Historia Abierta
Portada de Muerte en Los Almendros
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Capítulo 15 · ~5 min

Bodega en Puente Aranda

Diana pensó que nadie vigila una caseta al amanecer. Se equivocó, pero ya estaba con la mano en la reja de Los Almendros y la luz de adentro encendida.

Era viernes y el fiscal firmaba a las cinco de la tarde. Ella llevaba una sola pregunta, y la había repasado en el taxi: quién dio la orden en la rampa.

Gerardo Ocampo estaba sentado en el banco de Jairo, con el vaso de plástico entre las manos callosas. No levantó la vista cuando ella entró. Tenía la misma camisa azul del martes.

—Llegó temprano, mija —dijo, y se rascó la barba—. Yo la esperaba más tarde.

—Yo a usted no lo esperaba —dijo Diana—. Pensé que dormía en su casa.

—Hace días que no duermo. Siéntese.

—Prefiero de pie. Me dijeron que usted empujó a Hernando Ochoa. Quiero oírselo a usted, sin aguardiente de por medio.

Gerardo tomó un sorbo despacio. Miró el tablero de llaves, vacío debajo, donde antes estuvo la libreta.

—Mijo, usted me debe plata, decía yo antes. Ahora todos me deben algo y nadie me contesta.

—¿Quién no le contesta?

—El coronel. Lo llamé anoche seis veces. Ni una. —Sacó un celular viejo del bolsillo y lo mostró, con las llamadas en la pantalla—. Me dejó solo, como a un perro.

Diana se mordió el labio. Tenía la grabadora en el bolsillo del abrigo y metió la mano para encenderla. Gerardo vio el movimiento.

—Saque la mano de ahí.

—Es un pañuelo.

—Saque la mano, le digo.

Se levantó con una rapidez que ella no esperaba en un hombre de sesenta y un años. Le agarró la muñeca y sacó la grabadora, la miró y la apagó con el pulgar. Luego le quitó el bolso del hombro, sin brusquedad, como quien ayuda a una señora con las compras.

—Eso es mío —dijo Diana.

—Ya no. El celular también.

—¿Con qué derecho?

—Con este. —Se levantó el borde de la camisa y le mostró la pistola metida en la cintura. No la sacó—. Camine al carro.

Diana midió la distancia hasta la reja. Eran diez pasos y él le tapaba la mitad. Entregó el celular con dos dedos.

—Si me va a matar, hágalo aquí. Me ahorra el viaje.

—Yo no mato mujeres, mija. Yo trabajo. —Apagó la luz de la caseta—. Camine.

El carro de Gerardo olía a cigarrillo viejo y a trapo mojado. Ella se sentó atrás con las manos sobre las rodillas. Él manejó sin hablar por la avenida vacía, y solo prendió la radio para apagarla enseguida.

Treinta minutos después entraron a una calle de bodegas en Puente Aranda. Los portones de lata estaban cerrados y un perro dormía contra una pared. Gerardo frenó frente a uno de color verde descolorido y bajó a abrirlo con una llave grande.

Adentro había cajas, llantas apiladas y una mesa de madera con dos sillas. Una bombilla colgaba del techo con un cable pelado.

—Siéntese —dijo él, y esta vez Diana obedeció.

Gerardo dejó el bolso encima de las cajas, lejos de ella. Se sirvió aguardiente de una botella que sacó de una bolsa y no ofreció.

—Usted quería oírlo —dijo—. Aquí no hay cámara ni Jairo ni nadie. Se lo digo una vez.

—Dígalo.

—Empujé a Hernando el martes, a las once y cuarenta de la noche. Con estas manos. —Las abrió sobre la mesa, gruesas y partidas—. Había un hombre de chaqueta de la Policía sosteniéndolo. Yo solo le di el golpe.

—¿Y la orden?

—Del coronel. Esa tarde me llamó a las cuatro. Me dijo que la libreta no podía llegar al viernes. Eso dijo: al viernes.

—Hoy es viernes —dijo Diana.

—Ya sé qué día es.

Ella lo miró fijo. Le temblaba el vaso en la mano y no lo había notado él mismo.

—Entonces usted me trajo aquí para contármelo. ¿Para qué?

—Para que no lo escriba todavía. —Se limpió la boca con la manga—. Si usted publica, Pineda me bota. Si no publica, él tiene que volver a contestarme.

—Eso es una tontería, don Gerardo. Él no le va a contestar. Usted ya es el que sobra.

—No me hable así.

—Le hablo como es. Usted empujó y él cobró. Cuando cae uno, el otro se lava las manos.

Gerardo golpeó la mesa con el vaso y el aguardiente le mojó los dedos. Tardó en hablar. Cuando lo hizo, la voz le salió más baja.

—Usted se queda aquí hasta que yo hable con Vargas. Él me firma el cierre y yo la suelto.

—Camilo no le va a firmar nada.

—Le firma. Tiene un hermano.

Diana se levantó de la silla. Él se levantó también y le puso la mano en el hombro, sin fuerza, pero con todo el peso del cuerpo. Ella sintió los callos a través de la tela.

—Hay agua en esa caneca —dijo él—. Y una cobija atrás. No grite, que no la oye nadie.

Salió hacia el portón sin el bolso. Ella corrió detrás y llegó tarde. La lámina se cerró con un golpe seco, y oyó el candado clavarse en la argolla.

—Gerardo —gritó, con la palma contra el metal—. Abra.

Del otro lado se oyó el vaso apoyarse sobre algo y el zumbido de un celular que se encendía.

—Ya llamé a Vargas —dijo Gerardo.

Diana quedó sola en la bodega, sin bolso ni celular, Gerardo afuera con la pistola en la cintura y el candado cerrado por fuera.

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