Capítulo 6 · ~5 min
Libreta negra
Diana forzó la puerta de la caseta con una tarjeta del supermercado y entró de lado. Eran las once de la noche del jueves, y el parqueadero Los Almendros olía a aceite y a orines. Sacó la linterna del celular y la apuntó al tablero de llaves.
Había veinte ganchos, cada uno con su número, y un cartel que decía Prohibido recibir propinas. Ella metió la mano por debajo del tablero y tocó madera, polvo y algo liso. Tiró de eso con cuidado.
Salió una libreta negra, de tapas duras, con una liga gruesa alrededor. Tenía las esquinas gastadas y las páginas llenas de una letra pequeña y recta. Diana la abrió por la mitad y leyó una columna de números que alguien había repasado con regla.
Puesto uno, ochocientos mil. Puesto dos, ochocientos mil. Así hasta el catorce, y abajo, subrayado dos veces, once millones doscientos mil.
—Hernando, usted sí sabía sumar —murmuró.
Un motor se detuvo afuera. Diana apagó la linterna y se quedó quieta, con la libreta pegada al pecho. Oyó dos puertas de carro y luego una voz gastada que ella ya conocía de las noticias de Teusaquillo.
—Revisen la caseta primero, mijos. Yo me tomo un trago y los alcanzo.
Pasos en el cemento. Diana miró alrededor y no vio salida. Se metió entre la pared y el tablero, donde apenas cabía una escoba, y se encogió. La puerta se abrió con un chirrido, y la luz de un bombillo cayó sobre el piso.
—Aquí no hay nada, don Gerardo —dijo un hombre joven.
—Mire bien. Debajo de las cosas.
—¿Qué busco?
—Una libreta negra. Y no me pregunte más, que me da dolor de cabeza.
Diana vio las botas de uno de ellos moverse junto al escritorio. Otro abrió un cajón y lo tiró al piso. Ella apretó la libreta con las dos manos. En el bolsillo del abrigo, la grabadora seguía prendida, con la lucecita roja tapada por la tela.
—Esa libreta la tenía Hernando —dijo Gerardo, y se oyó el plástico de un vaso—. Un hombre que pide dos millones para una boda no se queda quieto. Se vuelve peligroso.
—¿Y si ya la sacó?
—Entonces la tiene el muerto o la tiene el cuidador. Y el cuidador es el hermano del investigador, mijo. Así que tiene dueño.
Diana sintió que la grabadora pesaba como un ladrillo. Eso era lo que necesitaba: la voz de Gerardo hablando de la libreta. Contuvo la tos que le subía por la garganta y esperó.
Uno de los hombres se acercó al tablero. Ella vio su sombra crecer sobre la pared y vio cómo la mano ancha agarraba el borde de la madera para moverlo. El tablero cedió un poco. Una llave cayó y sonó contra el piso.
—Aquí hay algo detrás —dijo el hombre.
—¿Qué algo?
—Un hueco, no sé.
Diana no esperó más. Empujó el tablero con el hombro, con todo su peso, y el mueble se vino sobre el hombre. Se oyó un golpe, una maldición y el chillido de los ganchos. Ella salió corriendo por la puerta con la libreta bajo el brazo.
—¡Agárrenla! —gritó Gerardo.
Diana cruzó el patio y tomó la rampa de subida, porque era la única que no tenía cadena. Oyó pasos detrás. Subió al primer piso, luego al segundo, con el aire quemándole el pecho. El pilar del fondo apareció en la luz amarilla. Ahí había muerto Hernando.
Un hombre le tocó el abrigo. Ella giró, le pegó con la libreta en la cara y siguió corriendo. En la vuelta de la rampa resbaló en una mancha de aceite y cayó de rodillas. La grabadora salió del bolsillo, rebotó dos veces y se deslizó hasta la orilla, donde se perdió en la oscuridad.
—Mierda —dijo Diana.
No había tiempo de buscarla. Se levantó con las rodillas ardiendo y bajó por la rampa de salida, pegada a la pared. Detrás de ella, los pasos se confundieron. Alguien tropezó con un balde, y las voces se alejaron hacia el sótano.
Salió por el portón lateral, el que daba a la calle de las bodegas. Corrió dos cuadras sin soltar la libreta, hasta un poste donde la luz dibujaba un círculo en la acera. Se apoyó en él, jadeando, y se limpió la mano sucia en el pantalón.
—Cálmate, Niño —se dijo—. Primero respira. Después lloras.
Se sentó en el borde de un andén, quitó la liga y abrió la libreta bajo el poste. Pasó las hojas con el pulgar. Había fechas, nombres de placas, iniciales y sumas. Hernando escribía los meses en mayúsculas, y al lado de cada uno anotaba cuánto había salido de la caja.
Las hojas del final estaban pegadas por la humedad. Diana las despegó con la uña. Llegó a una página con el encabezado OCTUBRE 2021, y se le secó la boca.
Primero vio una columna igual a las otras, catorce puestos, ochocientos mil cada uno. Abajo, entre paréntesis, Hernando había anotado una cifra distinta. Cinco millones. La letra era más apretada que en el resto, como escrita con prisa.
Y al lado de la cifra, sola, con un círculo alrededor, había una letra.
V.
A lo lejos, Gerardo gritaba desde la caseta el nombre de Jairo, una vez, y otra, y otra.