Capítulo 12 · ~5 min
Hermano delatado
Diana bajó los escalones del edificio con el bolso colgado de un solo hombro y el celular a medio guardar. Camilo estaba al lado de la reja, con la gorra en la mano y la misma chaqueta de ayer.
—Usted no durmió —dijo ella.
—Tampoco usted.
La calle estaba casi vacía. Un hombre barría la entrada de una panadería cerrada y el aire olía a pan que todavía no salía. Diana se mordió el labio y miró la gorra.
—Esa cara es de mala noticia. Ya me la conozco, Vargas. Dígala rápido.
—Pineda tiene su dirección.
Diana dejó de caminar. Pensó que había oído mal, y se lo dijo con un gesto, ladeando la cabeza.
—¿Mi dirección de dónde? Yo no se la he dado a nadie. Ni a usted.
—Se la dio Jairo.
Camilo lo dijo mirando el suelo. No se puso la gorra, la apretó con las dos manos, y eso hizo más ruido que cualquier mentira.
—¿Su hermano? —Diana sacó el celular y lo volvió a guardar—. ¿El que está en un calabozo?
—Pineda se la pidió. Jairo la escribió en una hoja, con el número del apartamento. Yo la vi ayer en el escritorio del coronel.
—¿Ayer? —Diana dio un paso hacia él—. ¿Y me lo dice ahora, al amanecer, en la calle?
—Quise confirmar antes. Quise pensar qué hacer.
—Pensar. —Ella soltó una risa corta, sin gracia—. Usted piensa mucho, Vargas. Firma rápido y piensa despacio.
Camilo no contestó. Se quedó quieto, con la mandíbula apretada. Diana recordó la fila de edificios que había visto al llegar, los carros parqueados, la ventana de su cocina en el cuarto piso. Alguien podía mirarla desde cualquiera de ellos.
—¿Qué más le dijo Pineda? —preguntó.
—Que la copia completa debe estar mañana en su escritorio. Y que yo le diga a usted que el video fue un error.
—Un error.
—Sí.
—Ni una palabra más suave. Un error. —Diana le clavó el dedo en el pecho—. ¿Y usted vino a decírmelo con esa gorra en la mano?
—Vine a avisarle.
—¡Avisarme! Yo no puedo volver a mi casa. Mi ropa, mi gato, mi vida entera está ahí arriba. Y su hermano le puso un letrero encima.
Camilo levantó los ojos por fin. Estaban rojos y tenía una ojera que parecía pintada.
—Jairo tuvo miedo. Siempre tiene miedo.
—¡Todos tenemos miedo!
Lo empujó con las dos manos, fuerte, en pleno pecho. Camilo retrocedió un paso y chocó con la reja. Ella volvió a empujarlo, y él no levantó los brazos ni apartó la cara.
—Defiéndase —dijo Diana, con la voz quebrada.
—No.
—Defiéndase, maldita sea.
—Usted tiene razón en estar brava —dijo Camilo—. Pégueme si quiere. Pero después escúcheme.
Diana se quedó con las manos abiertas en el aire. Le temblaban. Las bajó despacio y las metió en los bolsillos del abrigo, para que él no las viera.
El barrendero de la panadería había dejado de barrer y los miraba. Ella le sostuvo la mirada hasta que el hombre bajó la escoba y entró al local.
—Hable —dijo.
—Hay un video de la rampa y una grabación que no salió. Hay una libreta. Y hay una página que usted tiene y yo no.
—No le voy a dar la última página.
—No se la pido. —Camilo se enderezó, aún pegado a la reja—. Le pido que no suba a su apartamento. Que no vaya a ningún lado donde Pineda sepa que va a estar.
—¿Y adónde voy? Yo pago arriendo, Vargas. Un arriendo que ya se me vence.
—Dónde duerme es lo de menos. Lo que importa es que no se quede sola.
Diana lo miró de arriba abajo. La chaqueta arrugada, la camisa fuera del pantalón, los zapatos sin lustrar. Antes habría dicho que él iba impecable hasta para un entierro.
—Usted me está pidiendo que confíe en usted —dijo ella.
—Le estoy pidiendo que confíe en que yo no la voy a entregar.
—Su hermano me entregó en una hoja de cuaderno.
—Mi hermano tenía veinte policías mirándolo. Yo no.
Ella sacó el celular otra vez. Marcó a Rosario y colgó antes del primer tono. Rosario lo habría preguntado todo, y ahora no tenía respuestas que dar.
—Dígame una cosa —dijo Diana—. Cuando vio esa hoja, ¿usted pensó en mí o en él?
Camilo tardó. Se pasó la mano por la barba sin afeitar.
—En los dos. Y no supe a cuál escoger.
—Honesto, por lo menos.
—Es lo único que me queda.
Diana apretó el bolso contra el costado. Adentro iba la libreta, con el peso de un ladrillo. Había querido volver por una muda de ropa y por el cargador, y ahora no podía ni mirar su propia ventana.
Ahí vio a Camilo ponerse tenso. Él ya no miraba a Diana, miraba por encima de su hombro, hacia el otro lado de la calle.
—No se voltee —dijo.
—Eso es lo primero que uno hace cuando le dicen que no se voltee.
—Vargas, ¿qué hay?
—Una camioneta gris. Con dos hombres adentro.
Diana tragó saliva. Contó mentalmente hasta tres y giró la cabeza apenas. Era una camioneta de vidrios oscuros, parqueada frente a su portal. El motor estaba encendido y salía un humo flaco por el exhosto. Nadie bajaba.
—Llevan ahí desde antes de que yo saliera —murmuró ella—. Los vi al bajar. Pensé que esperaban a alguien.
—Esperaban a usted.
Camilo se soltó de la reja, tambaleó y volvió a agarrarla con la mano. Le sudaba la frente. Diana lo miró, y por primera vez lo vio asustado de verdad.
Diana está en la acera con el bolso apretado, Camilo se sostiene de la reja del edificio, y la camioneta gris sigue con el motor encendido al otro lado de la calle.