Capítulo 11 · ~4 min
Grabadora escondida
La oficina de Pineda olía a café recalentado y a cera para pisos. Camilo Vargas llegó a las tres de la tarde con la gorra en la mano y una grabadora pequeña en el bolsillo de la chaqueta. Había apretado el botón en el ascensor.
El coronel estaba de pie junto a la ventana, con el reloj de servicio en la muñeca. Lo miró antes de hablar, como siempre.
—Vargas —dijo—. Siéntese, Vargas.
—Prefiero de pie, mi coronel.
—Como usted quiera. Pero cierre la puerta.
Camilo dejó la puerta entreabierta, y Pineda lo notó. No dijo nada. Fue hasta el escritorio, movió una carpeta verde y la dejó a un lado, sin abrirla.
—Hoy visitó Los Almendros —dijo Pineda—. Habló con el señor Ocampo.
—Fui por mi hermano. Necesito una declaración que lo saque de la lista.
—Una declaración. ¿Y el señor Ocampo qué le dijo, Vargas?
Camilo se puso la gorra y se la quitó otra vez. Sintió el bulto de la grabadora contra la costilla. Tenía que hacerlo hablar a él, no hablar él.
—Dijo que usted ordenó lo de la rampa —contestó—. Y que el cupo se reparte entre los dos.
Pineda no se movió. Miró el reloj, luego miró a Camilo.
—El señor Ocampo toma mucho aguardiente, Vargas. Un hombre así dice cosas.
—También dijo el nombre de su escolta.
—Yo no tengo escoltas que se escondan en parqueaderos. —El coronel sonrió apenas—. Tengo hombres que cuidan a esta institución. Y uno cuida lo que le conviene cuidar.
Camilo apretó la gorra. Eso no servía. Era el tipo de frase que cualquier abogado defendería en un minuto.
—Mi coronel, ¿usted ordenó que la libreta no llegara al viernes?
—¿Cuál libreta, Vargas?
—La de Hernando Ochoa. La de los catorce puestos.
Pineda caminó despacio hasta el otro lado del escritorio. Abrió un cajón con dos dedos y sacó una hoja doblada en cuatro. La puso sobre la madera y la empujó hacia el borde.
—Lea eso, Vargas.
Camilo no se acercó de inmediato. Después estiró el cuello y leyó desde donde estaba. Era una dirección de Chapinero, con un número de apartamento y una calle conocida. La letra era apretada, con las eles muy altas.
Conocía esa letra. La había visto en las tareas del colegio, en notas pegadas a la nevera, en la cuenta de un prestamista.
—Esto lo escribió Jairo —dijo.
—Desde el calabozo, esta mañana. —Pineda ajustó el reloj—. Estaba muy asustado, Vargas. Yo solo le pregunté dónde vive la periodista. Él fue muy rápido en contestar.
—Usted lo amenazó.
—Le expliqué cómo funciona el sistema. Es distinto.
Camilo sintió la boca seca. Se acordó de Jairo a los doce años, pidiendo perdón por un vidrio roto que no había roto. Miró la hoja otra vez. No la tocó.
—¿Para qué quiere esa dirección?
—Yo no la quiero, Vargas. Ya la tengo. —Pineda dio un golpecito suave al papel—. Lo que quiero es que usted entienda para qué sirve.
—Si le pasa algo a ella, hay un video de la rampa.
—Hay un video recortado, Vargas. Y una nota con mi apellido, que ya llamó la atención de gente que no me conviene. Hoy me llamaron dos veces. Dos.
De pronto el bolsillo de la chaqueta de Camilo dejó de vibrar. Era un temblor mínimo que había sentido desde que entró, y ahora no estaba. Metió la mano, como si se rascara la costilla, y tocó la grabadora. La luz roja estaba apagada.
Se le secó la garganta. La sacó medio centímetro, sin mirar, y apretó el botón. No pasó nada. Sin señal, sin luz, sin nada.
Pineda siguió la mano con los ojos, y luego los subió a su cara.
—¿Le duele algo, Vargas?
—Nada, mi coronel.
—Se quitó la gorra otra vez. Usted siempre hace eso cuando va a decir algo que no es.
Camilo se la puso. Dejó la mano quieta, lejos del bolsillo.
—Entonces dígame qué quiere —dijo.
—Quiero que mañana la copia de la libreta esté sobre este escritorio. Completa. Y quiero que usted le diga a la periodista que el video fue un error.
—Ella no me escucha.
—Le escucha más de lo que cree. —Pineda miró el reloj—. Usted firmó el cierre el jueves. El fiscal firma el viernes a las cinco. Faltan tres días, Vargas. Es un buen tiempo para que todos pensemos.
—Y mi hermano.
—Su hermano sale cuando el viernes la periodista ya no esté escribiendo, Vargas.
La grabadora del bolsillo de Camilo quedó apagada en medio de la conversación, Pineda tiene el reloj de servicio en la muñeca, junto al papel con la dirección sobre el escritorio, y la puerta de la oficina sigue abierta.