Capítulo 10 · ~5 min
Cupo confesado
El celular vibró sobre el tablero del carro y Camilo Vargas apretó el volante antes de contestar. En la pantalla decía Coronel. Eran las primeras horas del martes y todavía no había desayunado.
—Vargas —dijo Pineda, con esa voz baja que nunca subía—. Leí la nota de anoche, Vargas. Muy bien escrita.
—Yo no la escribí, mi coronel.
—Ya lo sé, Vargas. Por eso me preocupa quién la ayudó. Hay un video, y el video salió de una estación donde su hermano tiene un casillero.
Camilo miró el USB negro que ya no tenía. Se quitó la gorra y se la puso otra vez, aunque nadie lo veía.
—Mi hermano está esposado desde el lunes —dijo—. No ha mandado nada a nadie.
—Eso lo decidirá el fiscal, Vargas. Y le aviso una cosa: la nota la va a pagar Jairo. No ella. Su hermano.
La llamada se cortó. Camilo se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó sola.
Quedaban tres días para el viernes a las cinco. Puso el carro en marcha y no fue a la oficina. Tomó la ruta de Teusaquillo, con el sobre de manila en el bolso del asiento del copiloto, y dejó el carro a media cuadra de Los Almendros.
El portón de la rampa estaba abierto. Una cinta amarilla vieja colgaba de un poste, sin nadie que la cuidara. En la caseta, la puerta que Diana había forzado seguía mal cerrada, amarrada con un alambre. Camilo lo desenrolló y entró.
Gerardo Ocampo estaba sentado en el banco de Jairo, con un vaso de plástico en la mano. Olía a aguardiente de ayer. La camisa azul le quedaba arrugada, y las manos callosas descansaban sobre las rodillas como dos herramientas guardadas.
—Mijo —dijo, sin levantarse—. Sabía que ibas a venir. Siéntate.
—Prefiero de pie.
—Como quieras. Esa muchacha me puso en el primer párrafo. ¿Tú viste? Don Gerardo Ocampo, con nombre y apellido. Mi hija me llamó a las siete.
—Vengo por Jairo —dijo Camilo—. Necesito una declaración suya, firmada. Que diga que mi hermano no tuvo nada que ver con lo de la rampa.
Gerardo se rio, corto, y tomó un trago.
—Tu hermano estaba escondido detrás del camión de la basura. Lo vi salir corriendo. No es que no tuviera que ver, mijo. Es que vio.
—Por eso. Si usted declara que él no estuvo en la rampa, sale de la lista.
—¿Y yo qué gano declarando? ¿Cárcel?
Camilo miró alrededor. El tablero de llaves estaba caído, con los ganchos doblados. En la pared quedaba la marca clara donde había estado.
—Gana que yo le diga a Pineda que usted colaboró —dijo.
—Pineda no oye a nadie, mijo. Pineda oye plata.
Gerardo dejó el vaso en el suelo. Metió la mano al bolsillo del pantalón y sacó un cheque doblado en tres. Lo alisó contra la rodilla y lo estiró hacia Camilo, sin pararse.
—Mira.
Camilo no lo recibió. Leyó desde donde estaba. Estaba a su nombre, Camilo Vargas Rojas, por doscientos millones de pesos. La firma de Gerardo se veía temblorosa.
—Eso paga tu hipoteca, y te sobra —dijo Gerardo—. Y a cambio firmas el cierre como estaba. Accidente, caída de la rampa. Nada más.
—Ya lo firmé el jueves —dijo Camilo.
—Lo firmaste tú, pero falta el fiscal. Y el fiscal lee lo que le ponen. Si esa nota no se sostiene, si tú dices que el video es un montaje, el viernes todo queda quieto.
—El video no es un montaje.
—Dilo igual. Tú sabes decir las cosas sin que se noten.
Camilo se quedó mirando el cheque. Pensó en Wilmer Pardo, en el padre que le escribía cada dos de octubre, en el sobre que le había devuelto a Pineda sin contar. No tocó el papel.
—No —dijo.
—No me contestes así de rápido. Piénsalo.
—Ya lo pensé, don Gerardo. Una vez. En 2021.
Gerardo apretó la mandíbula. Recogió el vaso, lo miró vacío y lo volvió a dejar. Con la otra mano seguía sosteniendo el cheque en el aire.
—Te acuerdo quién te consiguió el puesto a Jairo —dijo—. Fuiste tú el que vino a pedírmelo. Yo le di trabajo a tu hermano cuando nadie se lo daba.
—Y yo se lo agradecí. Pero eso no lo vuelve su dueño.
Camilo recogió el alambre del suelo y lo enrolló en el dedo, sin pensar. Afuera pasó un bus. Gerardo esperó a que el ruido se fuera.
—Tú crees que yo estoy en esto solo —dijo, más bajo—. Que yo hice todo porque quise.
—Hay un video, don Gerardo. Lo empujó con las dos manos.
—Sí. Con las dos manos. —Gerardo se pasó la palma por la cara—. Pero no empecé yo, mijo. Siéntate de una vez. Si vas a sacar a tu hermano, tienes que oír esto completo.
Camilo no se sentó, pero dejó de mirar la puerta. Se quitó la gorra y la sostuvo contra el pecho. Gerardo dobló el cheque otra vez por la mitad.
—Lo empujé yo, mijo, por orden de Pineda, el martes 4 de noviembre a las 11:40 de la noche, y el de chaqueta de la Policía que sostenía a Hernando era un escolta suyo.
Gerardo guarda el cheque en el bolsillo de la camisa azul, Camilo tiene la gorra en la mano y la copia de la libreta sigue en su bolso.