Capítulo 3 · ~5 min
Nota sin nombre
—Dos fuentes o nada, Diana. Tú lo sabes mejor que yo.
Rosario Gaitán tenía el lápiz detrás de la oreja y media chocolatina en la mano. Hablaba sin mirar a Diana, mirando la pantalla donde estaban abiertas las fotos del parqueadero. Diana se mordió el labio y acercó una silla.
—Tengo una fuente y media —dijo Diana—. La media es un policía que me pidió que borrara todo.
—Eso no es una fuente. Eso es un problema.
—Es un problema que confirma que hay algo que borrar.
Rosario soltó una risa corta, sin ganas. Dejó la chocolatina sobre un periódico viejo y amplió la foto de la cabeza de Hernando Ochoa. Se veía la nuca, el pelo apelmazado, una mancha oscura junto al cuello. Diana esperó con las manos quietas sobre las rodillas.
—Esto parece una caída —dijo Rosario.
—Una caída lo deja boca abajo o de lado. Él quedó sentado contra el pilar, con las gafas colgando de una oreja. Alguien lo golpeó de frente y de arriba.
—¿Alguien dijo eso?
—El forense. Lo llamé a las ocho. Calcula la muerte a las once y cuarenta de la noche, igual que el reloj de la muñeca. Y dijo que la herida de la nuca no cuadra con el borde de la rampa.
—¿Lo dijo con su nombre?
—Lo dijo con la condición de que no lo pusiera. Pero lo dijo.
Rosario se sacó el lápiz de la oreja y golpeó dos veces la mesa con la punta. Le había dado el contrato a Diana en junio de 2022, cuando nadie le contestaba el teléfono, y no había olvidado por qué. Diana lo sabía. Por eso había llevado las fotos impresas, además del celular.
—Dime qué hay en la nota —dijo Rosario.
—Que un hombre de cincuenta y dos años murió de noche en un parqueadero de Teusaquillo. Que la hora coincide con el reloj. Que la herida no encaja con la caída. Que un forense lo dice, aunque no lo firme. Y que la Policía ya se prepara para llamarlo accidente.
—¿Eso último lo puedes probar?
—Puedo probar que hay un cierre programado para el viernes catorce. Me lo dijeron dos personas distintas.
Era verdad a medias, y Diana lo notó mientras lo decía. Una de las dos personas había sido Camilo Vargas, con la gorra torcida y la voz de quien se traga una piedra. La otra era un cabo que le debía un favor. Rosario la miró un rato largo.
—¿Hay un testigo?
—Hay un cuidador que salió corriendo.
—¿Nombre?
—No lo voy a poner.
—Diana.
—Rosario, si lo pongo, mañana está preso o muerto. Y la nota no lo necesita. Sin nombre se sostiene igual.
Rosario se quedó callada y se pasó la mano por el pelo. Afuera de la oficina vidriada, alguien reía frente a un teléfono. Un practicante cruzó con un café en cada mano. Diana contó los segundos sin querer. Llegó a diecinueve.
—Sin nombres —dijo Rosario por fin—. Ni del muerto, ni del parqueadero completo, ni del cuidador. Ponemos que murió un contador jubilado en un parqueadero del barrio. El nombre de Hernando Ochoa va cuando la familia lo confirme.
—La familia ya lo confirmó. La hija llegó a Medicina Legal a las diez.
—Pues que lo diga ella por escrito. Mientras tanto, contador. Y pones homicidio solo en el titular si el forense lo repite.
—Lo repite.
—¿Seguro?
—Rosario, me llamó él a mí.
Rosario resopló, tomó la chocolatina y la partió en dos. Le ofreció una mitad a Diana, que la rechazó con un gesto. Después se puso a editar con el lápiz sobre la hoja impresa, tachando adjetivos, subrayando las horas. Diana la vio tachar la palabra brutal y no dijo nada.
—Esto sale ya —dijo Rosario al fin—. Cuarenta minutos y está en la web. Pero escúchame bien. Si mañana alguien me llama a decir que mentimos, te toca responder a ti.
—Siempre me toca a mí.
—Sí. Y por eso todavía estás aquí.
Diana volvió a su escritorio con la hoja marcada en rojo. Pasó el texto al sistema y corrigió dos comas. Leyó el titular tres veces. Pensó en Hernando llamándola el lunes y en el teléfono vibrando sobre la mesa hasta apagarse. No lo había contestado. Tecleó la última línea y se mordió el labio con tanta fuerza que sintió el sabor del metal.
A las cinco y veinte la nota estaba publicada. Un contador jubilado, un parqueadero de Teusaquillo, un golpe que no encajaba. Ni un nombre. Diana se quedó mirando cómo subía el contador de lecturas: doscientas, trescientas, ochocientas. Rosario salió de la oficina con una taza y se paró detrás de ella.
—Mira eso —dijo Rosario, casi contenta—. Ya la copiaron dos portales.
—Que citen la fuente.
—No la citan nunca.
El teléfono del escritorio sonó una vez. Diana lo dejó sonar. Rosario lo contestó, escuchó dos segundos y colgó sin decir nada. Miró la hora en la pantalla, las cinco y cuarenta y cinco, y bajó la voz.
—Era portería. Dicen que un señor de la Policía sube a buscarte.
—¿Dijo el nombre?
—Vargas.
Diana cerró el archivo de la nota. Llegaron pasos por el pasillo, firmes, sin prisa. La puerta de vidrio se abrió y Camilo Vargas entró con una carpeta bajo el brazo, sin gorra en la cabeza. Miró primero la pantalla de Diana y luego a Rosario.
—Esa nota tiene que bajar antes de las seis —dijo.
Nadie contestó. La nota sin nombres seguía publicada en la web, Rosario tenía el lápiz detrás de la oreja y Camilo estaba de pie junto a la puerta con la carpeta cerrada.