Capítulo 14 · ~5 min
Capó de la camioneta
El capó de la camioneta de Pineda todavía estaba tibio. Camilo apoyó la mano encima, sin presión, y sintió el motor que acababa de apagarse. Era jueves por la noche y el fiscal firmaba mañana.
La calle detrás de la estación estaba vacía. Pineda había escogido el sitio, junto a un poste con la luz quemada, a veinte pasos de la puerta de atrás. Salió del asiento del conductor despacio, con una carpeta de cartón bajo el brazo y los dos escoltas quietos dentro del carro.
Camilo metió la otra mano en el bolsillo de la chaqueta. El celular ya estaba grabando; lo había activado antes de bajar del bus, con el pulgar, sin mirarlo.
—Vargas —dijo Pineda, y miró su reloj de servicio—. Puntual.
—Mi coronel.
—Dígame que trae lo que le pedí.
—Traigo la copia —dijo Camilo, y sacó el sobre del bolso—. La libreta original no la tengo.
Pineda no tocó el sobre. Lo miró un rato, como se mira una cuenta que no cuadra.
—Vargas, yo pedí la libreta completa. Con la página treinta y una y con lo que sigue.
—Esta tiene hasta la treinta y una. La última página no viene.
—¿Y dónde está esa página?
—No lo sé. —Camilo se quitó la gorra y se la puso de nuevo—. La periodista la guarda.
Pineda sonrió apenas. Había visto el gesto de la gorra muchas veces, en oficinas y en pasillos.
—Usted miente mal, Vargas. Por eso lo quiero.
Camilo no contestó. Dejó el sobre sobre el capó y lo abrió con un dedo, para que el coronel viera las hojas fotocopiadas, los catorce puestos, la columna de ochocientos mil.
—Ahí está el cupo —dijo—. Catorce puestos, once millones doscientos mil al mes. Usted sabe cuánto le toca.
—Sé lo que me toca. —Pineda pasó una hoja con el borde de la carpeta, sin usar los dedos—. Y sé que usted no vino a darme una lección de aritmética.
—Vine por mi hermano.
—Jairo.
—Jairo. Usted dijo que saldría si yo traía la libreta. Aquí está.
—Dije completa, Vargas. —Pineda levantó la vista—. Una libreta sin la última página es un cuaderno de números. Sirve para que un fiscal dude, no para que el cupo siga tranquilo.
Camilo apretó el celular dentro del bolsillo. El brazo se le había cansado de no moverse.
—Entonces dígame qué sirve.
—Sirve que la periodista deje de escribir. Sirve que Gerardo Ocampo recuerde que estaba borracho cuando habló con usted. Sirve que el viernes a las cinco el fiscal firme y nadie tenga que explicar nada.
—¿Y el cupo?
—El cupo es de Gerardo.
—Usted recibe la mitad. Cinco millones seiscientos mil. Está escrito.
Pineda se quedó mirándolo. Luego dio un paso hacia el capó, puso el sobre derecho con la yema de los dedos y habló sin subir la voz.
—Vargas, escúcheme bien. Yo pago un colegio, una casa en Chía y a dos escoltas que usted no conoce. Eso sale de ahí. Si alguien lo toca, no cae solo Gerardo. Cae usted, que firmó lo de Pardo, y cae su hermano.
—Lo de Pardo lo firmé por orden suya.
—Lo firmó usted. Con su nombre. —Pineda cerró la carpeta—. Yo solo di una orden. Las órdenes no dejan huella.
Camilo tragó saliva. Sintió, o creyó sentir, cómo el celular se calentaba contra su pierna.
—Quiero ver a Jairo salir —dijo—. Esta noche.
—Esta noche no hay fiscal.
—No necesita fiscal. Necesita una llamada suya.
Pineda miró hacia la puerta de la estación. Después sacó su teléfono, marcó un número de memoria y habló tres frases cortas. Dijo "el detenido Vargas" y "sin esposas" y "que lo citen".
Colgó y guardó el teléfono en el bolsillo del pecho.
—Sale en diez minutos. Con una citación para mañana a la Fiscalía. Que declare lo que vio, o lo que no vio. Eso depende de usted.
—¿Depende de mí?
—Depende de lo que le diga la periodista. Y de lo que haga con esa página, Vargas. Si aparece, él vuelve a la lista. Si no, sigue en ella, pero afuera.
Camilo lo miró de frente por primera vez. Había esperado que le temblara algo, la voz, la mano. Pineda tenía el pulso quieto y los zapatos limpios.
—¿Y si no hay página?
—Entonces tampoco hay problema. —Pineda tomó la carpeta y le dio la espalda un momento—. Váyase a esperar a su hermano.
La puerta de atrás de la estación se abrió con un chirrido. Jairo salió con el chaleco verde doblado en una mano, el apellido Vargas bordado hacia arriba, y un papel apretado en la otra. Caminó mirando el piso. Se mordía la uña del pulgar.
Camilo quiso ir hacia él y no se movió. Detrás de la camioneta, un escolta bajó la ventanilla para ver.
—Perdón, Camilo —dijo Jairo desde lejos, con la voz rota—. Perdón, perdón, yo no quería, perdón.
—Camine —dijo Camilo—. A la caseta, a la esquina. Camine.
Jairo caminó hacia la caseta con el chaleco en la mano y una citación a la Fiscalía para el viernes, la copia de la libreta estaba sobre el capó y Pineda la guardaba en una carpeta sin mirar a Camilo.