Capítulo 8 · ~5 min
Jairo detenido
Frente a la estación de Policía de Teusaquillo había una papelería con la persiana a medio subir. Diana la miró desde la acera, con el bolso apretado contra la costilla. Era lunes, de mañana, y Camilo le había pedido que no entrara.
—Usted espera aquí —dijo Camilo, sin quitarle los ojos a la puerta de la estación—. Si entra conmigo, el coronel la ve.
—Me ve igual. Yo estoy parada en su acera.
—Una cosa es la acera y otra es adentro.
Él cruzó la calle sin gorra. Diana lo vio hablar con el policía de la entrada, que lo dejó pasar con un saludo flojo. Se mordió el labio y sacó el celular. No tenía mensajes. Tenía la libreta en el bolso, y el bolso pesaba más que ayer.
Hacía cuarenta minutos, Camilo la había llamado con la voz rota: habían detenido a Jairo en la caseta, con un revólver que apareció en un cajón. Jairo nunca había tenido un arma. Diana lo sabía de memoria, porque en su cuaderno decía cuidador, chaleco verde, miedo a todo.
Un patrullero sacó a Jairo por una puerta lateral. Lo traía del brazo, todavía sin esposas, con el chaleco verde torcido y el apellido Vargas bordado en el pecho. Camilo salió detrás. Jairo se detuvo en el andén, junto a la patrulla, y se mordió la uña del pulgar.
—Hermano, perdón —dijo Jairo, rápido—. Ese revólver no es mío, perdón. Yo no lo vi ni cuando limpié el cajón.
—Calle —dijo Camilo—. Hable bajito.
—Es que me van a llevar adentro, hermano, perdón.
Diana se acercó dos pasos y se quedó junto a un poste. Jairo la vio. Abrió la boca, pero Camilo le puso una mano en el hombro y lo giró hacia la pared. Con la otra mano le tocó el bolsillo del pantalón, como quien revisa a un sospechoso.
La mano de Jairo salió del bolsillo con algo pequeño. Camilo lo cerró en el puño sin mirarlo. Un USB negro, con un hilo rojo atado al extremo. Duró dos segundos y nadie en la calle lo notó, excepto Diana.
—Es la rampa —murmuró Jairo—. Está todo, perdón. Yo lo copié antes de que me cogieran.
—Cállese —repitió Camilo, y guardó el USB en el bolsillo de la chaqueta.
El patrullero volvió, le giró los brazos a Jairo y le puso las esposas. El metal sonó seco. Jairo miró a Camilo con los ojos mojados y no dijo perdón por primera vez. Lo metieron otra vez por la puerta lateral.
Camilo se quedó quieto, mirando la puerta cerrada. Después caminó hasta Diana y se detuvo a un metro. Tenía la mandíbula dura y los nudillos pálidos.
—Tengo el video —dijo él.
—Lo vi. ¿Lo va a mirar?
—No aquí. Necesito algo de usted.
—Me pide muchas cosas para ser un hombre que firma papeles.
Él no sonrió. Señaló con la barbilla la papelería de la esquina.
—La libreta. Una copia. Si Pineda la quiere, tiene que verla en mis manos, no en las suyas.
—¿Y para qué la quiere usted?
—Para tener con qué negociar. Sin que usted la suelte.
Diana pensó en Hernando y en la segunda llamada que no contestó. Pensó también en que Camilo tenía un USB y ella tenía el papel, y que juntos valían más que cada uno por su lado. Dio el primer paso hacia la papelería sin decir nada.
La mujer del mostrador tenía una máquina gruesa que olía a tinta caliente. Camilo pagó con un billete arrugado. Diana abrió la libreta sobre el vidrio y pasó las hojas despacio, una por una, mientras la mujer metía cada página en la máquina.
—Hasta la treinta y uno —dijo Diana—. Las pegadas no.
—¿Las pegadas?
—Las del final. Esas se quedan conmigo.
Camilo la miró de reojo. La luz de la máquina le pasó por la cara una y otra vez. Diana dejó de leer el reloj de la pared cuando la copiadora escupió la última hoja.
Salieron a la acera con las copias en un sobre de manila. Camilo se lo metió bajo la chaqueta, junto al USB. Dio un paso, se detuvo y la miró sin gorra, sin pared, sin respuesta preparada.
—Diana, tú ya me ganaste una vez —dijo él—. No me hagas perder dos.
El tuteo le llegó más rápido de lo que ella esperaba. Diana apretó el bolso y levantó una ceja.
—Mira qué rápido aprende el investigador.
—No lo tomes a mal.
—No lo tomo a nada. Pero a mí me debes seis años de usted.
Él casi sonrió, y se le quitó enseguida. Detrás de ellos, la puerta lateral de la estación se abrió y salió un sargento joven con la mirada en un papel. Camilo se tapó el sobre con el brazo.
—El coronel quiere verme —dijo el sargento—. Y que la señorita no se vaya todavía.
Diana abrió la boca para contestar, pero el celular vibró en su mano. Un número desconocido. Leyó en la pantalla, sin tiempo de respirar.
El mensaje venía del teléfono de un policía. Decía: Gerardo ya sabe que tienes la libreta.
Camilo tenía el USB y la copia sin la última página. Diana conservaba la libreta original en el bolso. Y Jairo estaba dentro de la estación, esposado.