Capítulo 7 · ~5 min
Firma de 2021
Diana sacó la libreta del bolso y la dejó sobre la mesa de lata, entre los dos vasos de tinto. Camilo todavía tenía la mano en el borde de la gorra. Había llegado a la cafetería del terminal de buses a las ocho, como ella pidió, y no había tocado el café.
—Página treinta y uno —dijo Diana—. Octubre de 2021. Léala.
Él no abrió la libreta. Miró la tapa negra, la liga gruesa, las esquinas gastadas. Se quitó la gorra y la puso sobre la rodilla.
—Ya la vi —dijo Camilo—. Jairo me contó de la libreta, no de la página.
—Entonces no la ha visto. Hay catorce puestos, cinco millones entre paréntesis y una V con un círculo. Yo conozco una sola V en esta historia, y usted la firma.
Camilo apretó la mandíbula. Afuera, un bus aceleró y sacudió el vidrio. Diana esperó con los brazos cruzados y se mordió el labio, sin dejar de mirarlo.
—Pregunte —dijo él.
—Ya pregunté. ¿Quién es la V?
—Vargas.
La respuesta cayó seca sobre la mesa. Diana no se movió. Esperaba una mentira larga y recibió una palabra, y eso le pareció peor.
—Siga —dijo ella.
—Octubre de 2021. Kennedy. Un muchacho de veinticuatro años, Wilmer Pardo, murió de un tiro a la salida del taller donde trabajaba. —Camilo giró la gorra una vuelta entera—. Yo llegué primero. Vi el orificio en el pecho. No había moto caída, ni frenada, ni nada.
—Y firmó accidente de moto.
—Firmé accidente de moto.
Diana abrió la libreta en la página treinta y uno y la giró hacia él. Con un dedo señaló el círculo. Camilo bajó los ojos un segundo y los subió otra vez a la pared.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque el coronel Pineda me lo ordenó. Wilmer no quería pagar cupo en el taller. Le dijeron una vez, dos veces. A la tercera ya estaba muerto.
—¿Y usted sabía eso cuando firmó?
—Lo supe esa tarde. —Camilo carraspeó—. Yo debía ciento ochenta millones de una hipoteca. Y le debía un favor al coronel desde antes.
—Qué baratos salen los muertos en esta ciudad —dijo Diana.
Él aguantó el golpe sin responder. Tomó por fin el vaso de tinto, lo miró y lo dejó otra vez. Diana pensó que había ensayado esa confesión mucho tiempo, y que de todos modos le salía torcida.
Pasaron dos mujeres con maletas de ruedas. Diana esperó a que se alejaran y bajó la voz.
—Dígame lo de los cinco millones.
—No sé qué son.
—Camilo.
—No sé, Diana. Le juro que no sé. —Se pasó la mano por la nuca—. Yo nunca recibí un peso de ese caso. Si Hernando anotó cinco millones junto a la V, o me los puso a mí o los guardó para otro.
—Una libreta no pone la inicial de alguien por gusto.
—Hernando contaba todo. Quizá contaba lo que pagaron para que yo firmara.
—¿Y lo pagaron?
—No lo sé —repitió él, y se puso la gorra, y se la quitó otra vez.
Diana vio el gesto y lo entendió. Seis años atrás, en Kennedy, ella lo había visto mentir a un fiscal con esa misma gorra. Ahora la gorra subía y bajaba, y él mismo parecía no saber cuál de las dos cosas era cierta.
—Se la quitó otra vez —dijo ella.
—¿Qué?
—La gorra. Cuando miente se la quita y se la pone. Lo hace desde 2019.
Camilo dejó la gorra sobre la mesa, junto a la libreta, y apoyó las dos manos planas en la lata.
—Es verdad que no sé el monto —dijo—. Lo que no le dije es que Pineda me dio un sobre ese día. No lo abrí. Se lo devolví a la semana, sin contar.
—Qué conveniente. ¿Hay alguien que lo vio?
—No.
—Entonces vale lo mismo que su palabra. Y su palabra en este momento vale poco.
—Lo sé.
Diana cerró la libreta despacio. Pasó la liga por las tapas y le dio dos vueltas, como quien ata un paquete. Camilo siguió el movimiento con los ojos.
—Usted vino a pedírmela —dijo ella.
—Vine a decirle quién era la V antes de que lo averiguara sola.
—Y además a pedírmela.
—Si la libreta llega a la Fiscalía con esa página, Jairo cae con ella. Es el hermano del que firmó. Pineda lo va a usar.
—Pineda ya lo usa. Lo puso en la lista antes de que usted supiera. —Diana metió la libreta en el bolso y cerró la cremallera—. Si se la doy, usted la entrega a su coronel. O la quema. O la guarda y firma el cierre del viernes.
—No haría eso.
—Firmó una vez. Eso ya lo hizo.
Camilo se quedó mirando el bolso. Tenía los nudillos blancos sobre la lata y la gorra sola, torcida, a un lado del vaso.
—Hernando llamó dos veces —dijo ella—. A mí. Yo no contesté la segunda. Así que no me hable de culpas, que conmigo no gana.
Él levantó la cara. Por primera vez en la mañana la miró directo, sin gorra, sin pared, sin respuesta preparada.
—¿Entonces qué hace con la libreta?
—Me la quedo. La nota sale cuando tenga dos fuentes que no sean usted ni un muerto.
—Faltan seis días.
—Entonces tiene seis días para ser la segunda fuente. —Diana se echó el bolso al hombro, pero no se levantó—. Declara usted, Camilo, o declaro yo que firmó.