Capítulo 4 · ~5 min
Lista de testigos
La hoja impresa tenía una sola línea subrayada con marcador amarillo: Vargas, Jairo. Testigo clave. Camilo la había leído de pie frente a la pantalla del computador, con la gorra en la mano, antes de entender la fecha de ingreso; ahora la llevaba doblada en el bolsillo.
El nombre de su hermano había entrado al sistema de la Policía el miércoles a las siete de la mañana. El informe del caso Ochoa llegó a su escritorio esa misma tarde. Camilo lo revisó dos veces y puso el dedo sobre la hora, como si así cambiara.
El teléfono del escritorio sonó una vez. Era la extensión del coronel.
—Vargas —dijo Pineda, con esa voz baja que obligaba a callarse para oírla—. Suba.
La oficina del coronel olía a café recalentado. Álvaro Pineda estaba sentado detrás de un escritorio sin un solo papel fuera de lugar, y miró su reloj de servicio antes de hablar. Camilo se quedó de pie. Sobre la mesa esperaba una carpeta azul con una hoja arriba.
—Siéntese, Vargas.
—Prefiero quedarme de pie, mi coronel.
—Como quiera. Ese es el cierre del caso Ochoa. Muerte accidental, caída por la rampa. Solo falta su firma.
Camilo no tocó la carpeta. Miró la hoja del sistema que traía doblada en el bolsillo y la dejó donde estaba.
—Mi coronel, el nombre de Jairo entró a la lista un día antes del informe.
—¿Y?
—Que alguien sabía que había un testigo antes de que yo lo supiera.
Pineda levantó los ojos del reloj. No parecía enojado. Parecía un hombre revisando una cuenta que ya sabía que estaba bien.
—Vargas, usted me conoce hace años. Yo anticipo. Un cuidador en la escena, un hermano suyo. Pensé que usted preferiría verlo en la lista y no en la prensa.
—¿Preferir?
—Cuidarlo, Vargas. Mientras esté en la lista de testigos, nadie lo trata como sospechoso.
La frase tardó en llegar hasta el final. Camilo se quitó la gorra, se la volvió a poner y vio que Pineda seguía la gorra con los ojos. Fue un gesto de un segundo, pero el coronel lo anotó en alguna parte.
—¿Y si no firmo?
—Entonces el testigo deja de ser testigo, Vargas. Se vuelve otra cosa. Hay un hombre de chaleco verde que salió corriendo de una escena, y hay una nota en un periódico desde hace unos minutos. Alguien tendrá que explicarla.
—La nota no menciona a nadie.
—Todavía.
Camilo sintió el sudor bajo la gorra. Pensó en el USB negro con la tapa rota, escondido en alguna parte de la casa de Jairo, y no dijo nada. Pineda empujó la carpeta unos centímetros hacia él.
—Firme sin preguntas, Vargas. El viernes catorce a las cinco el fiscal la recibe, y nadie vuelve a hablar de esto.
El lapicero estaba junto a la carpeta, ya destapado. Camilo lo tomó. Leyó el encabezado: Ochoa Peña, Hernando, cincuenta y dos años, muerte por caída accidental. Tres líneas más abajo faltaba la hora. Alguien había dejado el espacio en blanco.
—No dice a qué hora murió.
—Ponga la que quiera. Once y cuarenta, si le gusta.
El coronel sabía la hora. Camilo la había dicho solo a Jairo y a la periodista, en la rampa, con el reloj del muerto en la mano. Pineda no había estado ahí. Escribió la hora despacio. Después puso su firma debajo, la misma firma que había puesto en octubre de 2021 sobre otro papel.
—Bien, Vargas —dijo Pineda, y cerró la carpeta con dos dedos—. Su hermano sigue protegido.
—Mi coronel, necesito sacarlo de esa lista.
—Eso se estudia después del viernes. Cuando todo esté firmado.
Pineda volvió a mirar el reloj y descolgó el teléfono. La conversación había terminado. Camilo tomó la carpeta, sintiendo que pesaba más de lo que debía, y salió sin saludar.
En el pasillo se detuvo frente a una ventana que daba al patio. Abajo, dos policías lavaban una patrulla con una manguera. Abrió la carpeta y buscó la lista de testigos que venía grapada al fondo. Jairo Vargas, cuidador nocturno, Los Almendros. Al lado, en la columna de responsable, una sola palabra escrita a mano: Pineda.
Sacó el celular. Tenía tres llamadas perdidas de Jairo y ningún mensaje. No las devolvió. Pensó en lo que había dicho Pineda sobre la nota y en lo que había dicho Diana Niño en la rampa: que su cara era la segunda fuente.
La periodista tenía razón en una cosa. Si firmaba y se quedaba callado, Jairo seguía en esa lista hasta que a Pineda le sirviera. Y a Pineda le serviría cuando alguien tuviera que cargar con el muerto.
Bajó las escaleras con la carpeta bajo el brazo. En el último piso se detuvo, buscó el contacto y dejó el pulgar sobre el nombre. Marcó. Sonó dos veces.
—Diana Niño.
—Hablemos de un trato, periodista —dijo Camilo.
Jairo seguía en la lista de testigos con Pineda como responsable, el cierre firmado estaba en su carpeta y el teléfono de Camilo estaba en su mano.