Capítulo 9 · ~6 min
Video de la rampa
—Un día, Diana. Solo le pido un día más.
Camilo lo dijo desde la puerta del apartamento, con el USB cerrado en el puño. Todavía tenía el sobre de manila bajo la chaqueta. Diana lo dejó pasar y cerró con llave.
—Un día más y Jairo sigue esposado, Camilo. Con su permiso, no me parece buen negocio.
—Hasta el viernes. Pineda dijo que lo estudia después del viernes.
Diana se mordió el labio. Puso el portátil en la mesa del comedor, entre una taza fría y el bolso donde dormía la libreta. Camilo no se sentó. Dio una vuelta por la sala y miró la ventana como quien busca por dónde salir.
—Primero lo vemos —dijo ella—. Después discutimos lo que quiera.
Él abrió la mano. El hilo rojo colgó del USB y Diana lo conectó. Apareció una sola carpeta, con una fecha: cuatro de noviembre. Ella le dio doble clic.
La imagen era gris y tenía el reloj en una esquina. La rampa del segundo piso, el pilar, una luz parpadeando. A las 11:38 entró Hernando con el maletín. Se subió las gafas con el dedo. Detrás venía Gerardo, con las manos de secar carros colgando a los lados.
—Es él —dijo Diana.
—Calle y mire.
Un tercer hombre entró a cuadro. Chaqueta oscura, la gorra baja, de espaldas a la cámara. Hablaron. Hernando levantó el maletín y lo apretó contra el pecho. Gerardo le señaló el borde de la rampa. A las 11:40 el hombre de chaqueta lo agarró por un brazo, y Gerardo lo empujó con las dos manos.
Diana no pestañeó. El cuerpo desapareció del cuadro. Se oyó un golpe seco, sin imagen.
—Pause —dijo Camilo, aunque el video ya había terminado.
Ella volvió al inicio y lo pasó otra vez, más despacio. Al final, antes de que se cortara, el hombre de chaqueta se volteó un segundo hacia la cámara. Se le veía la mitad de la cara y una cinta azul en el hombro.
—Mi coronel con cinta azul —dijo Diana—. No le veo el reloj, pero le adivino el apellido.
Camilo se quitó la gorra. Se la puso. Se la quitó otra vez.
—No es seguro que sea él.
—Usted se quita la gorra cuando miente. Va dos veces en diez segundos.
Él guardó la gorra en el bolsillo y se pasó la mano por la cara. Diana sacó el celular y marcó a Rosario. Contestó al segundo timbre, con la boca llena de chocolatina.
—Dime que traes algo bueno.
—Un video de la rampa. Gerardo empujándolo, y al lado un policía con cinta azul en el hombro. Te lo mando ahora.
—¿Quién más lo ha visto?
—Yo, y mi segunda fuente, que está parada en mi sala.
Camilo la miró como si le hubiera pegado. Diana subió el video a la nube y lo envió. Mientras Rosario lo abría, ella se levantó por agua y volvió con dos vasos. Puso uno frente a él. Camilo no lo tocó.
—Si publica eso, mi hermano paga —dijo él—. Pineda se lo dijo a mi cara en la oficina.
—Su hermano ya está pagando. Esposado, con un revólver que no es suyo.
—Es distinto. Hoy puede salir. Mañana, si usted publica, no sale nunca.
—¿Y el viernes sí? Después de que el fiscal firme, ¿quién lo saca?
Camilo apoyó las dos manos en la mesa. Tenía los nudillos pálidos otra vez.
—Yo lo saco.
—¿Con qué? ¿Con otra firma?
El golpe le llegó a la cara, aunque él no se movió. Diana lo vio y no se arrepintió, pero tampoco habló más. El celular vibró en la mesa. Era Rosario.
—Lo vi tres veces —dijo, sin saludar—. El policía no se ve completo. Tiene cinta azul y nada más. Recorta antes de que se vuelva a su cara y no pongas que es un policía de rango.
—Gerardo se ve clarísimo.
—Gerardo sí. Y a Pineda lo pones por la libreta: la firma, los cinco millones, el cupo. Dos fuentes o nada, Diana. ¿Las tienes?
Diana miró a Camilo. Él tenía los ojos en el USB.
—Tengo el video y la libreta —dijo ella—. Y una fuente que no sale en la nota.
—Entonces sale sin ella. Tienes mi visto bueno. Yo respondo con el dueño mañana.
Colgó. Diana dejó el celular boca abajo. Camilo se enderezó despacio.
—No lo haga esta noche —dijo.
—Rosario ya dijo que sí.
—Rosario no tiene a su hermano preso. Usted tampoco, y por eso le queda fácil.
—A mí no me queda fácil nada, Camilo. Hernando me llamó dos veces y no contesté.
Él se quedó con la boca abierta, sin respuesta. Sacó la gorra, la sostuvo un momento y la apretó contra el muslo.
—Entonces se acabó el trato —dijo.
—El trato era esperar hasta las seis. Esperé.
—Quedan cuatro días.
—Y los cuatro valen igual que hoy.
Camilo recogió el sobre de manila de la mesa. Miró el USB, todavía conectado, y no lo tocó. Quizá esperaba que ella se lo devolviera. Diana no lo hizo.
—No ponga mi nombre —dijo él desde la puerta.
—No lo voy a poner. Nunca lo he puesto.
—Y no ponga a Jairo.
—No ponga, no ponga. Usted solo sabe pedir.
Él abrió la puerta y no dijo nada más. Diana lo oyó bajar dos escalones y detenerse. Después siguió.
Se sentó frente al portátil. Recortó el video en el segundo en que el hombre de chaqueta giraba la cara, y dejó la cinta azul. Escribió Gerardo Ocampo en el primer párrafo. Escribió Pineda en el cuarto, junto a la página treinta y uno de la libreta. No escribió Vargas.
Se mordió el labio hasta sentir el sabor del metal. El reloj de la pantalla marcaba las nueve y diez. Camilo volvió a golpear la puerta, dos veces, fuerte.
—Diana, abra. Por favor.
Ella no se movió. Puso el dedo sobre el botón y pulsó publicar a las nueve y cuarto.
La nota con el video recortado está publicada. Al otro lado de la puerta, Camilo dejó de golpear y sus pasos bajaron por la escalera, y el USB quedó en manos de Diana sobre la mesa.