Historia Abierta
Portada de Muerte en Los Almendros
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Capítulo 5 · ~5 min

Trato en el parque

Diana llegó primero al parque, y eso le pareció una mala señal. Quien llega tarde manda, y ella ya se había puesto en desventaja. Se sentó en un banco de cemento y se mordió el labio. La segunda nota estaba lista en su celular, con título y todo.

Camilo apareció por el sendero con la gorra puesta y las manos en los bolsillos. No saludó. Se sentó en la otra punta del banco, a un metro de ella, como si el banco fuera una mesa de negociación.

—Usted dijo un trato —dijo Diana—. Yo vine a escucharlo. No a firmar nada.

—No traje papeles, señorita Niño.

—Mejor. Los papeles de la Policía me dan alergia.

Camilo miró a un hombre que paseaba un perro y esperó a que se alejara. Diana contó los segundos. Llegó a once. Él seguía callado, y ella conocía ese silencio: era el de alguien que ya decidió algo y no sabe cómo decirlo.

—Firmé el cierre —dijo él al fin—. Hoy, en la oficina del coronel.

Diana dejó de morderse el labio.

—Entonces usted me citó para decirme que me perdió como fuente.

—Lo firmé porque tienen a mi hermano en una lista. Si no firmaba, Jairo pasaba de testigo a sospechoso. Eso me dijeron.

—¿Quién se lo dijo?

—El coronel Pineda.

El nombre cayó entre los dos. Diana lo conocía bien. Había hablado con él por teléfono cuatro veces, y las cuatro le dijo mi coronel con una burla que él nunca contestó.

—Qué amable —dijo ella—. Le firma el papel y le deja a su hermano de rehén.

—Cuide lo que dice.

—Cuido lo que publico. Lo que digo es gratis.

Camilo se quitó la gorra, la sostuvo un momento sobre la rodilla y se la volvió a poner. Diana lo vio y se acordó de Kennedy, hacía seis años, cuando él le dijo usted delante de sus compañeros. Ahora el usted sonaba distinto. Sonaba a petición.

—Le pido hasta el jueves a las seis de la tarde —dijo Camilo—. Es decir, hoy.

—Hoy ya casi se acabó, investigador.

—Entonces menos tiempo del que cree. Después de las seis, publique lo que quiera.

Diana soltó una risa corta y seca. Miró el reloj del celular y luego la pantalla con la nota lista. Faltaba muy poco para esa hora, y a ella le sobraba la costumbre de no esperar nada.

—No voy a publicar nada hasta las seis —dijo—. Pero eso no es un trato. Es una cortesía.

—¿Y cuál es la diferencia?

—Que la cortesía se la puedo quitar mañana.

Camilo asintió despacio. No pareció ofendido. Parecía un hombre que había esperado algo peor y se llevaba lo que le dieron. Sacó una mano del bolsillo y la dejó abierta sobre el banco.

—Entonces le doy algo a cambio de su cortesía.

—Dígame.

—Hernando Ochoa guardaba una libreta. Según la lista, mi hermano trabaja de noche en Los Almendros, y a la caseta entraba Hernando dos semanas antes de morir. Salió sin el maletín y con las manos vacías.

Diana se enderezó. El maletín. Lo había fotografiado cerrado junto a la mano del muerto, de cuero gastado, y lo había dado por el maletín de un contador cualquiera.

—¿Una libreta de qué?

—No lo sé. Jairo oyó cifras. Catorce, ochocientos mil. Creo que Hernando llevaba cuentas.

—Catorce puestos —dijo Diana, casi para sí misma—. Ochocientos mil por puesto. Eso es cupo, investigador. Alguien le cobraba a ese parqueadero.

—No lo diga en voz alta.

—Estamos solos en un parque con un perro.

—Aun así.

Ella lo miró de lado. Camilo tenía la mandíbula apretada y los ojos en el suelo. Diana pensó que un hombre que firma un papel falso no vuelve a mirar de frente al que lo vio hacerlo. Lo pensó sin gusto, porque esa idea no le servía para nada hoy.

—¿Por qué me lo cuenta? —preguntó.

—Porque si la encuentra usted primero, nadie puede decir que la escondí yo.

—Qué cómodo.

—No es cómodo. Es lo único que tengo.

Diana se levantó y se sacudió el abrigo. Quería irse con la pista y sin deuda, pero la deuda ya estaba puesta, y lo sabía. Camilo seguía sentado, mirando la gorra que ahora sostenía otra vez en las manos.

—La libreta está en la caseta —dijo él—. Eso me dijo Jairo. Debajo del tablero de las llaves.

—¿Y Gerardo Ocampo lo sabe?

—Todavía no la ha encontrado. O eso creo.

—Eso cree.

—Es lo que tengo, señorita Niño.

Diana se mordió el labio otra vez. Tablero de llaves. Caseta. Una libreta que alguien podía quemar esa misma noche. Si iba ahora, rompía lo de las seis. Si esperaba, perdía la libreta. Tenía la boca llena de una frase irónica y no la dijo.

—No le prometo nada más que las seis —dijo.

—Con eso me basta.

—Pues le basta poco.

Camilo levantó la cabeza por primera vez. Tenía los ojos cansados y algo más que ella no supo nombrar.

—Pineda dijo que el viernes a las cinco su hermano ya está en una lista de la Fiscalía —dijo Camilo sin mirarla.

Diana se quedó quieta, con la pista de la caseta en la cabeza. Él se quedó en el banco, con las manos en los bolsillos, y el cierre seguía sin firma del fiscal.

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