de atrás. Abrió el chat de Rosario Gaitán. Adjuntó el archivo de la grabación del capó, la de la noche del jueves, con la voz de Pineda hablando del reparto. Pulsó enviar y miró la barra avanzar despacio.

Se quitó la gorra y se la puso otra vez. La barra llegó al final. Debajo del archivo apareció una palomita doble, y después un mensaje corto de Rosario: "Lo tengo. Escuchándolo."

Camilo dejó el celular sobre el asiento, con la pantalla hacia abajo. Ya no lo necesitaba. Salió del carro y caminó hasta el portón.

Gerardo estaba sentado en una caja de cartón, con el vaso de plástico entre las rodillas. La pistola seguía en la cintura. Se levantó con esfuerzo y sonrió, un poco torcido.

—Mijo, qué bueno que vino —dijo—. Yo pensé que se iba a demorar.

—Vine solo, como pidió —dijo Camilo—. ¿Dónde está ella?

—Adentro. Sana, no se preocupe. Le dejé agua y una cobija.

—Quiero verla.

—Primero el papel. —Gerardo sacó del bolsillo una hoja doblada en cuatro—. Es el cierre. Usted firma aquí abajo, como investigador, y yo abro el candado.

Camilo tomó la hoja y la leyó entera. Decía muerte accidental por caída desde la rampa. Estaba el nombre de Hernando Ochoa, la hora, la fecha, y un espacio en blanco al final con su apellido tipeado debajo.

—Esto ya lo firmé una vez —dijo—. Con otro muerto.

—Entonces sabe cómo se hace.

—Sé cómo se paga.

Gerardo se rascó la barba. Tenía los ojos rojos y la camisa azul sudada en el cuello.

—No me venga con sermones, mijo. Yo le di trabajo a su hermano cuando nadie se lo daba. Usted me lo pidió de rodillas.

—No de rodillas.

—Casi. Ahora me toca a mí pedirle.

Camilo dobló la hoja y la guardó en su chaqueta, sin firmar.

—Abra el portón. Quiero ver que respira.

Gerardo dudó. Miró la calle, el perro dormido contra la pared y la esquina vacía. Luego sacó la llave y abrió el candado con las manos callosas, despacio, como si pesara.

La lámina chirrió. Adentro, Diana estaba de pie junto a la pared, con la cobija en el brazo y el pelo suelto. Tenía la cara sin un golpe. Cuando vio a Camilo, no sonrió.

—Tardó —dijo ella.

—Había tráfico, señorita Niño.

—Siempre hay tráfico cuando uno se hace el héroe.

Gerardo se puso entre los dos y levantó la mano.

—Nada de hablar. Vargas, escoja: el cierre o la periodista. Yo no soy mala gente, pero tampoco soy tonto.

—Pineda no le contesta el teléfono —dijo Camilo.

—Eso a usted no le importa.

—Me importa si el cierre sale de usted y no de él. Entonces la firma no vale nada.

Gerardo se quedó callado. Movió el vaso entre las manos y miró hacia la bodega, hacia Diana, que no se había movido.

—Quiero una garantía —dijo por fin—. Que usted firma esta tarde, antes de las cinco. Que no se va a ir a contarle a nadie.

Camilo metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Sacó la placa de investigador, la cartera de cuero gastado con el escudo dorado, y la sostuvo un segundo en el aire.

—Esto vale más que mi palabra —dijo—. Tómela.

—Camilo —dijo Diana, y se dio cuenta de que lo había dicho sin el usted.

Él no la miró. Puso la placa en la palma abierta de Gerardo, que la apretó y la guardó en el bolsillo del pantalón con un gesto de dueño.

—Así me gusta, mijo. Con eso ya hablamos.

Gerardo salió un momento hacia el carro a buscar algo. Diana cruzó la bodega en tres pasos y se paró frente a Camilo, tan cerca que él olió el polvo de las llantas.

—Entregó la placa —susurró—. ¿Está loco?

—Le mandé la grabación del capó a Rosario. Ya está en el diario.

—¿Entera?

—Entera. Con la voz de Pineda y el reparto.

Diana se mordió el labio. Sus ojos recorrieron el techo, las cajas, el cable pelado de la bombilla.

—Gerardo me dijo todo —murmuró—. La orden, la hora, el policía que sostenía a Hernando. Yo no tengo grabadora, pero usted sí puede decirlo.

—Puedo declararlo —dijo Camilo—. Con la grabación y con lo mío de 2021.

—¿Lo mío de 2021 incluye a Wilmer Pardo?

—Incluye a Wilmer Pardo.

—Entonces declaramos juntos. Usted y yo, con Rosario como testigo.

—Juntos —dijo él, y le tendió la mano.

Diana se la estrechó una vez, seca, sin soltarla de inmediato. Afuera se oyó la puerta del carro cerrarse. Los pasos de Gerardo se acercaron arrastrando las suelas.

Entró con el celular de Camilo en la mano, el que había dejado en el asiento. Lo levantó a la altura de los ojos y lo miró, pensativo.

—Qué raro —dijo—. Tiene un mensaje enviado hace diez minutos.

Camilo no se movió. Diana tampoco. Gerardo guardó el celular en el bolsillo de la camisa, y los miró a los dos con la boca apretada.

—Usted ya escogió, mijo. Ahora pague: su hermano está en la lista y la periodista se queda aquí.

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