Capítulo 13 · ~5 min
Llamada del dueño
La redacción de El Capitalino olía a café recalentado y a papel de impresora. Eran pocos los escritorios ocupados, y Rosario Gaitán estaba de pie junto al suyo, con el teléfono pegado a la oreja y el lápiz detrás de la otra.
Diana entró con el bolso apretado contra el costado. No había dormido; había pasado la noche en la calle y en un taxi, con la libreta contra el pecho y los ojos abiertos hacia la puerta.
Rosario la vio, levantó un dedo y siguió escuchando. Dijo "sí, señor" dos veces y "entiendo" una. Después colgó, se quitó el lápiz y lo dejó sobre el teclado.
—Era el dueño —dijo.
—Eso ya lo adiviné. Cuando usted dice "sí, señor" se le pone cara de dentista.
—Quiere la nota bajada. Dice que le llamaron de la Policía, de la Fiscalía y de un abogado que no dio nombre.
—¿Bajada de la página?
—De la página y de las redes. Hoy.
Diana dejó el bolso sobre la silla y no se sentó. Miró las chocolatinas que Rosario guardaba en el cajón, abiertas, sin comer.
—¿Y usted qué le dijo?
—Que la iba a revisar. —Rosario se frotó la frente—. No es un sí, Diana. Pero tampoco es un no.
—Es un sí con otro nombre.
—Es una hora. Quizá dos. Si la bajo yo, la bajo con el texto guardado. Si la baja él, la borran.
Diana abrió el bolso y sacó la libreta negra. La puso sobre el escritorio, entre el teclado y una taza con el borde marcado de labial. La tapa tenía una mancha de grasa del tablero de llaves.
—Entonces guárdela.
Rosario no la tocó. Miró alrededor, bajó la voz y la subió otra vez, porque no sabía hablar bajo.
—¿Esa es la original?
—La original. Las páginas hasta la treinta y una y las cuatro pegadas del final. Todo.
—¿Y la última página?
—Esa es la que importa. La firma de Pineda, los cinco millones, la V de octubre de 2021.
—Eso ya me lo dijo. Lo que no me dijo es dónde está.
Diana se mordió el labio. Pensó en la camioneta gris, en la hoja con su dirección, en Jairo escribiéndola con la letra apurada. Hasta anoche había una sola persona que sabía el escondite.
—Está dentro de la libreta —dijo—. Detrás de la contraportada. La despegué con una cuchilla y la volví a pegar.
—¿Y Vargas lo sabe?
—Sabe que existe. No sabe dónde.
—Bien.
—No sé si es bien. Él tiene la copia, yo tengo esto, y usted ahora tiene un problema.
Rosario soltó una risa seca. Tomó la libreta con las dos manos, como quien levanta algo caliente, y la metió en una bolsa de papel del diario.
—Vamos a la caja fuerte.
La caja fuerte estaba en un cuarto sin ventanas, detrás del archivo. Rosario marcó la clave sin que Diana mirara. Metió la bolsa junto a unos contratos y un sobre con dinero de la caja chica, y cerró la puerta de metal con un golpe que sonó a final.
—Desde este momento —dijo Rosario— nadie la saca sin mi firma. Ni usted.
—Ni usted sin mi permiso.
—Eso no se lo prometo.
Volvieron al escritorio. Rosario abrió un cajón y sacó una carpeta delgada. Diana reconoció el color antes de leer el nombre.
—Mi contrato.
—Siéntese, Diana.
—Prefiero de pie. Así me voy más rápido.
Rosario puso la carpeta frente a ella y abrió la primera hoja. Tenía el sello de recursos humanos y una fecha con tinta fresca.
—Me mandaron esto esta mañana. Su puesto de planta se acaba hoy. Le ofrecen un contrato por obra que vence el viernes.
—¿El viernes a qué hora?
—Termina el viernes. Sin hora.
—Qué precisión. —Diana pasó el dedo por la línea de la firma—. O sea que me despiden pero me dejan terminar la semana, por si acaso.
—No es mi decisión.
—Usted me contrató en junio de 2022. Usted me dijo que aquí nadie se iba por decir la verdad.
—Dije que nadie se iba por decir la verdad con dos fuentes. —Rosario cerró los ojos un segundo—. Y usted publicó con una y media.
Diana sintió el golpe y no se lo mostró. Contó hasta tres, como había contado frente a la camioneta.
—Con una y media y un video donde se ve cómo lo empujan.
—Un video recortado, de una estación de Policía, que no puede probar de dónde salió. Eso dice el abogado del dueño.
—Ya. Y el abogado del dueño, ¿cuánto le paga Pineda?
—No sea injusta.
—No soy injusta. Soy rápida.
Rosario sonrió sin ganas y se pasó la mano por el pelo. Le temblaba un poco el lápiz cuando volvió a tomarlo.
—Tengo miedo, Diana. Lo digo en voz alta para que no me lo cobre después. Vi cerrar dos diarios, y este es el tercero.
—Entonces firme el papel que quiere el dueño y déjeme hablar con alguien que no le tenga miedo a nadie.
—¿Con quién?
Diana tomó la pluma de la mesa. Leyó la cláusula final, la que decía que cualquier nota firmada por ella debía pasar por la dirección general. Firmó debajo, con letra grande, apretando el papel.
—Conmigo —dijo—. Hasta el viernes.
Guardó una copia en el cajón de su escritorio y lo dejó entreabierto. Desde la entrada se oyó un ruido de puertas y de pasos de zapatos caros, más de dos pares.
La libreta estaba en la caja fuerte del diario, Rosario era la única que sabía la clave y Diana guardaba su contrato en el cajón sin cerrarlo.
El dueño de El Capitalino entró a la redacción con dos abogados y pidió la nota bajada en diez minutos.